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Memorias históricas e historia comparada

Rafael Núñez Florencio
viernes 29 de julio de 2011, 21:40h
A menudo, con ocasión de congresos, cursos o conferencias, surge entre el público o los colegas alguien que cuestiona la pertinencia de algún rasgo específico que yo he señalado en la historia, la sociedad o la cultura españolas. La objeción se funda sobre el argumento, más o menos alambicado según los casos, de que tal cosa –actitudes, tendencias, hábitos…- “pasa también en otras partes”. Perdóneseme la franqueza, pero la impugnación me parece tan pedestre como, si al describir la faz de un individuo alguien repusiera que él conoce otro sujeto con ojos verdes o como si al cartografiar el relieve de la península ibérica otro se sintiera impelido a sostener que en su comarca también hay cordilleras. ¡Pues, naturalmente!, exclamaríamos en estos casos. Ninguna originalidad –o casi ninguna, diré para no pillarme los dedos- lo es hasta tal punto que no exista en el mundo algo semejante o comparable. Ninguna característica del pasado y del presente hispano es exclusiva de nuestro país, pero eso no empece que podamos detectar factores endógenos y que la suma de elementos, originales y compartidos, dé como resultante un país diferenciado con respecto a su entorno.

La base de una controversia como la que acabo de pergeñar no es otra que, como bien saben los historiadores, la cuestión del paradigma interpretativo de nuestra trayectoria secular. Durante la mayor parte del siglo XX, primero por influencia del 98, luego como consecuencia de la guerra civil y el larguísimo período franquista, la tendencia dominante en la historiografía y los intelectuales en general era la de considerar el devenir hispano en términos francamente negativos: atraso, decadencia, excepcionalidad, fracaso, intolerancia, despotismo, etc. Es lo que he llamado en un estudio reciente “el peso del pesimismo” en nuestro ámbito cultural. De ahí que la aspiración suprema de las elites españolas fuera la europeización, como si España no fuera ya de por sí –e inexorablemente- un país europeo. Ortega y Gasset ponía todavía en mayor medida el dedo en la llaga al equiparar a España con problema y a Europa como solución.

Frente a esa especificidad interpretativa, que el franquismo exacerbó en provecho propio (Spain is different), surgió con la llegada de la democracia y la integración en las instituciones comunitarias europeas el paradigma contrario, llamado de la “normalidad”. De ésta cabría decir, al menos, que es tan imprecisa como el punto de vista que vino a desplazar. ¿Qué es la normalidad? ¿Cuál es el criterio de normalidad? ¿Quién es normal? Uno está tentado de acudir a la consabida boutade: de cerca, nadie es normal. En cualquier caso, sin entrar en mayores honduras, lo que aquí me interesa destacar es que hoy en día hay colegas que toman como una afrenta señalar el más pequeño componente particular de la historia hispana. Y sin embargo…

Más allá de los litigios especulativos, anclándonos fuertemente en la realidad, no hay más remedio que reconocer que España como nación, ahora y en el pasado, tiene una serie de elementos que la singularizan. Como en mayor o menor medida les sucede a otras comunidades diferenciadas, ¡claro está!, sean países, etnias o agrupaciones religiosas. Y, entre esos elementos, quisiera fijarme en uno que me parece relevante por lo que tiene de lastre para la integración del país en el mundo moderno: la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos, el desinterés por todo lo que ocurre más allá de nuestras fronteras… En una palabra, el ombliguismo, casi el solipsismo. Ya sé, se me dirá que esto pasa en otros muchos sitios, pero no voy a repetir las reflexiones iniciales. Sé que pasa en muchos otros sitios, pero eso no es obstáculo para reconocer que también pasa aquí y, por ello mismo, tiene efectos perjudiciales –en mi opinión- para la construcción de un país más próspero, tolerante, moderno y eficiente.

