José Martínez Ruiz, “Azorín”: Novelas (I). Edición de Miguel Ángel Lozano Marco. Fundación Castro. Madrid, 2011. 650 páginas. 48 €
Martínez Ruiz es quizá el escritor más complejo de la generación “del 98”, problemático membrete con el que propio autor aglutinara a la pléyade de escritores de fin de siglo. Galdós no lo enunció de forma rotunda, aunque ofreció el friso de toda una sociedad en su narrativa; intuía ese punto de inflexión que sacudió los cimientos literarios en el cambio de centuria. El escritor levantino, sin embargo, aprendió “gracias a la labor crítica de la generación anterior”, y reflejó con exactitud la mudanza narrativa de inicios de siglo en el capítulo catorce de
La voluntad, clave del mecanismo de dicha novela y precursor del cambio. La novela moderna debía escribirse de modo diverso: “Lo que hace falta son diez, veinte, cuarenta sensaciones”, suficientes para ofrecer la impresión de una vida que ya se reconocía “diversa, multiforme, ondulante, contradictoria”. No en vano, Ortega y Gasset vio en Azorín y Baroja una “nueva forma de ver en el mundo”, donde se privilegiaba la narración de los diversos estados de conciencia. Y no es casualidad que la programática novela de marras apareciera en una colección de elocuente título: “Biblioteca de Novelistas del Siglo XX”. Una manera distinta de ver y sentir se inauguraba.
Azorín estrenaba otro modo. Liberó para ello al estilo de la esclavitud de las formas con una impostada sencillez como método: “Colocad una cosa después de otra. Nada más; esto es todo”. La gravitación de lo temporal en sus novelas y el juego constante entre literatura y vida, en la escisión
Azorín/Martínez Ruiz que a muchos hoy aún confunde, es probablemente lo que conserva mayor actualidad de unas novelas con escuálida trama argumental, ya que “la intensidad suple al enredo”. Con un estilo escueto, grave, sensible, da cuenta de lo fragmentario y expresivo: la poesía de lo íntimo. Reparar en un detalle insignificante, o en una cadena de ellos, revelará toda una fase de la vida artística de un “espíritu perplejo” ante la realidad; lo revelador es la evocación de sensaciones con un retrato de sutiles y breves pinceladas. La agudeza y curiosidad selectiva del escritor levantino representa la hipersensibilidad y desasosiego espiritual de toda una época.
Miguel Ángel Lozano Marco, especialista que coordinó las
Obras escogidas de Azorín en 1998, presenta con magisterio el conjunto novelístico del autor en dos volúmenes que permiten una separación coherente de la obra novelística azoriniana. Este primer tomo reúne las dos primeras épocas del hiperestésico personaje que habita en
Diario de un enfermo o esa primera persona construida de Antonio Azorín de
Las confesiones de un pequeño filósofo, el "yo" como centro, aquel que revivió los clásicos literarios proyectando nuestra sensibilidad moderna en el pasado:
El licenciado Vidriera (Visto por Azorín),
Don Juan,
Doña Inés (Una historia de amor). Novelas que completan una etapa del escritor y cierran este primer tomo justo antes del periodo vanguardista de las “nuevas obras”. Todo un festín literario para paladares exquisitos.
Por Francisco Estévez