Las necrológicas
sábado 29 de enero de 2011, 19:14h
“Hasta para morir hay que tener suerte- escucho a un amigo, que siempre dice que él tiene la edad de las esquelas.
-No estoy de acuerdo. Hablas como si “doblar la servilleta” fuese igual que estrategia. Estrategia: en los negocios, en el deporte, en la guerra...
La respuesta, dada por Vindimián Aldea, un estratega de los recambios automovilísticos y, en sus escasos minutos de descansar de ganar “jayeres”, Vindimián, que ya es casualidad llamarse así se muda en escritor, que no sé si es genial; pero que se le acerca mucho. Y, en su ganapán cotidiano, es uno de los reyes europeos en la venta de filtros. ¿Conocen?
Charla de estos temas con Juan Carlos Delgado, ya saben: “El Pera” que pasó de la delincuencia con atracos –solo tenía siete años de edad la criatura- a colaborador del orden. De rebelde, en él con causa a, de alguna manera, a sumiso a la sociedad.
Disfruta hablando de automoción, que es lo suyo. Y los contertulios pasan a referirse a la estrategia de todos esos muertos. Si disfrutan de cierto nombre. Tendrán mucho cuidado en no morirse coincidiendo con otras personas de notoriedad. El escritor vanidosillo puede perderse “la semana del duro” si tiene la desgracia –además de “palmarla”, que ya es mucho- de coincidir en esquela con un Premio Nóbel o con un político de relieve.
Suerte, dentro de la desgracia, es que sea carismático o que el día de su adiós se le reserve el privilegio de ser el único que llama la art4nción de los necrólogos. En tal caso tiene asegurados dos o tres artículos encomiásticos, más que de su persona de los que lo firman-¡Vanidad de vanidades!. Que en ocasiones sale de su estúpida guarida humana para volver a ser protagonista –coronas, responsos etc- para hacer ver su amistad con los finados y colocar sus nombres en la cinta de un ramo de flores.
Y, en un paréntesis del dolor por los seres querido y perdidos, entra en mi teléfono, como caballo en cacharrería el final de la vida generosa y larga, de la noticia negra de la muerte de la madre de uno de mis más brillantes y mejores amigos: Angel Muñoz. El consuelo, se dice, es que había vivido mucho y estaba en la recta final de su vida. Me viene el recuerdo de una frase rotunda como un mazazo que dice la guerra es un periodo de crueldad y tiempo en el que los padres entierran a los hijos. En la paz son los hijos los que entierran a sus a sus padres”.
El flamenco irrumpe en todo el mundo. Cantaores, guitarristas, llegaron hasta el Vaticano para que el Papa autorizase la Misa Flamenca. No fue a primera vez en la que se relacionaba el cante con el Vaticano. Ya le puso verso brillante García Lorca. “Hacia Roma aminan/dos pelegrinos/ pa que los case en Papa/ porque son primos”.
Y llevó buena gente gitana y del flamenco Francisco Escudero, actual rector de “Torres Bermejas” el “tablao” madrileño en el que nacieron los mejores. Y, citemos como referencia, a “Camarón”. Y en cuyo escenario bailó, y bien por cierto, la Duquesa de Alba tras la imposición, a notables personajes, de “El garbanzo de plata.”. Falleció, recientemente, la mujer de Escudero, Carmen Luengo y, aunque parezca paradójico, dice mi amigo Carlos Perea que “fue el funeral más emotivo y hermoso jamás celebrado”. Cantaron y tocaron la guitarra figuras del flamenco.Y se escucharon cánticos como el “Padrenuestro” para rematar con “No te vayas todavía” y la “Salve rociera”.
El flamenco es el nuevo gregoriano que acepta la liturgia y llega directamente al pueblo.
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Aparte de una esquela en la que, debajo de su nombre, se escribe “doctor en Medicina”, nos hemos hallado “laudamos” del gallego Jesús A. de Caldas, uno de los pioneros de la medicina preventiva en España. Alcanzó renombre además de curando, evitando que sus clientes tuviesen que ser sanados. Su lema podría ser “Vaya al médico para evitar ir al médico”. Y eso que, si el galeno era él, el paciente recibía garantías de salud.
Rubio como buen celta, seductor y “donjuán” de bata blanca, Caldas era, además, hombre de gran cultura, conversador ameno y con sabiduría en casi todos los temas. Divertido y elevando al humor, que tanto se cultiva en su y mi tierra, a cualquier intento de pedantería. Su ironía “mataba”, sobre todo a los resabidos.
Se medio retiró a sus cuarteles levantinos y serrano- madrileños-Jamás abandonó a sus clientes. Ni a Marta, el amor de su madurez que vivió a su lado una historia de amor difícil y hermosa que le acompañó hasta el final de su vida, felizmente rica en experiencias, sapiencias y en años.
Se encontraba con sus amigos en el “Café Gijón” del que siempre fue tertuliano. La última vez que coincidí con él estaba reunido con otro médico de leyenda: José Luís Barros, fanático de sus ideales, salvador quirúrgico de docenas de famosos, mayormente artistas y gitanos. Hizo el quite a la muerte, sin capote y con bisturí, a personas tan renombradas como Antonio Gala… Y, ante todo, amigo. Barros, fidelista y capaz de afirmar que Cuba era el país de mayor bienestar del mundo, estaba echándole un pulso a la muerte junto a su paciente y más que hermano Antonio Gades.
Con el paso de los años uno siente el escalofrío de los amigos perdidos. Que a veces entran atropelladamente en el doloroso desfile.
Se me han ido, en apenas cuarenta y ocho horas, varios amigos. Algunos, como Caldas o ese gran ser humano y gigante comunicador, Celso Vazquez. O ese otro Celso, Collazo, escritor y periodista grande que hubiese hecho una obra maestra de haber escrito su autobiografia.
Siempre presentes en nuestra memoria, en la que continuaran viviendo mientras vivamos se fueron silenciosamente. En la amenazante frontera del olvido.
Yo, en mi larga trayectoria periodística, siempre he tratado de eludir las necrológicas en las que contribuyen entusiásticamente los especialistas, que haberlos hailos. Un famoso escritor orensano publicaba verdaderas piezas periodísticas cuando un amigo se iba. Al fallecer él, perdió a todos sus amigos vivos-. Un biógrafo encontró, entre los escritos del fallecido, docenas de necrológicas que guardaba con el nombre de sus amigos y famosos que le sobrevivieron.