El paso erguido
viernes 20 de mayo de 2011, 18:34h
Y el puño, prieto, en alto. Las críticas desaforadas al actual presidente del Gobierno olvidan que su primer acto simbólico, al obtener responsabilidad de Estado, fue visitar la tumba de Pablo Iglesias. El gesto hablaba por sí solo. No sorprenden, por tanto, sus varios y acrónicos intentos de revitalizar condiciones populistas de izquierdas. Sí extraña que su partido lo siga con tal destiempo, más quijotesco que marxista. Calla, asiente sin rechistar y no ofrece alternativa alguna ante el despropósito económico, social, cultural y político que vive España. El contexto europeo que nos rodea dista años luz de estas nostalgias utópicas. Y la advertencia ha sido franca. Suena como gong en un ring a punto de caerse a la lona el púgil aún coronado y ya tambaleante. Tanto, que los cerebros andan desnortados e intentan revuelos atópicos más que utópicos. El temor a las urnas moviliza la siempre joven esperanza de que el ideal humano, lo humanum en que se apoyan la utopía y el Derecho natural, aún contiene latidos ocultos. De ellos puede brotar, piensan, la “proyección reparadora” que redima -la palabra del realismo social es revise- unas condiciones previas que hoy parecen caducas e inoperantes.
El suelo común de utopías y iusnaturalismo, consiste, dice Ernst Bloch comentando los fundamentos de Derecho Natural y Dignidad Humana, en el sobrepaso o adelanto -Überholung- de la realidad existente. El hombre tiene fe natural en una existencia mejor. Cualquier realización suya aún encubre algo no explícito y de posible emergencia. El presente se evalúa desde su futuro posible, no únicamente desde el pasado. La existencia actual puede ser rechazada o apartada a fin de liberar un status mejor. En ese salto cualitativo, histórico, funda el reclamo del derecho progresivo, la eunomía o ley justa del andar o paso erguido, es decir, íntegro, en comunidad de gentes.
Tal es la propuesta de este filósofo neomarxista que tuvo cierta audiencia al traducirse su obra más representativa, El Principio Esperanza. La conciencia del hombre es reflejo de las condiciones existentes y en ella asoma un excedente que lo proyecta con fe de futuro. Esta excedencia reconoce, sin precisarlo, un componente creativo en el concepto marxista de plusvalía, que hereda y transforma. El pensamiento traspasa las condiciones de la realidad aparente movido por esa esperanza que anida en el hombre.
El talente político propuesto por el presidente actual del Gobierno español responde, creemos, a ese andar erguido, aunque él tal vez no conozca de forma directa estas reflexiones influyentes en el realismo crítico del marxismo centroeuropeo y con secuelas en lo que se denominó eurocomunismo. Se pretendía sobrepasar y encubrir de algún modo el impacto de las barbaridades cometidas por la Unión Soviética en nombre del realismo social histórico, materialista y científico.
Esta ilusión acrónica en la coyuntura europea de hoy día puede ser el único atisbo que le quede al presidente como futura memoria histórica de su tránsito por la política española. Así hemos de entender su apuesta por la integración democrática del movimiento revolucionario vasco, que dura ya más que duraron las guerras carlistas, pues el tema viene de lejos. Traspasa el período constituyente y la dictadura previa con cincuenta años de golpes terroristas periódicos y bien calculados. Es un hecho que tal remoción triunfa y envuelve la conexión del siglo XX y XXI como reto no sólo a la democracia española sino también al desarrollo político de Europa. Esgrime el horizonte marxista de “proyección reparadora” desde aquellos latidos aún ocultos del concepto humanum, por extraño e injusto que parezca subsumir los asesinatos cometidos durante este tiempo en nombre de un paso íntegro. Para el movimiento revolucionario son “cosas que pasan”, como se dijo en estos días al reconocer legalmente la parte política de la judicatura, y contra el dictamen iusnaturalista, la integración de Bildu dentro de la Constitución española. La Política encara a la Justicia.
La franja norte de España se configura de espaldas al resto del país. Los demás andan con melindres democráticos. Sus talantes autonómicos y municipales son, en aquella otra vertiente, hitos útiles de un proceso para ellos también comunitario, pero bajo acepción homónima muy diferente. El objetivo es integrarse, si se integran al lograrlo, en una Europa de naciones o un Estados Unidos de Europa. Euzcadi y Cataluña -la sombra de Galicia penumbra incierta- serían nuevos estados advenedizos. Las Comunidades Autónomas de la Transición resultan papel de envoltorio mientras se concentra, con pie decidido, la tensión que requiere un salto histórico sobre estas divisiones temporales. Por eso conviene el escándalo de la corrupción social, monetaria, política e institucional, que van juntas. A mayor desconcierto, más desprestigio del Estado español en la Unión Europea. Se desbanca aquella imagen de progreso jurídico y político que la Transición había obtenido en ciertos países del este europeo e Iberoamérica. Los gobiernos más sólidos, no nos engañemos, engolosinaron a los sucesivos presidentes constitucionales con guiños de ajuste y protección que eran calculados apoyos a la única integración europea posible, a cambio de ceder ante sus exigencias expansivas de mercado. Había prisa de una y otra parte. La democracia española aún no funciona como la europea. Ha generado un vacío de confianza social peligroso. Y no hay figuras de relieve que suplan su descrédito. La concentración múltiple a que asistimos estos días en plazas públicas de Madrid, Barcelona y otras capitales, es una boca inquieta que pide palabra y rostro que la represente. ¿No bastan las siglas múltiples ofertadas en las urnas? El concepto política está también en crisis.
