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EL PODER DE LA MIRADA

La mano con Lápiz

lunes 01 de agosto de 2011, 08:04h
Siempre he sentido predilección por el dibujo. Me ha parecido, con mucho, la más directa e inmediata de las manifestaciones artísticas. Un medio intimo e intimista, simple y sencillo en la mayoría de las veces, con que explicitar el proceso creativo y las bondades de la obra resultante. Una sensación que seguramente habrán compartido, salvando las distancias, los grandes maestros. No importa en este sentido, que en la lejana Edad Media, o que en el rompedor Renacimiento, a pesar de su inequívoca voluntad de transformar el mundo y su representación, el dibujo se presente casi siempre como un medio preparatorio/complementario de la todo poderosa explicitación artística más admirada. Esto es, de la pintura, ya fuere mayoritariamente al temple o al óleo. La práctica totalidad de los artistas harían suyas, tanto los maestros que se pierden siglos atrás en la historia del arte, como los más modernos y vanguardistas, tales consideraciones. En esto no creo que hubiera disensiones sustanciales entre los Van Eyck, Leonardo, Rafael o Durero, y los Picasso, Matisse, Giacometti o Miró. Una realidad que se constata, una vez más, si nos acercamos a la Exposición que con el título La Mano con lápiz, se puede disfrutar en la Fundación Mapfre. Es verdad que la colección de la primera aseguradora del país no dispone entre sus fondos de los prohibitivos dibujos de los mejores artistas de la Edad Media y el Renacimiento, pero sí dispone de una excelente colección de obras del extinto siglo XX, que confirma, una vez más, lo que muchos creemos y pensamos: la significación del dibujo para aprehender el espíritu más espontáneo, o al menos, por seguir el nombre de la Exposición, la mano del artista.

Dicho esto, es evidente, en cuanto nos acercamos a la colección, que las más modernas obras sobre papel gozan de cierta singularidad frente a los fondos más antiguos: conforme nos adentramos en la Modernidad y en la Vanguardia van desapareciendo los modelos de estudio más rancios, con sus impenitentes escorzos y gustos oficiales, casi siempre además presididos por figuras de hombres (Autorretrato de Mariano Fortuny o los soberbios estudios academicistas de Joaquín Sorolla y Francisco Pradilla, o los más ligeros de Ignacio Pinazo), para dar paso a la verdadera protagonista del entonces presente y hasta futuro: la mujer. En efecto, y a pesar de ser todavía escasa la presencia activa de Eva en la historia del arte -aquí se recogen obras, no obstante, de Remedios Varó, Maruja Mallo o Sonia Delaunay- la presente muestra reivindica lo que adelantábamos: la mujer se transforma en motivo predominante de la representación estética.

El repertorio es así amplísimo, pues desfilan ante nuestros ojos toda una variopinta lista de Evas de toda clase y condición. Hay sitio y lugar para todas ellas: sobrias mujeres de pescadores (Mujer vasca, de Juan de Echevarría), coloristas gitanas (Zíngaras, de Rafael Barradas), bucólicas pastoras (Pastoral, de Joaquín Sunyer), sedentes y descansadas jóvenes (Pepita en la quinta de Chor, de Nicanor Piñole), burguesas y satisfechas amas de casa (Una tarde en Berlín, de George Grosz), folclóricas españolas con peineta (Española, de Francis Picabia) o con gorro deportivo (Muchacha en Nueva York, de Joaquín Torres- García), y hasta provistas de raquetas de tenis (Cricket/Tenis, de Gregorio Prieto). Pero también hay atentas lectoras (Mujer con agenda de Matisse), impenitentes mujeres sentadas (como las de Isidre Nonell y Joan Rebull), algunas mostrando sus habituales aderezos (Mujer sentada con sombrero, de Gustav Klimt y también un buen dibujo de Celso Lagar), sin olvidar las inevitables poses desnudas de Schiele (Joven dormida) y de Auguste Rodin (Figura sentada sobre fondo amarillo), las bacantes de André Lothe y las maternidades de Picasso y Enric Casanova. Y aún hay espacio para mucho más: el escultorizado dibujo femenino de Apel-les Fenosa, la voluptuosa Femme de Salvador Dalí, la pareja desnuda de Genaro Lahuerta...

Aunque si tuviera que quedarme con una obra lo haría con el sensual dibujo, a caballo entre el clasicismo y el cubismo, de Manuel Ángeles Ortiz (1923), uno de los más sobresalientes, y para mí el más moderno de los artistas de la denominada Escuela de París. Del jienenese afincado en Granada, e íntimo amigo de García Lorca, también se puede ver otras dos buenas representaciones: una expresionista Vista de Paris (1920) y unas surrealistas Figuras (1927). En esto también el pintor afincado en París se adelantó a su tiempo. Por más que entienda los justificables coqueteos de otros visitantes con otras s obras excelentes: la calavera de Luis Suárez, los arlequines de Picasso o los bodegones de Juan Gris. Y es que, haciendo un juego de palabras con el título de la Exposición, la mano del artista, dotada de lápiz, da para casi todo.