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Revueltas en el mundo árabe y más allá: preguntas y respuestas

Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
lunes 21 de febrero de 2011, 21:23h
El prolífico periodista de internacional Borja de la Mota, cuyos artículos son leídos desde hace años con interés por muchos de los que nos dedicamos a la materia, me envió una serie de preguntas la semana pasada para ilustrar con distintos puntos de vista su último artículo (“¿Tienen futuro las revueltas en Oriente Medio y el Magreb?”), que se puede leer en el siguiente vínculo:

http://www.elimparcial.es/mundo/tienen-futuro-las-revueltas-en-oriente-medio-y-el-magreb-79003.html

Es obvio que un artículo no puede contener todos los razonamientos que una columna de opinión permite incluir, y es por ello que, en la coyuntura actual, me permito dejarles aquí hoy las respuestas completas a las preguntas que me envió el mencionado periodista de El Imparcial.

Tal vez les sean útiles e interesantes a la hora de hacer sus propias cábalas, en un momento de ilusiones, esperanzas, vaticinios y miedos con respecto a la realidad que se va configurando en una crisis que afecta a todo el mundo, aunque muchos no quieran alcanzar a verlo.

¿Llegarán las revueltas aún en marcha en Libia, Argelia, Yemen, Irán o Bahrein a buen puerto como han hecho en Egipto o Túnez o los regímenes en el poder han aprendido la lección y no serán nada permisivos con la oposición?

Si bien podemos identificar parámetros similares en las revueltas en los distintos países mencionados, lo cierto es que cada uno de ellos es un mundo en sí, y por tanto distinto de los demás. Para empezar, yo no creo que las revueltas en Egipto y Túnez ‘hayan llegado a buen puerto’, como muchos dicen en Europa. Eso no lo sabremos precisamente hasta que salgamos del caos actual y veamos cómo evoluciona la situación en estos países. En Egipto ha habido un levantamiento popular (de grupos de intereses muy diversos) y un golpe de Estado militar donde el ejército se ha hecho con el control. Si éste no impulsa rápidamente una transición democrática y la apertura del régimen, los radicales islamistas (tanto los Hermanos Musulmanes, como la rama egipcia de Al-Qaeda dirigida por Ayman Zawahiri) serán los grandes beneficiados de la situación.

Definitivamente, el régimen iraní de Ahmadineyad no va dar tregua a los manifestantes, e incluso en Bahrein se ha decidido una respuesta mucho más enérgica. Irán impulsa y alienta las revueltas en los países con regímenes tradicionalmente aliados con EE.UU., especialmente Egipto, Jordania, Yemen y Marruecos. Ahora EE.UU. está contraatacando dando apoyo e impulso a las revueltas en Irán. La situación en la región y las consecuencias globales a medio y largo plazo afectarán directamente a Occidente y muy directamente a los países europeos del Mediterráneo. Tenemos por delante un período de gran inestabilidad en el que los más radicales van a jugarse el todo por el todo para erigirse en actores principales. EE.UU. y la UE deberían empezar seriamente a coordinar sus políticas de cara a la región ante un desafío estratégico de dimensiones inimaginables hasta ahora.

En caso de que alguna revuelta prospere, ¿qué regímenes tiene más probabilidades de caer?

Las revueltas no constituyen un actor unificado y coherente de por sí. Hay muchos grupos diferentes con intereses distintos y que se movilizan en cada revuelta de país en país. La supervivencia de cada régimen va a depender del apoyo exterior que reciban. Lo de Túnez y Egipto cogió a EE.UU. y la UE totalmente por sorpresa y dudo que Occidente vaya dejar que caigan más peones pro-occidentales en el tablero de Oriente Medio. Ahora bien, caso por caso, el régimen de Ali Abdullah Saleh en Yemen está en una posición más precaria que el de Mohamed VI en Marruecos o el de Buteflika en Argelia.