El empeño del Gobierno por integrar al sector abertzale vasco en las instituciones democráticas es, con todo, loable. Fía el resto de la legislatura en conseguirlo. El tiempo apremia. La urgencia tensa los hilos y echa mano, ya que no de leyes que lo avalen, sí de una acción política sobre la marcha. Se da el salto. Favorecen los enredos sobre la justicia, el posibilismo sobre el derecho. Anteponen la asamblea al fundamento que la origina.
La contraposición del derecho legal a lo justo basado en lo debido por naturaleza humana desvirtúa los pilares del humanismo y los somete una vez más a juicio de partes. La víctima del atentado se siente humillada en su naturaleza más íntima. El agente revolucionario y mortuorio reclama contra una situación que juzga de afrenta constitutiva y establece cauces de terror que, jugando sagazmente con el envoltorio de las leyes, astilla el subsuelo democrático, sortea los meandros de la ley vigente y amaña los cimientos jurídicos de tal modo que el político oportunista avanza acciones de lanzadera. Es el salto hacia adelante de la eunomía o ley buena, apaciguadora. Acepción singular del salto cualitativo leninista.
El político brinca por aprovechamiento, por intuición de futuro o por ingenuidad. Lo primero se cumple casi siempre. Lo segundo, en contadas ocasiones históricas. Es cualidad propia de estadista. Y lo tercero responde a la denominación de “tonto útil”, que es el provecho obtenido por el País vasco en las dos últimas legislaturas. Algo de todo ello hay en la ensoñación utópica y posibilista del actual presidente del Gobierno. Contribuye al triunfo nacional e internacional del movimiento revolucionario nacionalista. Espera, a cambio, la disolución de su vertiente militar, término usado por los abertzales en su concepción de estado funcional operativo a la sombra de los desajustes democráticos españoles.
La respuesta ya se la dieron y sin renunciar a las exigencias impuestas por la democracia: abandono de la violencia y del armamento terrorista. La amenaza ya no existe. Se habría diluido con el reconocimiento de Bildu. Es argumento sólido, pero capcioso. En vez de una declaración internacionalmente aplaudida de abandono de las armas, silencio expectante. El presidente se quedaría sin el impacto público deseado. ¿O hay promesa oculta? En cualquier caso, el brinco de las agrupaciones de izquierda radical aviva el sueño de independencia. Y otros partidos nacionales de ascendente republicano a la vieja usanza aplauden la iniciativa.
Cuando algo se derrumba, sigue observando Ernst Bloch, aún queda el suelo donde se alzaba. De las cenizas se extrae el rescoldo que justifica, de un lado, el derrubio de las condiciones antes dadas, y por otro, el calor de una fe roja -“der rote Glaube”- que enciende los ánimos en razón del colectivo social que yergue el paso. El individuo ya no tiene razón que lo ampare más allá de la ecumene cuya esencia sobrepasa el día a día y la administración de cosas hacia la fraterna cordialidad humana, intensa al tiempo que difícil, dice el filósofo alemán con eco de cristianismo socializado. La democracia fundada en la libertad y autonomía individuales se somete a la decisión ecuménica. Lo mismo el Derecho natural clásico. Por naturaleza ya se entiende otra cosa. No sirven ni el ágora griega, ni el senado romano, ni siquiera el concepto tradicional de persona, origen y raíz de toda justicia, fundamento a su vez de cualesquiera derechos. La noción de humano cambia de sentido.
Lo que queda detrás de este salto de la política sobre los derechos humanos es, además de la indignación de las víctimas irredentas -Antígona e Ismene una vez más ante Creonte-, un enorme interrogante. Ignoramos hasta qué punto se han removido los cimientos de la Constitución en un Estado que se titula Reino de España.
Permanece, sin embargo, la confianza en el contenido histórico del concepto occidental de democracia. Los grupos y movimientos de resistencia, o clandestinos, se diluyen con el tiempo en la trama del proceso solidario. La apertura del ágora favorece el conocimiento mutuo. Lima astillas. El diálogo refuerza la democracia. “Es la conversación el instrumento socializador por excelencia”, anota Ortega y Gasset en España Invertebrada. El habla despunta las aristas y engloba en leyes voluntades contrarias, concordándolas. La democracia encuentra siempre solución a las tensiones históricas. Los principios de justicia la fundamentan. El problema de fondo son las acepciones tergiversadas del concepto humano.
La revolución vasca en marcha se permite el lujo de usar el lenguaje democrático de la Constitución, sus argumentos fundacionales, y de mantener un halo de sentido diferente en cada palabra común del diálogo. Comparte instituciones y maneja un código clandestino, apuntando a rececho. Dilogia pura. En el subsuelo aún laten cenizas del rescoldo, el ojo vigilante.
El presidente nos deja un país bajo caución democrática. O mucho confía o tiene otra cosa en mente. Y no solo él. Le toca a la sociedad civil decidir cuál ha de ser el camino con la mirada en alto, la de sus ojos propios. Y con apremio. La población lo pide y exige.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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