Me voy a limitar a mencionar un aspecto que me parece sumamente revelador de lo que trato de exponer, y ello en un ámbito, el histórico, del que creo que puedo decir algo con conocimiento de causa. En los últimos meses –ya quizás años- el debate político e historiográfico se ha saturado de alusiones a la memoria histórica, siempre en una determinada onda: guerra civil y represión franquista o, lo que es lo mismo, terror, torturas, cárceles, campos de concentración, consejos de guerra, ejecuciones sumarias, paseos, fosas… Todos los ingredientes de un pasado lóbrego se han sacado a la palestra, con legítimas pretensiones de reparación democrática en ocasiones, con intereses espurios -en mi opinión- las más de las veces. Pero cualquiera que haya seguido con un mínimo distanciamiento el curso del debate ha tenido que preguntarse por qué todos hablan y actúan como si este país fuera el único que tiene un pasado conflictivo. O, dicho más claramente, como si Franco sólo pudiera parangonarse con Hitler y el franquismo con el régimen nazi. Para culminar el despropósito, un prestigioso hispanista británico, Paul Preston, acaba de publicar un libro con un título militante, El Holocausto español. ¡Ahí queda eso!

Volviendo a lo que antes decía, una actitud menos ensimismada, un vistazo a nuestro entorno o el simple recurso a la historia comparada nos podrían evitar la caída en simplificaciones tan primarias (o tergiversaciones tan grotescas). En El precio de la culpa, el polígrafo holandés Ian Buruma realiza un interesante análisis comparado de cómo Alemania y Japón se han enfrentado y se enfrentan a su pasado más próximo. Se trata, obvio es decirlo, de dos naciones cuya reciente historia ha sido particularmente convulsa. Pues bien, las conclusiones de ese examen -aunque Buruma no las expone de manera sistemática, ni aun explícitamente-, podrían aplicarse en cierta medida a nuestros asuntos domésticos. Porque aquí hay mucho que aprender. Si se me permite una esquematización funcional, me atrevería a sintetizar en tres puntos las enseñanzas más perentorias.

La primera y más elemental es que no existe la “memoria histórica” como tal. Lo que hay, por el contrario, son diversas memorias, porque diversa es la sociedad –cualquier sociedad- y heterogéneos los grupos que la componen. En segundo término, se constata en todas partes que esas distintas memorias no sólo no coinciden sino que coexisten a lo largo del tiempo enfrentadas entre sí, porque responden a distintas concepciones de la vida y a intereses contrapuestos. Es así y no puede ser de otra manera, hasta tal punto que los intentos de un grupo determinado, partido o régimen por monopolizar o imponer su memoria, desembocan en la vulneración flagrante de los más elementales principios democráticos y, en última instancia –me atrevo a afirmar- están llamados al fracaso. Y en tercer lugar, es indispensable contextualizar. Cada país, como a todo el mundo se le alcanza, tiene en su pasado sus propios agujeros negros, pero eso no debe llevarnos a equiparaciones acríticas y mucho menos a simplificaciones groseras o igualaciones oportunistas.

En el mencionado libro de Buruma se habla insistentemente de la “culpa” y hasta de la “vergüenza”. Resulta curioso constatar que los seres humanos alberguen tales sentimientos por lo que hicieron sus antepasados, es decir, por algo –por muy monstruoso que fuese- de lo que ellos no tienen responsabilidad alguna en sentido estricto. ¿Tenemos que avergonzarnos de nuestro pasado? ¿Tenemos que cargar con la culpa de algo que sucedió cuando ni siquiera habíamos nacido por el solo hecho de que lo cometieran compatriotas nuestros? Son preguntas que no tienen fácil contestación. Pero para favorecer las posibles respuestas lo que sí podemos hacer es desbrozar el campo de juego. En lo que a nosotros nos atañe, hay que situar los hechos del pasado en sus justas coordenadas, para lo malo y para lo bueno. Y recordar, así, por ejemplo, que nosotros no hemos tenido a la vuelta de la esquina ni un Katyn ni un Nankín. Ni, por supuesto, un Auschwitz ni una Hiroshima.
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