Muro de Berlín: lo que entonces no se supo
lunes 15 de agosto de 2011, 19:03h
El pasado día 13 se ha conmemorado, con abundantes artículos y comentarios, el 50º aniversario del levantamiento del Muro de Berlín, que durante veintiocho años dividiría en dos -con un alto coste de vidas y sufrimiento para sus habitantes- a la histórica capital de Alemania. Los berlineses que madrugaron aquel 13 de agosto, que en 1961 cayó en domingo, contemplaron atónitos cómo durante la noche se había establecido una alambrada a lo largo de la no siempre bien precisada línea que separaba la zona de ocupación soviética del resto de la ciudad, a cargo de los aliados occidentales. Nidos de ametralladoras y un amplio despliegue policial y militar de la mal llamada República Democrática Alemana garantizaban y controlaban aquella recién aparecida frontera. A los soviéticos ni se les veía. Pocos días después las alambradas fueron sustituidas por un alto muro de más de tres metros que dividía en dos a Berlín y que pasaría a la historia como el más expresivo símbolo de la división del mundo en dos bloques y como la más significativa ilustración de la Guerra Fría.
La acción del dirigente comunista germano-oriental, Walter Ulbricht, apoyada sin demasiado entusiasmo por Kruschov, suponía una flagrante violación de los acuerdos de Potsdam, que consideraban a Berlín como una entidad unida sometida al control conjunto de las cuatro grandes potencias, Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido y Francia. Pero los occidentales no hicieron nada ante la manifiesta transgresión que suponía partir en dos a la ciudad. El 16 de agosto el periódico alemán de mayor circulación, el Bild Zeitung, titulaba a toda página: “El Este actúa. ¿Y el Oeste? El Oeste no hace nada. Y en un editorial en la misma primera página escribía: “La causa alemana está en el mayor de los peligros. Tres días ya y nada ha sucedido aparte de un papel de protesta de los comandantes aliados” Y una foto en la que aparecían tres de los protagonistas del momento llevaba el siguiente pie: “El Presidente Kennedy se calla. Macmillan se va de caza. Y Adenauer insulta a Brandt”.
Todo esto se supo ya entonces. Pero ahora sabemos mucho más gracias a recientes investigaciones entre las que hay que destacar el importantísimo libro de Frederick Kempe Berlin 1961.Kennedy, Kruschev and the most dangerous place on Earth. (Putnam. 2011) que aporta nuevos documentos que nos llevan a la conclusión de que solo la incompetencia y la falta de información de Kennedy y de su equipo explican la facilidad con que se levantó el Muro, en contra de los acuerdos pactados. Ulbricht estaba muy nervioso porque cada año pasaban a Alemania Occidental por el portillo de Berlín, entre 200 y 300.000 alemanes del este. La propia supervivencia de la república comunista estaba en peligro y hasta se llegó a calcular que, si todo seguía así, antes de 1990 se habría quedado vacía…Ulbricht presionaba a Kruschov para que hiciese algo y éste había presionado, sin éxito, al anterior presidente americano, Eisenhower, llegando a presentar un ultimátum, que no tuvo ningún efecto Pero la presidencia de Kennedy había empezado fatal, primero con el fracaso del desembarco en la cubana bahía de los Cochinos (abril 1961) y después por una inoportuna cumbre en Viena (junio de 1961), entre los máximos dirigentes americano y soviético, en la que éste le tomó la medida al primero, hasta el punto de que comentó cómo le sorprendía su inexperiencia. Para acabarlo de arreglar, los soviéticos se habían marcado un poco antes, el 12 de abril, un exitoso golpe publicitario al colocar al primer hombre, Yuri Gagarin, en el espacio.
Con este telón de fondo, Kruschov se dedicó a lo que mejor sabía hacer, que era jugar de farol, explotando el miedo cerval que Kennedy tenía a una guerra nuclear. Se sabe que los soviéticos ni estaban preparados ni se habrían arriesgado a una guerra por Berlín y, seguramente, ni por toda la Alemania Oriental. El famoso equipo de Kennedy (¡ah, Camelot!) no conocía bien el problema alemán y no hizo caso a los que sí lo conocían. Uno de estos era Dean Acheson, que había sido secretario de Estado con Truman y que elaboró un largo y documentado memorándum cuya filosofía era muy clara: “Si se provoca una crisis, un rumbo atrevido y peligroso puede ser el más seguro”. En suma, todo lo contrario del apaciguamiento al que se sentía inclinado Kennedy.
Era lo mismo que decía el general Lucius Clay, que había sido comandante en jefe en Berlín apenas terminada la guerra y que fue quien puso en marcha el atrevido “puente aéreo” (1948-1949) que salvó a Berlín y que puede considerarse como la primera “victoria” occidental contra Stalin en la Guerra Fría. Para Clay era evidente que los soviéticos se echaban atrás cuando se veían confrontados con un Occidente resuelto. Por eso su consejo a Kennedy fue que no se podía aceptar la provocación que suponía el Muro. Ni Acheson ni Clay eran los únicos que pensaban así. El mismo día 13 de agosto, un periodista íntimo amigo de Kennedy, Murrow, que estaba en Berlín, vio lo que estaba pasando y envió un cable al Presidente advirtiéndole que aquello era un desastre político y diplomático que ponía en peligro la confianza del mundo en Estados Unidos. Solemnemente concluía: “Lo que está en peligro de ser destruido es esa cualidad perecedera que llamamos esperanza”.
¿Por qué arriesgó tanto Kruschov? Desde la cumbre de Viena, el soviético había captado que Kennedy no hablaba de “Berlín”, como había sido habitual y obligado hasta entonces, sino de “Berlín Occidental”, lo que le llevó a la conclusión de que Washington no movería un dedo si los soviéticos respetaban la parte occidental de la capital alemana. Y acertó. Kennedy –al que horrorizaba una hipotética invasión soviética del Berlín occidental- llegó a decir que era mejor un muro que una guerra. Y aceptó el muro para evitar una guerra, más que improbable. Ahora sabemos que los soviéticos pusieron la alambrada tentativamente, “a ver qué pasaba”, estimando que los americanos, que tenían el derecho de su parte, no iban a consentirlo y reaccionarían. Por eso dejaron pasar unos días entre la alambrada y la construcción del muro propiamente dicho. Ya en septiembre, Kennedy pronunció un discurso espléndido, “kennediano” en el sentido en que ha pasado esta palabra a la historia, Pero el columnista del New York Times, James Reston, hizo un agudo comentario: “Ha hablado como Churchill, pero ha actuado como Chamberlain”.
Y es que cuando se conocen los entresijos que hubo detrás de la construcción del Muro, hace ahora medio siglo, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que, como Munich en 1938, Berlín y su Muro, en 1961, fue una vergonzosa muestra de adónde lleva el apaciguamiento. Nunca les va bien a las democracias achantarse ante los totalitarismos. Algunos han pensado incluso que esta “rendición” alargó la Guerra Fría. No lo sabemos. Lo que sí es cierto es que su éxito en Berlín le animó a Kruschov a llevar a cabo la mucho más peligrosa aventura de los misiles cubanos (octubre de 1962), que era todo un órdago ante un presidente al que veía débil e inexperto. Pero también es cierto que en aquellos famosos “trece días de octubre”, Kennedy estuvo a la altura de las circunstancias y obtuvo un claro éxito ante el soviético, que ya no se repuso de la derrota y fue depuesto en 1964.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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