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Un detective para Rubalcaba

Joaquín Albaicín
jueves 07 de julio de 2011, 21:55h
Me mandan de Siruela “Un hombre del revés”. Contra lo que pudiera pensarse, no se trata de un relato sobre el varón domado, ese hombre vuelto por el forro que hoy superabunda sobre la faz de la Tierra. Es, por fortuna, una trama detectivesca de clásicas aristas. Ya conocía por dos novelas anteriores al comisario Adamsberg, el héroe de las urdimbres policíacas de su autora, Fred Vargas. Esta que recibo ahora es una reedición, y las otras circulan ya en bolsillo. Fred Vargas, debe decirse, merece el éxito editorial de que disfruta, pues su pluma e intrigas son de esas que te enganchan a la primera.

Ya dijo bien claro Napoleón III, conocedor de primera mano del paño, que: “Quien sirve a un Estado, sirve a un ingrato”. De ahí que uno de los rasgos que más me agraden del comisario Adamsberg sea el de que, ya se enfrente a vampiros, hombres-lobo, propagadores de la peste bubónica o estranguladores compulsivos, anda por la vida como si la política no existiera. Su preocupación son las víctimas, no los cuerpos constitucionales que las justifican. En otra de sus aventuras, “Un lugar incierto”, incluso mete en la trena a una ministra del interior, que ya es meter.

A lo mejor es porque yo también transito por los puentes y aceras de la ciudad con idéntica indiferencia a las crisis de gobierno que Adamsberg por lo que, no sé si equivocadamente, tengo asumido que los socialistas pueden volver a ganar las próximas elecciones generales, por mal que sigan haciéndolo y más desmanes y barbaridades que, de aquí a lo que quede de legislatura, acaso desborden sus trastiendas. Aunque mañana se destapara que Zapatero ha asesinado y enterrado en su jardín a veinte prostitutas, que su ministra de sanidad forma parte de una secta dedicada al tráfico de órganos humanos o que Chaves tiene una cuenta con mil millones de euros en las Caimán… podrían ganar. Y ni una voz se alzaría para sugerir llamar al comisario Adamsberg.

Vaya a saber por qué, a la gente, si se trata de los socialistas, le va la marcha. Encaja la mano dura con apenas un mohín. Debe reconocerse que los socialistas han acertado a sintonizar y entonar la primera nota de la Melodía con mayúsculas, de esa música misteriosa que empapa, imprimiéndole carácter, la atmósfera de cada tiempo, y, guste o no, ya no les cabe sino dar también la última. Cuentan, pues, con una especie de patente de corso cíclica, con algo así como todas las bendiciones del inframundo… Lo cual, en tiempos de descreimiento y blasfemia en tropel, supone concurrir a la liza política con los deberes muy bien hechos.

Vistas las cosas de este modo, asumiendo asimismo que pueda mi especulación ser errada y Rubalcaba (como, en su día, Almunia) un perdedor pactado… Teniendo, además, en mente que ni tomaré en ningún sentido parte en ellos ni me importa quién vaya a presentarse, se entenderá que no sienta ante esos futuros comicios ningún interés más allá del puramente detectivesco. En tiempos tan poco interesantes, las lecturas ociosas se cuentan entre las escasas actividades reparadoras que restan a uno. De ahí que, con la novela de Fred Vargas todavía por la mitad, me pregunte si no habría ya que poner un detective al estilo de los suyos a seguir los pasos de Rubalcaba, que, como venían ya anticipando todas las quinielas, es el candidato socialista a la presidencia de la nación. Y no por el personaje en sí. De hecho, apenas sé quién es. No vamos a engañarnos: hace muchísimo que la inmensa mayoría de los ciudadanos no tiene ni zorra del apellido de casi ningún ministro, por más que la prensa los reproduzca a diario, pues lo que cualquiera de ellos haga o deje de hacer trae más bien al fresco a todo el mundo. De hecho, cuando al hombre de a pie comienza a sonarle vagamente el nombre de un ministro, malo, porque significa que éste está empezando a tocar las narices.

Por lo demás, hoy, para ocupar una cartera ministerial, apenas se exige nada: saber leer y escribir y no desentonar con la mediocridad ambiente, basta y sobra. Ser ministro ha quedado reducido un poco a lo que, antes, era ser perito en algo. Una cosa como que no se nota, a la que no se presta demasiada atención, que apenas destaca.