Tampoco podemos dejar de evaluar los intereses extranjeros a la hora de hacer que un régimen se destabilice y caiga. Para Argelia es una prioridad estratégica apoyar a los grupos que quieren desafiar y debilitar el régimen de Mohamed VI en Marruecos. Para Rabat es una prioridad estratégica apoyar a los grupos que amenazan la estabilidad del régimen en Argelia, ya que ambos países funcionan como poderes antagónicos en la región. Por otro lado, para Francia, España o Italia, es esencial apuntalar a los regímenes en Rabat, Argel, Trípoli o Beirut porque sus intereses propios en esos países son importantísimos (suministro energético, nivel de negocios, peligro de emigraciones masivas descontroladas). EE.UU. necesita apuntalar una salida pro-occidental a la crisis en Egipto y reforzar al régimen Hachemita en Jordania, para asegurar cierta seguridad a Israel.

Por su parte, Teherán necesita apoyar a las fuerzas que promueven la desestabilización de todos los regímenes pro-occidentales, de Rabat a Ammán; al tiempo que apuesta por reforzar a Hezbollah, a Hamás y a los movimientos de corte salafista en todos los países de la región. El Magreb y Oriente Medio componen desde hace mucho tiempo el tablero de ajedrez donde muchas potencias se juegan su supremacía. 2011 ha abierto un período nuevo de absoluta reorganización de poderes y de una inestabilidad muy preocupante. Una especie de ‘todos contra todos’ en el que volverá a imponerse la peligrosa doctrina de ‘el enemigo de mi enemigo es mi amigo’ y donde la defensa de la democracia está en un plano muy secundario.

¿Cuáles podrían ser las consecuencias en materia de seguridad geopolítica en la región, en especial en lo que atañe a Europa?

Las consecuencias ya las estamos viendo: emigraciones desordenadas a gran escala que afectarán directamente a los Estados mediterráneos de la UE. Reforzamiento de los grupos salafistas anti-occidentales, con la consiguiente amenaza terrorista para la UE. Una desestabilización que afectará negativamente al flujo de recursos energéticos (con las consiguientes subidas de precios en plena crisis económica y posibles interferencias en el abastecimiento de gas y petróleo a la UE proveniente de la región). Existe el potencial de crisis política en el seno de una UE que se sigue mostrando incapaz de organizar una respuesta común a un desafío que amenaza directamente a muchos Estados miembros en el Mediterráneo, y que ven con desesperación cómo Bruselas llega siempre tarde y mal en la respuesta a las amenazas mencionadas.

A largo y medio plazo, Irán se verá muy reforzado en la región y ello conducirá a un tensionamiento cada vez más fuerte de las dinámicas de relación entre los distintos actores y subactores implicados. Corren malos tiempos para los discursos vacíos de contenido de la ‘Alianza de Civilizaciones’, en una región donde los distintos países llevan inmersos desde 2006 en una carrera armamentística que puede dar lugar episodios de conflicto entre actores convencionales, y entre Estados y actores no convencionales como Al-Qaeda y sus satélites. Las consecuencias de esta nueva dinámica regional para Europa no son nada halagüeñas, y por eso necesitamos poder contar en nuestros países con políticos que sepan hacer frente a estos desafíos, en lugar de ideólogos de discurso fácil que no acaban de entender a qué nos enfrentamos. El Islam no es el enemigo a batir, sino toda una serie de actores y subactores que se escudan en una versión radicalizada del Islam para defender unos intereses geoestratégicos que no tienen nada que ver con una religión en concreto.

¿Es creíble la opción de que se instauren gobiernos de corte islamista en la región?

Los actores islamistas van a poner toda la carne en el asador para hacerse con las mayores cuotas posibles de poder dentro de los Estados de la región, y harán frente a este desafío con todos los medios a su alcance. A través de acciones terroristas y movimientos de fuerza donde sea necesario, y a través de vías políticas allí donde sea posible. Combinando ambos métodos en cada país de la región, de modo que la rama política se beneficiará de las acciones de los grupos terroristas, en una dinámica que nos es muy familiar a los españoles, tras décadas lidiando con el mundo de ETA.

