Tribuna
Penúltimo palacete de la Castellana destruido
jueves 20 de enero de 2011, 08:34h
Existía. Era un palacio, uno más, de los muchos que hubo en el Paseo de la Castellana y que la incuria municipal – en otros países cultos se hablaría de corrupción – ha destruido. Un palacio testigo de una época, que en solitario defendía la belleza de un edificio singular y específico, totalmente identificado y muy lejano de la mediocridad urbanística común.
Estaba en la calle Jorge Manrique esquina con el Paseo de la Castellana. A su lado, prepotente, existe un edificio que, en su momento también, pudo ser un palacio y que, algún otro Alcalde de Madrid, con la sonrisa satisfecha, - y vaya usted a saber cómo quedó su bolsillo o el de los funcionarios aquéllos -también destruyó.
Porque todo el Paseo de la Castellana tiene, en su historia reciente, un número de derribos de edificios históricos, palacios, palacetes, que parece que una guerra se haya cebado con esta avenida central de la capital. No hay Alcalde en los últimos cincuenta años que no tenga en su haber, como trofeos de caza, algún palacio destruido.
Recuerdo bien a finales de los sesenta como la Plaza de Colón, tembló con el disparo de fealdad que supuso la destrucción de los palacios – de una aristocracia y de una burguesía que no merecen ni el más mínimo de nuestros desprecios – y su sustitución por torres vulgares encontrables en cualquier lugar del globo. O el que entonces existía donde ahora se levanta un edificio moderno – debo decir que hermoso y atractivo pero que bien podría estar en otro lugar y no hacerse a costa de matar a un palacio bellísimo, sumando así y no restando estética y amabilidad urbanística – de una conocida empresa de seguros. Y así sucesivamente a lo largo de prácticamente todo el paseo. Paseo que fue un intento sutil y fútil de tener algo que ofrecer a la vista, como tienen otras ciudades europeas, y que aquí han hundido corruptos de todas clases a uno y otro lado de la ventanilla del negociado correspondiente.
La incuria municipal, sí. Y su falta de cultura y de aprecio por Madrid. Por eso Madrid ganaría un concurso a la ciudad más fea y sin personalidad, de entre todas las capitales europeas. Porque ningún Alcalde que sepamos, la ha querido. Todos tienen en su “haber” haber destruido un palacio, si es que no se levantan monstruos municipales, como esa horrible Torre de Valencia realizada para aplastar la única postal que teníamos de la ciudad – La Puerta de Alcalá – hoy contrachapada con la sombra del horrible edificio en el que el Ayuntamiento de Madrid especuló, y que hoy, lleno de pinchos -las antenas han expresado para lo que vale esa excrecencia de torre – con las terrazas cerradas por los vecinos – demostrando también que el Arquitecto no sabía lo que hacía - y que sirve para mostrar que los Arquitectos no solo levantan sueños, sino que también los hunden y crean pesadillas repetidas diariamente. Véase este monstruo desde el Retiro y compruébese como hasta los patos del estanque miran pudorosamente a otro lado para no ver la sombra de semejante adefesio prepotente, que ha perjudicado también al propio Parque.
Pero es el Ayuntamiento y su Alcalde el que crea este feísmo en el viejo poblachón manchego. No me imagino al Alcalde de París ni al de Roma, ni al de tantas ciudades italianas, ni al de Barcelona, ni al de Lisboa, ni Oporto, ni al de Londres, etc. tirando con saña y destruyendo lo que la historia les legó. Y aquí, en Madrid, no hay que imaginárselo: basta con verlo.
La incultura propia de esta ciudad, tantas veces especulada y destruida por sus Munícipes, solo tiene como explicación el encogerse de hombros de los madrileños. Esta gente quiere muy poco a su ciudad. Si no, saldrían en manifestación para impedir estos abusos, estas destrucciones, estos robos a nuestra identidad ciudadana (estrictamente: de ciudad, que de ahí viene ciudadano). Y es que la estética de la ciudad, la belleza en fin, son bienes públicos, que como tales, sufren la tragedia de los bienes comunes: por ser de todos no son de nadie (Garret Hardin 1968). Porque el Ayuntamiento, abdicando y abandonando sus deberes, ha decidido que es mejor, más cómodo y más amigable con los amigos, ceder ante la destrucción de la belleza y de la personalidad y singularidad.
