Navidad
sábado 25 de diciembre de 2010, 11:16h
Europa lleva cerca de veinte siglos celebrando ininterrumpidamente el nacimiento de Cristo. No el aniversario de su nacimiento, sino el nacimiento mismo. Todos los años Jesús de Nazaret vuelve a nacer. Se trata por supuesto de un hecho simbólico, aunque en este continuo comenzar de nuevo se pone de manifiesto la esencia del hombre tal y como ha sido concebida por nuestra tradición. Cristo, es decir, el hombre, ese ser que lleva siempre la iniciativa en su existencia.
Que Jesús naciera un 25 de Diciembre es cosa dudosa. Los historiadores aseguran que se adoptó esta fecha para hacerla coincidir con la celebración romana del nacimiento del Sol. La coincidencia no tiene nada de particular porque los primeros cristianos procuraron ajustar su calendario festivo con el de los paganos a fin de dar nuevo sentido a las viejas tradiciones. Algo parecido, pero sin deliberación, está ocurriendo en nuestro mundo. La navidad ha dejado de ser algo religioso para convertirse en un acontecimiento social y familiar, una renovación de los vínculos con los seres queridos. No es extraño que durante estas fechas acuda más gente a los consultorios de los psicólogos que a las iglesias.
Pocos conocen ya el viejo sentido de la celebración navideña. Ni siquiera los cristianos. De ahí el retroceso del belén frente a otro tipo de símbolos El proceso de secularización de la sociedad europea avanza con rapidez. Para las nuevas generaciones, la renuncia a lo divino es una conquista, una liberación. Molestarse en comprobar si tenía o no algún sentido aquello de lo que se han apartado resulta innecesario. La fe, tal y como ahora se interpreta, era sólo un alivio, una celda acolchada. Afortunadamente hemos recuperado la cordura. Claro que cordura no significa equilibrio, pues la vida es lo que es y sólo alguien que no esté del todo en sus cabales puede vanagloriarse de su libertad como si no le produjera ningún pánico.
El descreimiento es un fenómeno colectivo más que personal. La fe, como escribió San Pablo, proviene de la audición y el mensaje cristiano se oye cada vez menos. Sin embargo, Occidente no se puede comprender sin Cristo. Cuatro quintas partes de lo que somos están estrechamente ligadas a su enseñanza. Recuérdese que fue él quien instruyó a los hombres acerca de dónde mirar para encontrar su deber. Dudo que hayamos ido mucho más lejos en los últimos siglos. La única diferencia es que si antes uno tenía que cargarse de fe para ponerse en el lugar del otro, hoy ya no es necesario. Nuestras sociedades han hecho suyo el principio cristiano de la hermandad de los hombres, lo han asumido racionalmente, sin necesidad de ligarlo a una fe. Por eso se supone hoy que hemos llegado más lejos que la religión y que es posible olvidarse de ella.
Primero se celebró el nacimiento del Sol, luego el de Jesucristo, ahora la renovación de los lazos familiares. La fiesta se ha ido mundanizando con el tiempo, aunque siempre ha tenido relación con el círculo de la generación y la regeneración. Esto explica el papel principal que desempeñan en ella los niños. Mientras que el hombre adulto no puede quitarse de la cabeza el barrunto de la muerte, la conciencia de que en cualquier instante todo puede concluir, el niño vive en una especie de perpetuo nacimiento que le lleva a suponer que todo recomienza siempre y que cada acto constituye un principio. Esta vivencia, máxima expresión de la libertad humana, condensa esencialmente el significado de la navidad y, por eso, cada año que pasa la ceremonia se nos hace más cuesta arriba, más difícil. “La navidad ya no es lo que era”. Claro que: ¿lo fue alguna vez?, ¿se puede ser siempre niño?