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¿Un concurso de maldad? (I)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 19 de agosto de 2011, 19:01h
La reciente conmemoración del 75 aniversario del estallido de la guerra civil ha deparado a los especialistas y público general sorpresas considerables. No es, naturalmente, que se creyese que ya estaba todo dicho sobre uno de los mayores si no el más grande de los dramas de nuestra historia, no escasa en ellos. El ingente número de los investigadores y estudiosos nacionales y extranjeros de su temática; el interés editorial por mantener permanentemente en el candelero su inmensa bibliografía y la atención -a las veces, las pasiones- que despierta en anchos estratos de la sociedad hispana, obligaban a pensar que el acontecimiento no pasaría, desde luego, inadvertido, suscitando libros, reportajes televisivos y un alud de crónicas y comentarios en periódicos y revistas. Nada, pues, fuera de guión.

El cual, sin embargo, se ha visto forzado a quebrar esquemas y pronósticos en punto a un extremo sustancial. Cuando todo hacía previsible y, muy singularmente, deseable que la celebración se centrara del lado de sus cultivadores más acreditados en profundizar en el análisis e interpretación de las facetas más oscuras o controvertidas de la tragedia, he aquí que dieron en la flor de afanarse en un aspecto no ocasionado en exceso al acrecentamiento del nivel historiográfico de la difícil materia. Plumas del mayor prestigio por su acuidad y erudición, ante cuya revisita o rebusca documental en archivos pocos explorados o incluso inéditos de la contienda fratricida se levantaron las expectativas más razonables y acezantes, se enzarzaron, frente a la sorpresa generalizada, en rifirrafes y quid pro quos acerca del grado de maldad y perversión de los principales actores del drama, tramutado, a la ocasión, muchas veces casi en sainete o vodevil. La teratología estuvo a punto aquí de batir sus marcas celtíberas, según el enfoque y apreciación de unos críticos que semejaban ahora ganados por la hybris y el clima de arrebato que envolviera en su día a todos o casi todos los protagonistas del enfrentamiento cainita.

Y a la husma y caza del mayor criminal, del perverso más acabado y hasta del monstruo más perfecto se lanzaron, o dieron muchas muestras de parecerlo, no pocos servidores de Clío o autores con indeclinable imantación por ella desde ámbitos y áreas muy diferentes a los de su severa pero serena jurisdicción. Si “Don Inda” fue torpe y desleal en su concepción de la guerra y entrega a la verdadera causa del pueblo, todavía más felón y extraviado lo fue don Julián Besteiro. Si narcisista, ególatra y cuitado se evidenció D. Manuel Azaña con su permanente fuga hacia delante, no le anduvieron muy a la zaga los restantes políticos radicales y burgueses de la República, en cuyas instancias supremas sólo refulgieron Negrín y, más desvaídamente, Largo Caballero… Al tiempo que, como era imaginable, los partidarios de los gobernantes democráticos vituperados o eclipsados en la última reconstrucción -por el momento…- de la contienda civil se esforzaron en salir al paso de lo que estimaban una ofensa o caricatura de sus defendidos. Y, así, al cabo de varias generaciones de terminada aquella terebrante página de nuestro pasado inmediato, la geografía española volvía a cubrirse de sacrificados y condenados a muerte -esta vez, por fortuna, sólo intelectual…

En lugar, pues, de acometer prioritariamente el análisis sine ira et studio de los muchos asuntos y problemas aún pendientes de auténtico esclarecimiento –entre ellos, v. gr., la financiación de los respectivos bandos o la posición norteamericana-, no pocas firmas justamente afamadas por la brillantez y calidad de sus aportaciones precedentes se dieron a un sorprendente ejercicio de irresponsabilidad, sucumbiendo a la fácil tentación de erigirse en fiscales de conductas teratológicas, por lo demás, muy ancha y ecuánimemente repartidas.
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