Philipp Blom: Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914. Traducción de Daniel Namjías. Anagrama. Barcelona, 2011. 680 páginas. 29,50 €
“Adiós a todo eso…” Si las reseñas tuvieran título, este de las memorias de Robert Graves sobre su experiencia en el frente de la Gran Guerra serviría para resumir la idea central de este brillante relato sobre los cambios que experimentó la cultura y la sociedad europea entre 1900 y 1914. En esos primeros quince años del siglo se desvaneció el viejo orden y emergió en su lugar ese confuso tiempo histórico que llamamos “modernidad”. Las fuerzas o motivos del cambio fueron, en palabras de Philipp Blom (Hambugo, 1970), la máquina y la mujer, la velocidad y el sexo. Las máquinas aceleraron el ritmo de las cosas: se automatizó la vida, el mundo se hizo más pequeño, la información cruzó océanos a velocidades vertiginosas y las imágenes se pudieron guardar y reproducirse a placer. La vida se fragmentaba y se “virtualizaba”. Respecto del sexo y la mujer, asunto al que Blom presta una atención acaso excesiva –en el sentido de interpretarlos como un factor determinante del cambio histórico–, sus tesis no pueden ser más enérgicas: “La batalla por el alma del siglo XX se alimentaba de técnica pero se libraba con el sexo”, leemos en el colofón del capítulo X. El “yo” se disolvía en sus sensaciones y la personalidad en sus terminales nerviosas. Las ideas y prejuicios sobre la “naturaleza humana”, especialmente sobre la masculina, se diluían en un marasmo de informaciones no siempre refrendadas por la ciencia. Junto a sus aportaciones surgían mitos de dudosa fiabilidad acerca de la ampliación de la experiencia humana o la inminencia del paraíso en la tierra gracias a la “construcción” del
hombre nuevo.
En contra del lugar común que explica la transformación que experimentó la faz del mundo a partir de los efectos de la guerra del 14 y de sus secuelas materiales, sobre todo económicas y técnicas, y espirituales en el orden de la alta cultura, Blom matiza, seguramente con razón, que la guerra fue el catalizador que aceleró los cambios. Lo que significa que las sustancias que iban a intervenir en la reacción química tenían ya que estar ahí. Y acaso quepa aprovechar la metáfora y precisar que fue en realidad una reacción
alquímica, pues el resultado fue una mutación de valores, estilos, creencias y formas de vida como no se había sentido antes; el mundo burgués –el “paréntesis de la civilización burguesa”, en expresión del autor– que se había consolidado con los éxitos científico, técnico y finalmente industrial, el comercio mundial, el liberalismo parlamentario, la fe en el progreso, las convicciones cristianas y la moral sexual represora, todo eso… desapareció sin dejar rastro, o casi.
La argumentación de Blom es convincente, aunque quizá convendría ver esos años del vértigo como un dique de separación que se alzó entre el siglo XIX y el siglo XX, tierra de nadie, donde terminaron por evaporarse las formas, estilos, valores e ideas de una civilización a la que convencionalmente llamamos Europa. Todo empezó un poco antes, en los años en que fraguó un extraño ambiente de desesperación y escepticismo que se conoce como “la crisis de fin de siglo”, a la que siguió la explosión de creatividad en todos los órdenes de los primeros años del XX. En sustancia, el libro de Blom es un repaso por todos aquellos complejos ingredientes, sobre todo de naturaleza cultural, que intervinieron en el cambio de la civilización occidental, cambio hacia nuestro mundo, el que aún habitamos, camino de otro que todavía no termina de emerger, cambios en las ciencias naturales (descubrimiento de la radiactividad, relativismo de Einstein, primeros pasos en física cuántica), las relaciones entre sexos (aparición del sufragismo y de un feminismo capaz de cuestionar la posición del varón en la sociedad y en las relaciones íntimas, aparición de la homosexualidad como escándalo social), las modas artísticas y literarias (Bloomsbury, emergencia del “malestar” vienés, despliegue de las estéticas expresionistas y
fauves, influencia del arte africano en los cubistas, crisis del lenguaje y de su fe en la “representación” en Hoffmansthal, Kraus, etc.), las nuevas teorías sobre la naturaleza humana (afianzamiento de las tesis evolucionistas, descubrimiento de la genética, y en el orden filosófico, Nietzsche, Freud, el empirismo radical de Mach), la forma de divertirse (aparición del cine como espectáculo de multitudes, los grandes almacenes en París, Londres y Berlín; las vacaciones pagadas, el deporte como espectáculo), la forma de vestir y de cortejar y, por supuesto, el modo de sentir y representar lo real a través de la revolución de las vanguardias que, a juicio de nuestro autor, habían consumado su jornada en 1914 y que reflejaban un tono general de la época en que lo nuevo y lo primitivo se daban la mano.