A este Alcalde, hay que darle más ideas aún. Que le pongan cualquier edificio histórico o que sea propio de la cultura del siglo XIX o XX y sin pensárselo un segundo, va y lo tira. Como han hecho todos los bestias que nos han regido (bestias, en lo que a cultura hace). Así es como esta ciudad pierde todos los días sus señas, y en un urbanismo, hortera, banal y chato, sigue atacando todos los días lo que la historia legó. Sea la Pagoda de Fisac, sea las embajadas ubicadas en los palacetes de Chamartín, los Alcaldes madrileños, todo lo tiran. Les da igual. ¡A conseguir licencias y el que venga atrás que arree! Y fue un destructor nato, J.M. Álvarez del Manzano, quien, suponemos que muy satisfecho, descatalogó la protección jurídica tanto al palacete cuya destrucción aquí lamentamos, como la propia Pagoda.
Luego, estos mismos Alcaldes se gastan el dinero de esas licencias en proyectos faraónicos que junto con la inmensa deuda municipal, sirve solamente para halagar su propia soberbia. Así, en el caso presente, sería bueno sacar las cuentas de lo que nos costó la broma de las Olimpiadas para que, como correspondía por el turno de continentes, se las llevara Río de Janeiro.
En estos incultos irresponsables que nos ha tocado siempre en Madrid como Regidores, desde Arias Navarro al actual, hay una línea de continuidad basada precisamente en la incultura, en lo incivilizado.
Los dueños del palacete destruido son una familia muy poderosa, claro está (si fuera una pobre viuda la dueña del palacete, ¡a buena hora le iban a dejar tirarlo!).Y ahora, con el consentimiento y la gula del Alcalde, lograrán la licencia para elevar un rascacielos o lo que les dé la gana, que la ley, para eso, no es igual para todos. Ellos a lo suyo, junto con los munícipes, a los que sin duda conocerán. Más coches de lujo, más horteradas, más destrucción, mientras se ríen y mofan de todos los madrileños. Bien calladitos, irán a coger negocio y seguir enriqueciéndose a costa del patrimonio urbano de todos.
Pero quien tiene que garantizarlo, el Alcalde (y sus funcionarios), se llama andana. El Alcalde es culpable y a título de autor, no simple cómplice, de este horror, porque al Ayuntamiento correspondería la defensa de nuestro patrimonio urbanístico. Pero les da igual. Irán, quizás, con los propietarios a cualquier restaurante de cinco tenedores, a inflarse de incultura, de soberbia y de desprecio a los madrileños. Desprecio a los madrileños de antes, de ahora, y de los que vienen, que nunca sabrán que Madrid pudo ser una ciudad casi tan hermosa como Barcelona. Claro, que en Barcelona, sus Alcaldes saben bien que los barceloneses aman su ciudad y aquí en Madrid, los Alcaldes saben que pueden ser todo lo incultos que quieran y destruir lo que quieran, porque Madrid no es, lamentablemente, de nadie. Quizás de los especuladores, algunos de aquí, pero muchos venidos de fuera, que contemplan la ciudad como botín y saben que el Alcalde de turno está siempre dispuesto a entregarles la llave del tesoro, a cambio, claro, de que una parte pase a las arcas municipales. Y esperemos que pase solo ahí, a las arcas, porque lo que han difundido los “funcionarios” municipales de que el palacete francés destruido no vale nada, es título de sospecha suficiente para pensar que hay algo podrido y no precisamente en Dinamarca.
También el Colegio de Arquitectos podía decir algo duro y serio sobre este tema. Y decirlo claramente, especialmente en época electoral, único momento en que puedes indicar algo y que alguien diga que te oye. Y desde luego, recurrir ante los tribunales, que para eso tiene buenos abogados en su corporación y ésta ha de servir para algo.
Cuando uno comprueba que no existe un plan histórico –artístico sobre el urbanismo y edificación del siglo XIX y XX, ya se sabe por qué es: para que el Alcalde bestia de turno, tire lo que le parezca para que algún desaprensivo, también inculto y animal, haga lo que quiera y se ría de todos. Y el Colegio de Arquitectos, también, debería comenzar una cruzada para lograr dicho Plan, a costa desde luego, de enfrentarse con el Alcalde y su tropa.
En fin, Madrid no logrará equipararse a las grandes ciudades de Europa. Será, sí, una ciudad grande, pero nunca una gran ciudad. Y es la incuria municipal, si es que no es corrupción, la que provoca esta pérdida y este declive continuo. Es la incultura de los Alcaldes, su falta de civilización, su desprecio por la ciudad que se les ha confiado, su brutalidad – hortera, banal y chata, -la que ha ido royendo, como hacen también en la ciudad las ratas, lo que Madrid pudo ser y que hoy sí es Barcelona y son tantas ciudades europeas (Praga, Viena, Budapest, todas las italianas…) Todas, quizás, menos la nuestra. Así nos va. ¡Vivan las caenas municipales, la incultura y la destrucción! ¡Viva el Sr. Alcalde! ¡Abajo lo viejo!