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Niños robados que siguen queriendo saber de quiénes son

miércoles 15 de diciembre de 2010, 21:39h
Algunos de aquellos niños que en su día fueron objeto de adopciones ilegales en nuestro país llevan años buscando a sus verdaderas madres, otros acaban simplemente de empezar a asimilar que es posible que las madres que siempre creyeron que les habían cedido a otros padres, no tengan ni idea de que están vivos. El secreto a voces de que en clínicas como la tristemente famosa San Ramón en Madrid o, incluso, en la Maternidad de O’Donnell, también de la capital, se había traficado con bebés robados a sus madres nada más nacer, ha vuelto este año con más fuerza que nunca a la primera página de la actualidad, protagonizando impactantes reportajes de investigación como “La Fábrica de bebés” o “Niños robados”, emitidos en televisión.

Lo que en estos y otros espacios informativos se ha contado supera con creces la fértil imaginación de cualquier curtido guionista, ávido de historias truculentas de esas a que buen seguro acapararían una cuota de share bastante respetable, pero quizás, precisamente por tratarse de algo que es absolutamente real, la audiencia no ha sido, desde luego, tanta como cabía esperar, y sigue pareciendo extraño que, a estas alturas, las informaciones acerca de lo que ocurrió con algunos recién nacidos, desde los años 60 a principios de los 80 en toda España, esté teniendo tan poca repercusión social, por no decir alarma social, esas dos palabras que a veces se convierten en socorrido recurso a la hora de tomar ciertas decisiones judiciales y políticas bastante discutibles.

Porque a la audiencia, a la que de verdad cuenta, es decir, a esa a la que tan incomprensiblemente le gusta llenar las pacíficas horas de sobremesa con peleas verduleras entre tertulianos que se dicen de todo, hasta literalmente enfermar o esconderse llorando en los pasillos, por supuesto también televisados, de alguna cadena, puede que le guste algo llamado pomposamente “reality show”, pero eso poco o nada tiene que ver con lo real, y sólo admite alguna puntita de espontaneidad fuera de lo que aparece escrito en su guión, simplemente para dar más sabor a la empanada.

Las trágicas historias de niños, ahora adultos, que han tenido que descubrir que su vida se había ido tejiendo a partir de un ovillo falseado o de familias a las que nunca debió faltar uno de sus miembros, caen más allá del “morboshow” y, en todo caso, lo más sano es que así sea. Muchos de los involuntarios protagonistas de esta historia que, sorprendentemente, sigue pareciéndonos muy ajena, a pesar de abarcar las generaciones de la mayoría de nosotros, ya se han unido, gracias sobre todo a Internet, en distintas plataformas y asociaciones para seguir luchando y que sus demandas prosperen, por fin, en los tribunales. Puede que entonces, la escasa documentación de que disponen, esos amarillentos papeles aparecidos en remotos cajones de inconfesables secretos familiares, así como aquella otra que han podido encontrar en los escasos archivos que aún no habían sido destruidos, sirva para continuar investigando y para completar, en definitiva, esos puzles de vidas artificialmente trazadas por el lápiz sin escrúpulos de quienes se enriquecieron con tan terribles trapicheos.

Será por fin el momento de que familias enteras tengan la oportunidad de saber qué ocurrió realmente aquel día en el que su vida cambió para siempre y a quién pertenecían las manos que maniobraron para que así fuese. No todas, claro, porque el paso de los años es un elemento tremendamente poderoso a la hora de atenuar las huellas, enterrar el pasado y borrar cualquier pista, que hasta ahora tan sólo conduce a recuerdos demasiado dolorosos como para haber sido intactamente conservados y a nichos vacíos que jamás albergaron los diminutos restos de niños que únicamente habían muerto para sus verdaderas familias. Y será el conocimiento el único consuelo que les quede a quienes tengan la suerte de su parte y consigan llegar a él. Porque, cómo se indemniza, por ejemplo, a una madre que después de dar a luz en circunstancias normales recibió el mazazo de escuchar que su bebé había muerto antes de que ella pudiera siquiera estrecharlo en sus brazos y descubrir varias décadas después que era mentira. De qué forma se repara el daño a una mujer que, además, siempre tuvo que vivir con el convencimiento de que aquello no había pasado, porque su instinto maternal le decía que el niño estaba vivo y que el frío recién nacido que le habían enseñado cuando exigió verlo no era el suyo, padeciendo desde entonces en silencio aquella tortura, conocedora de que, expresándola en voz alta, corría el riesgo de que, como en la canción de Mocedades, al final todos le llamaran loca.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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