De la España profunda
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 17 de junio de 2011, 15:47h
En las sociedades desarrolladas democráticamente ya no son los lecheros, como en la Inglaterra de W. Churchill (1874-1965), los únicos que llaman a la puerta al amanecer. Tan noble oficio ha desaparecido en su versión transeúnte y sólo tiene expresión en los supermercados y centros comerciales. Su puesto lo ocupan hodierno –y no siempre- los abnegados repartidores de la prensa que distribuyen a domicilio sus diferentes cabeceras al clarear el día en el verano y en la noche aún cerrada en los días autumnales e invernizos.
Así, al menos, sucede en el caso del cronista que, con frecuencia, platica brevemente con el joven motorizado que le instila la primera dosis de actualidad al proporcionarle la lectura de su primera radiografía. A la husma de un trabajo que le permita unos ingresos mayores y un horario menos inclemente -a las cuatro de la madrugada suena su agresivo despertador-, diversos episodios lo condujeron, no ha mucho tiempo atrás, a una participación en un programa televisivo, que fue de inmediato rechazada. Al preguntarle el articulista la razón de tan insólita actitud respondió, con impactante sencillez, que su negativa se basaba en su falta de preparación para ello, pues, en caso contrario, su trabajo cotidiano no sería el de heraldo informativo… Dos motivos provocaron de inmediato la admiración de su colocutor. Su firme creencia en que la cultura es senda segura de promoción y ascenso sociales y asimismo su reluctancia espontánea al espectáculo y la apariencia en detrimento de la esencia y la naturalidad. En la civilización de la imagen, en la lucha despiadada por “salir en la foto” o acaparar “cámara” televisiva como infalible medio de proyección e influencia política, económica o cultural que tantas ruindades y bajezas induce en la sociedad del presente, un gesto como el mencionado merece el aplauso y gratitud más entusiastas. No sólo por la contención de los impulsos más negativos de la naturaleza humana y la honda conciencia de sus límites y virtualidades, sino también por el respeto a lo respetable y la apuesta decidida por los valores que posibilitan –o deben posibilitar…-, jerarquizándola, la convivencia fecunda de hombres y mujeres de muy diferentes genes, cualidades y habilidades.
Hubo un tiempo, en pleno fragor de la crisis que nos devasta, en que se escucharon voces muy pertinentes y avisadas que instaban a ver en ella una coyuntura ocasionada como pocas a la reflexión acerca de algunos de los supuestos sobre los que se asientan los cimientos de nuestras sociedades postmodernas. Desdichadamente, su eco se ha perdido ya casi por entero, mas no así su razón y necesidad. De las interminables discusiones entre los economistas, la conclusión quizá más vigorosa que se extrae de ellas es que gran parte de sus presuntas recetas se colocan en un escenario bien distinto al de los modelos más o menos acertados del sistema productivo y financiero. La moral y la ética, la reflexión histórica y el pensamiento filosófico y religioso reclaman, por incontestables argumentos, un protagonismo destacado en el análisis sobre la etiología y propuesta de caminos de solución para la salida del túnel en que nos encontramos.
Aunque, obviamente, dicha meditación habrá de correr a cargo a estudiosos de alto coturno, la observación detenida de ejemplos como el encarnado por el comedidamente angustiado joven andaluz repartidor de periódicos se mostrará ricos en enseñanzas y, pese a todo, en esperanzas, sin las cuales ni su existencia ni la de su comunidad estarían abocadas a la frustración más depresiva.