Brusco frenazo para la candidatura de Rubalcaba
jueves 04 de agosto de 2011, 13:25h
El candidato socialista a la Presidencia del Gobierno comenzó su campaña en el mismo momento de su designación, y la intensificó hasta el extremo tras el anuncio de las Elecciones Generales para el 20-N. No había día en que no lograra convertirse en noticia, ya fuera porque se subía a su viejo (aunque probablemente poco usado) skoda rojo, porque aprendía a usar twitter, o porque se autoproclaba líder máximo de su partido.
La estrategia de campaña le llevaba a desmarcarse en lo posible del Gobierno de Zapatero al que había pertenecido hasta hacía cinco minutos, lo que era absolutamente lógico. Incluso admitía una cierta autocritica, que más bien era una crítica a su anterior jefe.
Sin embargo, hay algo que Rubalcaba no podía controlar: la agudización de los problemas económicos de España. Zapatero se había colocado en segundo plano y se estaba despidiendo personalmente de algunos relevantes periodistas. Alguno lo contó, como Carlos Herrera. Otro, que se sepa, no lo hizo directamente, aunque sí por vías crípticas. Pero el presidente estaba de retirada y quería refugiarse en Doñana.
No pudo ser. Gabinete de crisis por la prima de riesgo, ese concepto antes desconocido y ahora familiar. Llamadas a los líderes nacionales y europeos. Conversación con Rajoy como último recurso para frenar una crisis que ya desborda hasta la política partidaria.
La consecuencia de todo ello es que Rajoy, de repente, se convierte en un interlocutor fundamental, y Rubalcaba queda como actor secundario. Un contratiempo serio para su campaña de imagen, la que sostenía que Rubalcaba superaría a Rajoy en un mano a mano. Pero, ¿para qué hace falta ese mano a mano, cuando, hasta las elecciones, los asuntos deberán resolverse, si eso fuera posible, entre el Gobierno de Zapatero en el que no está Rubalcaba, y el propio Rajoy?
Los asesores de marketing electoral de la campaña de Rubalcaba pueden desplegar mucha imaginación. Inventarse estilos y formas (RbCb, sin ir más lejos). Pero todo ello queda algo ridículo cuando los problemas llegan a un umbral de definitiva seriedad.
La candidatura de Rubalcaba tenía prisa en la convocatoria electoral. Esta prisa puede haber sido perniciosa, porque ha instalado la batalla en un momento de extraordinaria volatilidad económica, y sin solución inmediata a los problemas abiertos, como el de Grecia o el ataque especulativo sobre España e Italia.
Cuatro meses hasta las elecciones se empiezan a antojar muchos meses de incertidumbre para el propio candidato socialista. Da tiempo a alguna buena noticia, pero, visto lo visto en los últimos cuatro años, da más tiempo a las malas noticias. Y cuando éstas se producen, el candidato del partido en el Gobierno no tiene más remedio que esconderse. Pero, escondiéndose, tampoco puede ganar las elecciones.
Situación diabólica la que sufre Rubalcaba, pues no puede lanzar mensajes sobre la recuperación (porque le toca al Gobierno, como hizo la vicepresidenta Salgado), ni puede desmarcarse de Zapatero que, aunque esté psicológicamente en funciones, sigue siendo el presidente del Gobierno. Ni tampoco puede presumir Rubalcaba de excesivo liderazgo socialista, cuando es el Gobierno socialista el que está en el centro mismo de la tormenta perfecta.