Así que… nada personal. No conozco a Rubalcaba. Al comisario Adamsberg, el detective puntero de Siruela, al menos, le conozco un pelín: sé que tiene un hijo con Camille al que ve poco; que ha de apuntar los nombres de sus colaboradores para que no se le olviden del todo; que es bretón; que ha salido con vida de un mausoleo serbio... Pero, ¿Rubalcaba? A Rubalcaba lo conocen quienes, como él, viven –lo que no es mi caso- de la política: diputados, escoltas, funcionarios del partido, cronistas parlamentarios… y muy poca gente más. Sus alocuciones por la televisión no las escucha nadie (o, al menos, nadie que yo conozca). La gente cambia de canal en cuanto aparecen en la pantalla el presidente del gobierno o el jefe de la oposición, así que los ministros... Si, de repente, hemos conocido un poco más a Rubalcaba, ha sido por razón de haber sido éste amonestado por el juez a cuento de, presuntamente y estando a las informaciones publicadas por “El Mundo”, haber contribuido, mediante órdenes expresas, vistas gordas ante flagrantes negligencias o sorprendentes dilaciones y despistes, a ocultar a los tribunales pruebas, pistas y nombres sobre lo sucedido en Madrid el tristemente famoso 11-M.

Si, me refiero al asunto de los TEDAX y de las evidencias destruidas o escamoteadas… A mí es que me gusta dar mi opinión sobre estos asuntos cuando ya han pasado varias semanas y la gente, más o menos, se ha olvidado. Además, esto de los TEDAX es, en rigor, la única razón por la que yo he escuchado a la gente hablar en la calle del señor Rubalcaba. ¿Será verdad? Ni idea. Pero ha salido publicado a toda página y con gran lujo de detalles. Uno de los titulares de “El Mundo” no podía ser más contundente: “Así miente Rubalcaba”.

Cualquier lector habitual de novelas policíacas y de espionaje, y no sólo de las excelentes de Fred Vargas, sabe que, por lo general, cuando alguien, aparentemente, ayuda al traspapelado o desaparición de datos, pistas y evidencias conducentes a la resolución de un crimen, es por haber tenido alguna implicación en el mismo o movido por el afán de encubrir a otros que la tuvieron. Naturalmente, todo esto, que de momento no compone –como mucho- más que una punzante sospecha, han de aclararlo, si es el caso, los jueces competentes. No seré yo quien mueva ficha, pues no me corresponde.

¿Que a mí qué me importa, si no incubo ninguna inquina personal contra el señor Rubalcaba y la política tampoco me hace tilín? Pues importarme, la verdad… Más bien, me intriga. Aunque no escribo novelas policíacas, soy aficionado a su lectura. Y no se me negará que, en todo lo sugerido semanas atrás a propósito del señor Rubalcaba y el 11-M, hay argumento de sobra para una de las buenas.

No estoy ni mucho menos escandalizado. No pretendo disfrazarme de conciencia moral de nada ni de nadie (mentiría si dijera que me suscita algún sonrojo o me produce el más mínimo estupor el hecho de que ni una sola voz se haya alzado entre los afiliados al PSOE para cuestionar la pertinencia de que se postule a candidato presidencial un hombre –da igual si culpable o inocente, es cuestión de higiene electoral- sobre el que han pesado tan espeluznantes sospechas judiciales). De hecho, los socialistas me habrían decepcionado, de haber faltado a ese deber suyo –subrayado por Baudrillard- de carecer siempre y por completo de resplandor. Pero, en lo que me atañe, creo que hay que poner un cero como lectores de novela negra a las silenciosas y disciplinadas filas socialistas. ¡Qué poca afición, Dios mío! ¿Nadie en el PSOE lee relatos de espías?

Pero bueno, quien hace de la política su modus vivendi, ya se sabe: a agitar banderitas y corear consignas, caiga quien caiga y, a veces, parece que también muera quien muera.

Ante la pasividad e impasibilidad judicial y popular con que son acogidas las más espeluznantes denuncias mediáticas, uno termina por asumir que ningún descubrimiento, por terrible que pudiera ser, agrietaría en lo más mínimo el cartel disfrutado por los socialistas como bienhechores de la humanidad. Aquí no pasaría absolutamente nada ni aunque apareciesen unas fotos de Rubalcaba de copas con Carlos “El Chacal”. Se aclararía que fueron tomadas en la época en que Carlos era un joven con inquietudes progresistas y posicionado contra el expolio a los palestinos, y ya está.

Para ponérselo a ustedes fácil con esto del 11-M… ¿Han visto “Cortina de humo”, de Barry Levinson? Los protagonistas son Robert De Niro y Dustin Hoffman. Tiene ya unos años, pero es de esas películas que nunca se quedan antiguas. Se la recomiendo… Lo mismo que “El hombre del revés”, de Fred Vargas. Esta es una jugosísima novela. Y, en la película, está perfectamente explicada y resumida la esencia de la política vigente.

No quiero, claro, terminar estas líneas sin precisar que no tengo noticia de que ninguna asociación de afectados por el 11-M haya interpuesto demanda o denuncia alguna contra el señor Rubalcaba por esas tan traídas y llevadas irregularidades en la investigación de los atentados. Así que, seguramente, el ínclito político ha de ser considerado, en principio, ciudadano libre de toda sospecha. Pero, protagonista para una novela de Fred Vargas, haberlo... háilo. José Mota lo diría así, más o menos: “¡Si no pasa nada! Pero que serlo, lo eres, vamos”.

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