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Orosio y Europa

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 05 de agosto de 2011, 21:41h
El hombre europeo, en lo más hondo de su corazón, siempre sintió el deseo de sentirse en su patria en cualquier parte de Europa. Ese sentimiento es una melancolía, una añoranza de algo que un día fue realidad exacta. Cuando leemos la historiografía cristiana de los siglos IV y V entendemos la razón profunda de que el cristianismo se hiciese católico. Es así que Osorio lo expresa en sus Historiae con una convicción que no tiene antecedentes y, por decirlo con palabras de Benedetto Croce (Teoría e storia della storiografía, Bari, 1917 ), “con acentos tales, cuales ningún filósofo grecorromano había podido pronunciar antes”. Leamos a Osorio: “Estoy totalmente seguro de encontrar un lugar de refugio, tengo en cualquier sitio mi patria, mi ley, mi religión. Entre los romanos soy romano, entre los cristianos soy cristiano, entre los hombres soy hombre; por la ley puedo recurrir al Estado, por la religión a la conciencia humana, por la idéntica comunidad de naturaleza, a la naturaleza. Para mí ahora, por un tiempo, toda la tierra es, por así decir, mi patria, ya que la verdadera patria, la patria que anhelo, no está de ninguna forma en la tierra. Lo tengo todo porque está conmigo Aquél a quien amo, sobre todo porque Él mismo está entre todos, Él que es el que me ha hecho a mí no sólo conocido de todos, sino también cercano a todos; Él no abandona al necesitado porque de Él mismo son la tierra y su plenitud, de la cual mandó que todas las cosas fuesen comunes para todos.” ( Libro V, 2 ). Gracias al dominio universal de Jesucristo en el Imperium Romanum, el hombre es por primera vez ciudadano del mundo, de Europa y Oriente próximo, al menos.

Hace ya algunos años muchos antiguos europeístas pensábamos que todos los ciudadanos europeos, en virtud de los valores propios de la Democracia que parecía entrañar la Unión Europea, podríamos volver a sentirnos, como Orosio, ciudadanos en cualquier lugar de Europa bajo las mismas leyes protectoras y derechos fundamentales. No ha sido así. Y no ha sido así porque el mercado, la codicia de los viejos mercaderes europeos, ha predominado sobre los valores democráticos propios de la cultura y sociedad europeas. Ya no es el tratado del carbón y del acero, las materias con las que se hacen las armas, lo que ennoblece el mercado y genera mutua confianza y lealtad, sino el crédito en condiciones de indignidad y crueldad desaforada. Un juego peligroso de préstamos e intereses con el que han rebrotado los viejos tópicos nacionales de unos contra todos los demás. Los otros o son vagos por naturaleza, o hablan en voz muy alta por naturaleza, o son avaros por naturaleza, o son tumultuarios por naturaleza, o son cobardes por naturaleza, o son pícaros por naturaleza, o son tramposos por naturaleza, o son mentirosos por naturaleza, o son desorganizados por naturaleza, o son borrachos por naturaleza o son lascivos por naturaleza, o son bárbaros por naturaleza. Ha bastado con las rachas de viento tempestuoso de la crisis financiera para que las naciones de Europa vuelvan a la desconfianza existente antes de la IIª Guerra Mundial. ¿Por qué? Porque el mercado ha predominado sobre los fundamentos éticos de Europa, aprendidos en cabeza propia por la última devastación y desolación de la guerra. Y no hay fraternidad allí donde los intereses se salen de madre. Y podríamos volver a la guerra. De hecho estamos tropezando por enésima vez en la misma piedra.

Si la Primera Guerra Mundial estalló por el intento inglés de salvar sus mercados mundiales frente al Imperio Germánico ultramarino, la IIIª Guerra Mundial podría estallar como una guerra de nuevos zelotes entre países endeudados hasta el abismo del futuro más lejano y aquellos otros que detentan las fuentes del préstamo despiadado y trazan futuros de servidumbre a los demás. Tardarán muchos años en cicatrizar las heridas en el alma de los pueblos deudores que han abierto algunos insolentes y cínicos consejos de líderes poderosos: “Es que ustedes tienen que trabajar más y renunciar a ciertos derechos sociales que nosotros no estamos dispuestos a asumir”.

La voracidad de los mercados, a los que la Constitución Europea garantizaba y exigía que su libre competencia no estuviese falseada, socava la solidaridad, el espíritu de lealtad y la igualdad que la misma Constitución proclama. Si la divisa de la Unión quiere ser “Unida en la diversidad” ( Art. 8 ), está empezando a versionarse en “Diversidad de bienes y males en la Unión”. ¿Para qué entonces la Unión?

Personalmente soy más partidario del lema de combate de Cobden, “Free Trade, Goodwill and Peace among Nations”, que del vengativo de Marx: “Proletarios de todos los países, uníos!”. Lo que ocurre es que el lema de Cobden, todo él lleno de vida y generador de vida, no puede funcionar si la intervención de los Estados Nacionales lo inactiva mediante su voraz político entremetimiento. La Europa de Orosio es la misma Europa del revolucionario y cristiano Cobden.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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