Chávez y sus ilusiones
martes 21 de junio de 2011, 14:32h
“Los pueblos no votan por agradecimiento, sino por ilusiones”, acostumbra repetir Alberto de Aragón, consultor político y buen amigo cubano-guatemalteco. Lo cual me recuerda un “graffiti” que he visto en México: “Basta de realidades, queremos promesas”. En los países desarrollados, donde las necesidades fundamentales de la inmensa mayoría de la población están básicamente resueltas, se acostumbra votar tanto por agradecimiento, como por las promesas de un programa concreto de obras y cambios de normas, generalmente accesorias: más o menos impuestos, por ejemplo.
En efecto, la diferencia entre los programas de los partidos y candidatos es relativamente menor y rige la regla del “me too, but better”, “voy a hacer lo mismo, pero mejor”. En cambio, en los países subdesarrollados, las ilusiones de un futuro mejor cuentan más que el agradecimiento hacia un gobierno que, aunque hizo una obra material importante y obtuvo un buen resultado macroeconómico, no modificó sustancialmente las condiciones de vida de los sectores más desposeídos y mayoritarios de la población, también porque un período de gobierno es muy poco tiempo para hacerlo. En ese caso, las ilusiones, las promesas, las esperanzas, los mitos y los símbolos, junto con el carisma del candidato son más relevantes.
Manuel García Pelayo decía : “mito y razón son dos formas de estar y orientarse en el mundo.. y una misma idea puede expresarse en forma mítica y en forma racional”. En efecto, la persona humana es un ser racional e irracional al mismo tiempo. El mundo de los sentimientos, las pasiones y las emociones entra en el campo político a través del mito, que se concreta en un “mitologema” que, en palabras de García Pelayo, es un ”conjunto de representaciones, no tanto manifestadas en conceptos cuanto en imágenes y símbolos, ni ordenadas sistemáticamente, sino confundidas y amalgamadas en un todo”. Los mitos políticos y en general los factores irracionales tienen un papel fundamental en política y están presentes en cualquier país, pero en los países más atrasados son más influyentes. Los líderes carismáticos, con vocación neototalitaria, como Chávez, han desarrollado una verdadera “mitopoiesis” política, en otras palabras, una creación y utilización técnica del mito en el campo político (e.g. el mito bolivariano) y en general basan su éxito en una continua creación y renovación de promesas e ilusiones para el futuro. En cambio, entre los sectores democráticos, existe una aversión “racionalista” hacia el mito y los factores irracionales.
Afortunadamente, como decía Giovanni Sartori: “toda legitimidad se deteriora, después de una prolongada ineficiencia”. La ceguera ideológica, la incapacidad, la ineficiencia y la corrupción del régimen chavista son tan enormes que la popularidad del caudillo está lentamente, como es normal en un petro-Estado, pero, inexorablemente, bajando de forma considerable. Recordemos que con “subes y bajas”, del 63% que obtuvo Chávez en las elecciones del 2006 pasó al 48% en las elecciones parlamentarias del 2010 y, en las encuestas serias, el apoyo a “Yo-El Supremo” sigue debilitándose. Sin embargo, es necesaria una “mitopoiesis” democrática. No se moviliza integralmente al hombre sólo hablándole a su razón. La alternativa democrática en Venezuela necesita ponerle “música” y “banderas” a sus mensajes.