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Algo está cambiando en Italia

miércoles 18 de mayo de 2011, 01:49h
El resultado de las elecciones administrativas del pasado domingo y lunes obliga a alguna reflexión sobre la situación de Italia. Berlusconi se había ocupado una vez más de convertir las elecciones locales en un nuevo plebiscito personalista, en un test nacional sobre la labor del Gobierno, tanto que había afirmado: “Si ganamos, se refuerza también el gobierno a nivel nacional”, ostentando el habitual aut aut “yo o los jueces”. Por eso, el resbalón electoral podría detener el destrozo constitucional y el viraje hacia un régimen autoritario de los últimos meses. Aún así, resulta una pretensión pueril considerar cada elección como un “referéndum” sobre su misma persona, personalizando la campaña electoral, atacando a magistrados y oposición.

Con estas premisas, Milán representaba algo más que una contienda local y ahora corre el riesgo de convertirse en el epicentro de las tensiones del centro-derecha. La ciudad lombarda representa el feudo de Berlusconi, la capital económica y financiera del país, allí donde reside su peor pesadilla, la “tan odiada” fiscalía. Por primera vez en dos décadas, el centro izquierda obtuvo en la ciudad más votos que el centro derecha, un inesperado sorpasso, torciendo cualquier encuesta o previsión. Y mientras en Turín y Bolonia gana la coalición de izquierda, en Nápoles y Milán hará falta una segunda vuelta. Este te resultado abre algunas incógnitas sobre el futuro de la coalición que gobierna el país. Aunque es cierto que es la primera vez que Berlusconi pierde una prueba electoral tan importante, esto no pone necesariamente en riesgo su futuro político, ya que una derrota política local no tiene consecuencias nacionales o efectos secundarios sobre la estabilidad del Gobierno.

No obstante, la votación pone de manifiesto la existencia de una Italia harta de la guerra de Berlusconi contra las instituciones, de las prepotencias mediáticas del primer ministro, de los abusos de poder y las amenazas al Estado de derecho. Se trata de un malestar general, una desazón nacional que encontró una emotiva expresión en Roma durante la representación del “Nabucco” de Verdi. Tras cantar el “Va pensiero”, símbolo de la rebelión italiana contra los opresores Habsburgos y del Risorgimento italiano, antes de hacer el bis, el director Riccardo Muti arengó a los presentes a no enmudecer ante la vergonzosa situación política de Italia: aludiendo a la magnífica frase “oh mi patria, tan bella y perdida, Muti proclamó sabiamente que si Italia sigue así, “realmente nuestra patria será bella y estará perdida”.

Es probable que, tras estas elecciones, haya empezado el redimensionamiento de un líder megalómano y pretencioso: sin embargo, resultaría demasiado simplista transformarle de demiurgo nacional en chivo expiatorio. Estas elecciones han demostrado que Berlusconi no sólo ya no tiene el “magic tocuh”, el efecto mágico, que le valió el apodo de “Rey Midas de las urnas”, sino también que el país pide algo diferente, más atención a los problemas reales que a los del cavaliere. Italia, pues, pide cambios y puede que ya estén empezando.
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