El libro está muy oportunamente estructurado en quince capítulos, uno por cada año de los que separan el inicio del siglo del estallido de la guerra. Cada capítulo obedece así a un tema predominante que es examinado en el marco de los universos culturales que el autor considera más relevantes: Francia, Inglaterra, Alemania y Austro-Hungría, con ampliaciones en los dos países llamados a protagonizar el siglo XX: Estados Unidos y Rusia. Desgraciadamente quedan fuera Italia y España, aunque de la primera se presta atención al futurismo y de nuestra brillante renovación cultural de comienzos de siglo XX se hace un mínimo eco con atinadas referencias a Unamuno y
Ortega y Gasset.
De la descripción de acontecimientos que tuvieron lugar en estos años, como la muerte de la reina Victoria, el imperialismo –ilustrado con la salvaje colonización del Congo–, la guerra ruso-japonesa o la carrera de armamentos; y de la presentación de las tendencias culturales que hemos mencionado más arriba, el autor se va deslizando hacia un análisis de la subjetividad resultante, esto es, de la influencia que los cambios descritos habría ejercido sobre la intimidad de las conciencias, en los usos y creencias sociales. Y es que todas esas novedades escondían miedo, incertidumbre, angustia. La eugenesia, la obsesión por la salud, el nudismo, el espiritismo, el racismo y lo movimientos de vuelta a la naturaleza fueron corrientes que apenas sí ocultaban el “malestar de la civilización” del que tanto se hablará después de la guerra. Los temas de los últimos capítulos parecen extraídos de la crónica de sucesos de los periódicos: los asesinos, delincuentes, “apaches”, bohemios, anarquistas, enfermos mentales que desfilan por los dos capítulos finales, con su secuela de angustias sexuales –sobre todo masculinas–, nerviosismo y degeneración adquieren el valor simbólico de reflejar una subjetividad desorientada, “neurasténica” para decirlo con un término grato a Blom, que explicaría “…el olor a podrido en el cadáver de Europa” que los más sensibles habrían detectado. La inquietud había fraguado en algo más consistente: ansiedad y desesperación.
Aunque el autor se guarde de establecer una relación de causa y efecto entre este clima de frenesí y nausea que con tanto fervor describe y la guerra que se preparaba, es muy difícil que el lector se sustraiga a la sugerencia que queda flotando al final del libro. Echamos en falta una reflexión que comunique los cambios culturales descritos con las graves consecuencias políticas que se siguieron en los años posteriores al fin de la guerra, trocando en barbarie las grandes ilusiones fraguadas al calor de los cambios vertiginosos de aquellos primeros quince años. Si bien la política no es cultura en sentido estricto, quizá habría resultado clarificador alguna reflexión sobre la aparición de los partidos de masas, la universalización del sufragio, el afianzamiento del mito de la revolución, la politización de las luchas sindicales, el creciente desprestigio de las instituciones democráticas, etc. En cuanto al análisis de fondo de las ideas que circularon por la época y los efectos que tuvieron, encontramos demasiadas alusiones a Nietzsche, convertido un poco en el perejil de todas las salsas; y advertimos ausencias inexplicables. Por ejemplo, la de
Schopenhauer, influencia decisiva en creadores tan importantes para el propio Blom como Mahler, Thomas Mann, Wittgenstein o Tolstoi. Algunas valoraciones, como hacer de Rilke, el autor de
Las elegías de Duino, un neurasténico, me parecen fuera de lugar. Pero, en fin, se trata de críticas menores para una síntesis histórica que consigue abrazar en un volumen de razonable tamaño toda una época llena de complejidad, encanto y, sobre todo, decisiva para un futuro que ahora es nuestro deteriorado presente.
Por José Lasaga