A Pedro Cano, pintor sublime de emociones
José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 21 de enero de 2011, 21:32h
Si yo escribiera como pinta Pedro Cano, no sería periodista satírico, sino poeta. Pienso, luego deliro, que el arte es la superación de la mediocridad irremisible del Hombre de Vitruvio desencantado que se resiste a entregar su alma a la claudicación. Si Freud se empeña en devaluarlo, diciendo que no es más que una forma sublimada de pulsión reprimida, y Schopenhauer elucubra pontificando acerca de su condición de vía de escape de un estado inconfesable de infelicidad…, allá ellos.
Bendito sea el arte en cualquiera de sus manifestaciones, si en la rendija de este páramo intelectual ibérico (donde matones tarados se dedican a jibarizar a consejeros de Cultura) nace un brote incontenible de libertad, fruto tardío de algún episodio indescifrable de la niñez huérfana, sabroso como el Árbol de membrillo del maestro Antonio López.
En este mundo antropófago, que se debate entre el abismo y las tinieblas (Bertolt Brecht, Galileo Galilei), detenerse frente al retrato que el genio murciano de Blanca hizo de Pura, su madre, y no claudicar a la mirada desdoblada de su padre, José el Moreno, es tan inconcebible como no sobrecogerse ante la sonrisa irreverente y enigmática de la Madonna Elisa giocondiana. Doy por hecho que Francis Bacon estamparía su firma a pie de cuadro abstraído por la deriva árabe de su propio universo personalísimo de imágenes.
Pedro Cano no pinta las cosas como son sino como las ve y las siente. Su pintura, además y por encima de una experiencia estética, es una experiencia vital como el polvo del camino de sus cuadernos de viaje y el peso cómplice de su mochila, proporcional al bagaje de sus inextinguibles recuerdos. Como en Juan Barjola se mezcla el mundo de lo vivido y de lo soñado, la experiencia mundana y la onírica, hasta lograr una mixtura de sabores agridulces como la existencia misma de los desheredados.
En la paleta de Pedro Cano, allí donde se esconde la soledad del hombre, la ermita blanqueña de San Roque, patrón de los caminantes, tiene tanta o más nobleza, inclusive, que las piedras tornasoladas de todas las Puertas de su Roma eterna, metáfora de la atemporalidad que sobrevive más allá de la muerte que nunca cicatriza con el olvido.
«Vine a ver un museo en busca del artista –me confesó un galerista con el que coincidí en la visita a la Fundación-, y me encontré con la persona. No sé lo que pensará usted –me inquirió F. Eloy-, pero la mejor obra artística es aquella capaz de movilizar el alma humana de quien la contempla».
Si según Casiodoro, los tres principales objetivos del arte son enseñar, conmover y complacer, el alarde magistral de Pedro Cano sin duda conmueve por la belleza de su trazo premeditadamente incompleto pero acabado hasta la perfección imposible y por su inspiración inclasificable más allá de cualquier adjetivo rimbombante e impostado.
Cicerón se lució cuando elevó a la Política a la categoría de “arte mayor”, e intentó humillar a la Pintura relegándola al último escalón falso del desmerecimiento y el desprecio. Hasta donde llega mi elocuencia irreverente y heterodoxa, la creación artística es la forma más profunda de conocimiento, y la conciencia estética un estado de contemplación donde el verdadero rostro de la realidad intangible se muestra en su pureza más profunda, aunque sea tan inaprensible como la felicidad evanescente de Andy Warhol que estás en los cielos.
Si fuera Benedicto XVI (que nunca digas de este agua no beberé), cometería el pecado de colgar en mis aposentos la tela pintada por Pedro (no el que custodia las llaves del Cielo) para la colección vaticana de El abrazo de la que el papa Wojtyla se encaprichó dejándose llevar por el pálpito de su temperamento impresionable, santo hecho carne.
Podría haber levantado su Fundación en Italia o en cualquier otro lugar donde no es tan latente el riesgo de acabar en la cárcel por amor al arte. Pero ha querido que sea en su Blanca natal, en la ribera del Segura que en sus antepasados moriscos fue el “Río Blanco” donde duermen los sueños.
No sé si admiro más al Pedro Cano pintor o al Pedro Cano persona, desprendido y generoso, que al contrario de lo que pudiera imaginar, un día zarpará rumbo al puerto del que jamás se vuelve, más allá de Las ciudades invisibles de Calvino, y dejará mucha más descendencia de la que cree.
Bueno sería que algunos incautos que acostumbran a ejercer de plañideras cuando ya es demasiado tarde hasta para los cipreses y los crisantemos cayeran en la cuenta de la inmensa dicha de tenerlo entre nosotros, y que sea por muchos años, aunque a mi vecino de Blanca no le deslumbren ni los premios ni los reconocimientos (vanitas vanitatis), sino el afecto sincero y desinteresado de su gente.
No soy nada, comparado con Maurizio Calvesi, con Predag Matvejevich, con Lorenza Trucchi, con Alfonso Pérez Sánchez o con Juan Manuel Bonet. Pero precisamente por mi insignificancia intrascendente quiero dedicarte esta humilde acuarela pintada con palabras humildes cultivadas en la huerta de las ensoñaciones, jardín de Alcinoo, Arcadia feliz: «Tanto te quiero, Murcia, que te odio». Palabras regadas con agua del azarbe que huelen a yerba, a medialuna escarchada y a luna llena.
A ti, Pedro, y a tus hermanos de sangre Jesús y Pepe, “dogma trinitario y fraterno”. Dio benedica.
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Periodista
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
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