www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Hace dos años

Ricardo Ruiz de la Serna
x
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 12 de junio de 2011, 19:06h
Esta semana han ocurrido muchas cosas. Tal vez debiera escribirles sobre la Sentencia del Supremo que deja impune a quien vende –entre otras cosas- propaganda nazi en España. Quizás debiera tener un recuerdo para Jorge Semprún y la memoria de los Campos. Podría haber escrito sobre la muerte de Borges hace 25 años en Ginebra.

Sin embargo, quiero recordar ahora otra ignominia de esas que el mundo ve como de paso. Cuando medio mundo islámico está en llamas, hace años que el pueblo iraní viene sufriendo la tiranía de un régimen que ha institucionalizado la tortura, la desaparición y la muerte.

El 12 de junio de 2009 al pueblo iraní le hurtaron, una vez más, la libertad –la poca libertad añadiré- que les dejaban las urnas. Los ayatollahs no quisieron aceptar ni el resultado que su propio sistema electoral arrojaba. Los partidarios de Nusaví, al que habían robado las elecciones, se echaron a la calle para protestar contra el pucherazo.

Poco a poco, los teléfonos móviles, twitter y, en general, Internet nos fueron mostrando un Irán distinto al que pintaban los clérigos chiíes que mandaban. Allí estaban los jóvenes universitarios, las chicas de instituto, los millones de iraníes que se sienten traicionados por una Revolución que perpetuó la tiranía en lugar de erradicarla.

¿Se acuerdan? Durante días muchos creyeron- creímos- que podía haber un cambio. Lo llamaron la Revolución Verde. La tecnología parecía precipitar un cambio que se hacía ya imprescindible.

Es claro que fallaron los cálculos. La presión se agravó conforme pasaron las semanas. Musaví y los otros líderes se fueron aquietando a los resultados mientras los opositores sufrían la detención, la violación, el terror, la muerte. Muchos dejaron de dormir en sus casas por el miedo a ser arrestados de madrugada. Los ayatollahs fueron controlando Internet poco a poco mientras destinaban a la lucha contra la oposición unos recursos cada vez mayores. El rastro digital de las conexiones propició la captura de muchos de esos jóvenes contestatarios. Quines se pintaban las mejillas con los colores de la bandera iraní empalidecieron al ver la magnitud de la violencia desatada.

Poco a poco, el régimen se fue reforzando, afianzándose sobre la sangre de los tiroteados como Neda Agha-Soltán. El verde pasó de ser el color de la Revolución a anticipar el luto. Nadie quedó a salvo de la represión. Quienes ya la sufrían –como los bahaís o los gays- contemplaban con horror cómo el país entero padecía la violencia del Estado.

Así, a medida que pasaban las semanas, el mundo callaba mientras la Revolución volvía a la clandestinidad y al silencio. Nadie alzó la voz para pedir una ayuda que –dos años más tarde- se brindó a los libios que se alzaron contra Gadafi. Es lo que tiene manifestarse antes de tiempo: uno coge a Occidente con el paso cambiado y claro... Ni sanciones a tiempo, ni resoluciones de Naciones Unidas, ni de la Unión Europea ni nada de nada. Ahí siguen Ahmadineyad y sus amigos caminando decididos hacia la bomba nuclear que necesitan para terminar de oprimir a su pueblo y amenazar a los vecinos.

Desde entonces, la oposición iraní habita un país de silencios oculta en las sombras del anonimato y los rincones de la Red donde aún son invisibles. Algunos lograron escapar al extranjero pero la mayoría sigue en Irán, ese país que tanto me gustaría visitar cuando termine el miedo, es decir, cuando los bahais puedan profesar su fe en libertad; cuando las acusaciones de adulterio no conduzcan a la mujer al látigo o a la lapidación; cuando los gays puedan amarse sin miedo... En suma: cuando el pueblo iraní sea libre.

Por eso, hoy les pido un recuerdo –y si me apuran incluso una oración- por todos esos jóvenes que ya no volverán a sus casas, por todas las chicas violadas en las comisarías y por todas las madres y padres huérfanos de hijos porque la Policía se los llevó una noche y no volvieron a verlos. Recuerden a los hombres muertos por querer a otros hombres y a las mujeres lapidadas porque alguien las acusó de adulterio. Tengan presentes a los miles de iraníes que salieron a las calles a pedir un cambio y que aún hoy mantienen la esperanza silenciosa de un día mejor para su pueblo.

A todos ellos va dedicada hoy esta columna.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios