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Cambó y Durán i Lleida

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 02 de septiembre de 2011, 22:11h
La insatisfacción de la naturaleza humana se halla en la base de la prosperidad editorial de los libros de ficción y su masiva audiencia. Todos los deseos de cambio y ensoñación de un mundo si no mejor, sí al menos distinto anidan ampliamente en el talante de gran número de los incondicionales de tal suerte de literatura.

Asimismo, la atractiva incógnita de un futuro hipotético que hubiese dado lugar a un presente diferente al protagonizado por las generaciones escalonadas en la trayectoria de la humanidad, despertó siempre la curiosidad de anchas capas sociales. En los momentos de crisis, singularmente. Cuántas son hoy, por ejemplo, las hipótesis barajadas en torno a la situación económica de Occidente si sus gobernantes hubieran desplegado una gestión contraria a la desarrollada desde los días del 11-S. España hierve ahora calentada por discusiones sin fin acerca de un horizonte distinto al que, pesarosamente, la enmarca hodierno, si nuestros mandatarios hubiesen aplicado fórmulas y recetas opuestas a las seguidas. El beneficio de la duda sirve, incuestionablemente, como lenitivo de las dolencias del presente.

En muchas ocasiones, por supuesto, cábalas y futuribles constituyen no sólo un aconsejable ejercicio intelectual, si no un acto de responsabilidad ciudadana digna de encomio. Conspicuos historiadores y científicos sociales –sobre todo, los economistas…- han rendido y rinden tributo a tan saludable práctica mental. Así, también en las últimas semanas, a socaire o rebufo de las interminables polémicas suscitadas por la Segunda República y los acontecimientos que condujeron al estallido de la excruciante guerra civil, se ha vuelto a poner en el candelero de la actualidad más candente el tema del final de la monarquía alfonsina. Otro dato que ha reforzado en grado sumo tal episodio es, como resulta bien sabido, el papel que en el gabinete salido de la inminente consulta electoral representaría D. Josep Antoni Durán i Lleida, en el que no pocos comentaristas y “tertulianos” ven a un segundo Cambó.

El Cambó “verdadero”, es decir, el descollante personaje integrante ya del mejor patrimonio de la nación española, afirmó reiteradamente, conforme bien conocen los interesados por las vicisitudes de su país en el inmediato pasado, que, sin prejuzgar sus resultados, en el trance de la primavera de 1931 él hubiera puesto en marcha, de no habérselo impedido la grave enfermedad que le apartó de la escena pública e impidió la aceptación del poder ofrecido por Alfonso XIII, una política bien diferente a la adoptada por el almirante Berenguer, último presidente del gobierno monárquico. ¿Cuál habría sido el porvenir de la colectividad española de haber estado a su frente en aquella hora decisiva el dirigente de la Lliga catalana? ¿Qué curso hubiera encauzado su destino de haberlo regido el gran político ampurdanés? ¿La eterna “cuestión problema”, determinante también en grado extremo de la trayectoria del régimen republicano, habría caminado por roderas que desembocaran en el fortalecimiento de un diálogo eficaz y en una transacción asumible y compartida por todos?

Nadie, ni siquiera el idolatrado maestro del articulista –el hoy alevosamente olvidado contemporaneísta sevillano D. Jesús Pabón-, autor de la mejor –con mucho- biografía política del siglo XX español –y parte del europeo…- podría despejar convincentemente tal ramillete de cruciales interrogantes.

Mientras, una vez más, reflexionemos sobre ellas, deseemos el mayor y más completo de los aciertos al muy competente y culto líder de Unió, en el supuesto de que en cualquier ministerio del próximo gobierno de España ocupe una cartera clave, ya que, hoy por hoy, es difícil imaginar que la comunidad nacional le encomendase su timón. En cualesquiera de las hipótesis, la relevancia en el desempeño de tan altas funciones estaría asegurada, y acaso igualmente la suerte, compañera no infrecuente de los estadistas, a cuya raza, sin duda, pertenece la figura mencionada.
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