Precisamente, los Hermanos Musulmanes en Egipto ya han anunciado que se van a constituir en partido político. Hamás y Hezbollah (movimientos que EE.UU. y la propia UE definen como terroristas) reivindican también jugar un papel de actores políticos en la región. Sobre si se implantarán sistemas islamistas, no creo que veamos a corto plazo la instauración de regímenes plenamente islamistas, pero sí es claro que los sistemas dictatoriales tradicionalmente apoyados por Occidente en la región darán lugar a regímenes muy débiles políticamente donde los grupos islamistas irán paulatinamente expandiendo sus ámbitos de poder y control. Es importante destacar que mientras Al-Qaeda y Teherán están más que preparados para apoyar esos movimientos de modo coherente, Occidente se encuentra en una fase de total desorganización y sin una estrategia clara sobre cómo actuar de cara a la región. No creo ni que debamos hablar de ‘Occidente’ como si éste fuese un actor unificado. Más bien debemos hablar de potencias occidentales cuyos intereses coinciden en muchos escenarios pero que chocan en otros. Como ejemplo, en el marco europeo, podemos señalar el absoluto fracaso de la ‘Unión por el Mediterráneo’ que solo respondía a los intereses de Francia. Y otro ejemplo que nos toca de modo directo: los intereses de Madrid y París en el norte de África son claramente opuestos entre sí, pero nuestro gobierno lleva plegándose a la agenda del Eliseo desde 2004, lo que ha debilitado seriamente nuestra posición en la región, donde se encuentra parte de nuestro país, como son Ceuta y Melilla y demás plazas de soberanía (no debemos olvidarlo, aunque lo hagan muchos de nuestros políticos), o como son nuestras obligaciones históricas con el Sahara Occidental, que el actual gobierno español ha traicionado desde 2004 de un modo que nadie podía imaginarse hace unos años.

¿Ha sido decisivo el papel de la diplomacia norteamericana y europea para que cayesen los gobiernos dictatoriales en la región?

Ciertamente no. Aquí parece que los medios occidentales, y especialmente en España y Europa, ignoran por completo la historia reciente de la región. Los regímenes de Ben Alí en Túnez y especialmente el de Mubarak en Egipto, a los que los medios occidentales llaman ahora ‘regímenes dictatoriales’ fueron durante décadas (desde una perspectiva occidental) ‘regímenes ejemplares’ para la región, mantenidos con el apoyo y el dinero de EE.UU. y las potencias europeas. Que nuestros gobernantes se erijan ahora en paladines de la democracia con respecto a Oriente Medio y el Magreb es en cierto modo indigestible.

Por poner unos ejemplos clarificadores, si a Zapatero le interesase la democracia en Marruecos, ¿se plegaría como ha hecho desde 2004 a la agenda y los intereses de Mohamed VI en la región? Si a Berlusconi le interesase la democracia en Libia, ¿se habría plegado a los intereses de Gaddafi como ha hecho desde hace años? Y lo mismo nos podemos preguntar sobre Sarkozy y Obama con respecto a las dictaduras denominadas ‘pro-occidentales’ en la región.

EE.UU. y las potencias europeas siguen jugando un juego muy peligroso y contradictorio. Hablando de apoyar la democracia al tiempo que dan apoyo a regímenes feudales de corte teocrático como Marruecos o Arabia Saudí, o regímenes dictatoriales laicos como Egipto, Túnez o Argelia. Es obvio que la caída de Ben Alí y Mubarak fue toda una sorpresa en Bruselas y Washington (como ha reconocido recientemente el propio director de la Inteligencia Nacional estadounidense, James Clapper). Nuestros gobiernos, con la aquiescencia y pasividad de nuestras sociedades occidentales, llevan muchos años apoyando regímenes que contradicen los discursos que oímos en nuestras capitales, escudándose en la defensa maquiavélica de nuestros intereses. Es obvio que esa no es la mejor manera de defender ‘nuestros’ intereses nacionales. También es obvio que Zapatero, Sarkozy y Berlusconi defienden intereses concretos, pero éstos lo son de ciertos partidos políticos, grupos de poder, grupos de negocios e incluso intereses personales muy concretos que tienen muy poco que ver con las agendas que nuestros gobernantes presentan a nuestras opiniones públicas. Y esto es algo que debemos corregir en nuestros sistemas políticos si queremos realmente que éstos funcionen en defensa de nuestros intereses nacionales, toda vez que somos los ciudadanos los que los costeamos con nuestros impuestos.

Álvaro Ballesteros

Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior

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