De Kafka a ZP, por cojones
José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 10 de diciembre de 2010, 21:34h
Al excelso alcalde socialista de Getafe, el nunca suficientemente ponderado Pedro Castro, las cañas se le pueden tornar lanzas a poco que, en un ataque de insensatez, se le ocurra volver a preguntarse en voz alta ¿por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?, pues llegado a este alarmante estado de confusión ideológica, fronterizo con la esquizofrenia, ya no estaría tan claro si se referiría a los votantes del PP o a los de su propio partido.
ZP se ha empeñado en reescribir con los pies La Metamorfosis de Kafka, obsesionado como parece estar con representar el papel estelar de Gregorio Samsa. Tiempo al tiempo, si antes no acaba con nosotros por lo civil o por lo militar (que es la hipótesis inminente más probable), el viajante de comercio de León que por circunstancias de la vida vino a Madrid a vender enciclopedias y acabó instalándose de chiripa en el cortijo de Moncloa, va a terminar engrosando la filmografía de criaturas mutantes, pues doy por hecho que un día de estos, mientras se esté depilando el cejámen delante del espejo, confundirá la cuchilla de afeitar con la hoz de la Cuarta Internacional, a Helen Salgado con Simone de Beauvoir, y a Rubalcaba el Químico con Hugh Jackman caracterizado como Lobezno. Y una vez convertido en expediente equis, víctima de sus propias alucinaciones, será incapaz de reconocerse a sí mismo, como El asno de oro de Apuleyo.
Es tal el empeño que ha puesto en abjurar de la matraca propagandística de suflé que tanto rédito le ha dado –a la fuerza ahorcan-, que el día que sea un cadáver político -¡ya está tardando!- y sus albaceas encomienden al forense de Ferraz que proceda con la autopsia, va a ser necesario recurrir a la prueba del ADN para identificar a aquel Zapatero en estado de crisálida a quienes las huestes del puño y la rosa marchita pasearon bajo palio a golpe de bocanadas de incienso de botafumeiro, hace ahora una década, con tal de no tener que aguantar la peculiar fonética gejoteña de Pepe Bono.
A este paso, el tataranieto secreto del Tío Sam va a pasar del guiño hippie «Paz y amor, y el Plus p’al salón», a sacar los tanques a la calle, dejando al Federico Trillo de Perejil -¡manda cojones!- a la altura de un figurante chusquero de Star Wars; del maoísmo iluminista, al ultra conservadurismo trasnochado de Joseph-Marie, conde de Maistre; y de creerse la reencarnación imberbe de Marx, a arramblar como un buldócer con el Estado del Bienestar y los derechos más elementales de los trabajadores, comenzando por el derecho al trabajo. «¡Por el pleno empleo!» ¡Con un par! Debe ser que el pobre Valeriano (ministro con apellido dopante de somnífero que prefiere poner cara de póker en lugar de dimitir) era el único que no sabía que hay un menda que manda en la finca con ademanes de Richelieu y que a poco que le das la espalda, tirando de apellido y de rima asonante, te la clava.
Al paso marcial que lleva, el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen se le va a quedar escorado a su izquierda, pues debe ser que ZP, tras caerse como San Pablo del caballo, ha descubierto que no hay vida más allá del neoliberalismo, que ni es “neo”, ni mucho menos “liberalismo”. Pasa cuando se confunde a la España de las criadillas con la Icaria de Étienne Cabet, y el socialismo utópico con el supositorio que necesita este país para salir de la aljibe.
Se entiende así que el presidente ande estos días frustrado, pues por más que se obceque en demostrar lo contrario El País, en este pollo de los controlatas ha jugado a ser Obama divino de la muerte, y resulta que va a cerrar su calamitoso ciclo como burdo imitador de Reagan, azote de los proletarios y bestia negra del progresismo.
Sinceramente creo que lo más lamentable no es ser un converso político y acabar renegando de los principios que uno creía más consecuentes, aunque a la postre resultaran un fiasco; sino carecer de ellos y andar saltando de flor en flor y de capullo en capullo, como los girasoles ciegos.
Si Zapatero tuviera sentido del humor daría por hecho que el personaje al que profesa mayor admiración es Groucho Marx. Aunque aquel (en quien Aznar encontró la inspiración para dejarse crecer el bigote) al menos tuvo la decencia de reconocer sin ambages la razón de ser de su incoherencia, que no era otra que su incombustibilidad: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».
Claro que también fue Groucho quien dijo que «la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados».
Pero como Zetapé no da más de sí – ¡menudo descubrimiento!-, permítanme sus señorías que trate de elevar la anécdota a categoría para extraer alguna conclusión útil un poco menos banal y evanescente que el simple ejercicio periodístico del tiro al pichón y a la futilidad, por más que todos los desmerecimientos de los que el susodicho y su tropa están siendo objeto, lejos de parecerme injustos y crueles, me resulten pocos y torticeros, pues bastante daño ha hecho como para no merecerse como mínimo un tirón elefantiásico de orejas hasta que se le queden como las del capitán Spock de Star Trek.
Prefiero preguntarme, estando como está el flautista camino del cadalso político, si no será que las ideologías de antaño llevan ya muertas mucho tiempo, y nos seguimos empeñando en mantenerlas moribundamente vigentes. Barrunto que más que difuntas se encuentran en estado de resignada hibernación por culpa de un rebaño político que ha confiado la suerte de su supervivencia a los mezquinos intereses creados de Benavente, porque se perdió el capítulo de Barrio Sésamo donde se explicaba la diferencia entre la derecha y la izquierda.
El individualismo más obsceno está reñido con los ideales, por mucho que a los gobernantes se les abran las carnes, como la res abierta en canal de Rembrandt, elucubrando acerca del bien común de sus administrados. La hipocresía es una virtud en alza, que alcanza cotas de virtuosismo en el hemiciclo de los parlamentos. Muchos fantasmones que hoy presumen, los muy machotes, de haber corrido delante de los Grises en el ocaso del franquismo -¡cuestión de pelotas!-, ahora ejercen de censores y comisarios políticos, superando en maledicencia gallinácea al grotesco revolucionario escocés Galileo Gall de La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa.
Hace unos días confieso que me llegué a emocionar (yo sí que soy un blando) tratando de explicarle a mi hijo Fabio la trascendencia histórica que tuvo el arrojo con el que los representantes del Tercer Estado, desafiando a Luis XVI y exponiéndose al filo de la guillotina, irrumpieron en el Jeu de Paume parisino y se constituyeron en Asamblea Nacional. ¡Qué tiempos aquellos en los que la gente vivía por un ideal y hasta inclusive moría por él! Ahora, a lo más que llegamos, es a barajar la idea del suicidio colectivo si se nos acaba la Mahou precisamente el miércoles que hay partido de Champions.
Tengo la impresión de que quienes no vivimos “la primavera de los pueblos” de 1848 ni tantas otras revoluciones bienintencionadas que se han sucedido en el transcurso de nuestra convulsa historia contemporánea, seguimos viviendo de las rentas que nos han legado las generaciones pasadas, dando por supuesto que el régimen de libertades es una realidad incuestionable a salvo de cualquier ataque.
Un día de estos, como no andemos vigilantes, va a venir el tío del saco, que ese sí que da miedo, y nos va a dar un su susto pajinesco, o sea, de mil pares de cojones. España testicular. ¡Qué país!
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Periodista
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
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