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CRÍTICA

A. S. Byatt: La Torre de Babel

domingo 04 de septiembre de 2011, 03:55h
A. S. Byatt: La Torre de Babel. Traducción de Susana Rodríguez-Vida. Alfaguara. Madrid, 2011. 700 páginas. 22,50 €
Leer es, entre otras cosas, atreverse a leer. Más allá de lo que se espera que uno lea. Sin embargo, cuando un libro dice tanto como éste, se hace difícil arriesgar hipótesis bajo las palabras escritas: el universo confluye en un lugar tan minúsculo como un libro. En La Torre de Babel, tercera entrega de la tetralogía centrada en Frederica Potter, el libro lo encierra todo de la misma forma que, en una cosmovisión panteísta, la divinidad impregna la naturaleza y no sabemos si lo más grande es el cosmos o el libro o los dioses; qué categoría encierra a otra; quién está dentro de qué –o qué dentro de quién-; quién nos sueña o nos expulsa de su útero. Todo parece estar conectado y, no por casualidad, muchos personajes de La Torre de Babel tienen profesiones relacionadas con la religión, el naturalismo y la literatura.

También todo está conectado desde un punto de vista narrativo. A. S. Byatt no escribe en primera persona porque sabe que el yo se convierte en personaje y ella necesita un mirador que le permita captar, desde arriba y desde dentro, una panorámica. De la misma manera que cuando se echa un chorrito de aceite en la sartén y el líquido se extiende por el fondo haciendo islotes hasta cubrirlo, así procede A. S. Byatt con su estrategia narrativa: lo disperso acaba formando parte de una unidad en una trama que describe el cordón umbilical entre la comunidad y la persona, la familia, la lucha de las mujeres, la mutación perversa de esos niños abandonados que se hacen hombres brutales en la práctica del amor. A. S Byatt, con una impresionante variedad de registros -sensorialidad de lo poético, ironía de los informes de lectura, aridez del discurso judicial: los discursos plurales del mundo-, escribe una novela que habla de sexo, muerte, del componente religioso y redentor de la palabra, de la posibilidad de que la comunicación sirva, de que podamos superar la trágica destrucción de la torre de Babel para vivir en comunidad gracias al efecto conciliador y balsámico del lenguaje. Aunque no de todo el lenguaje, porque en esta obra son básicas las cosas que nos unen pero también aquellas que pueden separarnos: otra vez, las palabras, la religión, el sexo...

Frederica Potter, mujer de carácter sanguíneo, pero cultivado en Cambridge, se siente atraída por el lado oscuro de la naturaleza humana. A Frederica, un personaje complejo, le seducen esas modalidades ágrafas del placer que también experimentan las bestias; emociones no intelectuales –o tal vez sí- que conforman el instinto y exudan una vida que, falsamente, se opone a lo literario. La Torre de Babel es un matizado canto a la palabra docente y corruptora, a la que une y escinde. A la que, como la buena literatura, nunca nos deja impasibles. Presentándolos en su claroscuro, los personajes literarios y el mismo lenguaje se humanizan. Frederica se sabe fruto de la intertextualidad, está hecha de libros –Lawrence, Charlotte Brönte, Shakespeare…-, pero su libresca composición no la exime de sus dudas, del peso de sus pulsiones, de su responsabilidad ni de su capacidad de elegir. Por eso, otro de los temas centrales de la novela es la represión frente a la educación, la depravación, la censura: Frederica, lectora de una editorial, propicia la publicación de La torre de Bla, bla, bla, una distopía que evoca a Fourier y a Sade. El libro es acusado de obscenidad y su autor, procesado. La invención lingüística se juzga a través de otra invención lingüística –la ley y la retórica judicial-. Parece que no hay escapatoria del lenguaje y, aún así, ni el mundo ni nosotros –ni siquiera la engrandecida Frederica Potter que tiene la consistencia del hueso y de la carne- somos solo texto. La inteligencia de A. S. Byatt culmina durante la celebración del juicio por obscenidad: los testimonios de los testigos nos obligan releer los fragmentos de La torre de Bla, bla, bla que se incluyen en La Torre de Babel –omnívora matrioska lingüística-, convirtiendo a cada lector en miembro del jurado.

Frederica sufre su propio proceso de divorcio y teme por la custodia de su hijo. La lucha de Frederica por ser una madre trabajadora en una sociedad desconfiada con las mujeres que leen se contrapuntea con el juicio contra La torre de Bla, bla, bla y, así, se resuelve la falsa antagonía entre vida y literatura, desvelando las falsas oposiciones y la doble moral sobre la que se articula la civilización, la exasperante lentitud de los cambios incluso durante aquellos “revolucionarios” años sesenta: el desmoronamiento de los esquemas morales constituye un leitmotiv y otro punto de contacto entre la fantasía distópica de La torre de Bla, bla, bla y la transformación que se produce en el contexto histórico de la novela. Aquí es donde La Torre de Babel se erige en alegato contra el autoritarismo: contra el de los conservadores y la aristocracia rural británica, pero también contra el autoritarismo demagógico de aquellos que quieren imponer una falta absoluta de autoridad. Se reflexiona sobre la transformación de los estudios lingüísticos y educativos de los años sesenta. A. S. Byatt aborda el asunto con erudición –también los ritos legales y la morfología de los caracoles-. La Torre de Babel es la novela de una escritora culta e inteligente. Esa distancia, esa vulneración de la medianía y del canon de normalidad, puede desbordar a cierto tipo de lector que busca sentirse por encima del texto, controlando su ligereza, arrellanado en el confort de unos conocimientos previos –unos prejuicios- inamovibles.

En este libro las cosas acaban mejor de lo que cabría esperar. Byatt encarna los valores de la socialdemocracia: la convicción de que, pese a todo, vivimos en el menos malo de los mundos; de que, más allá de contradicciones, la Historia nos lleva por el camino correcto; y de que los seres humanos pueden ser “razonablemente” felices. La encarnación estética de esta cosmovisión es magnífica. Incluso arriesgada en su complejidad y en unos alardes intelectuales y estilísticos que desconciertan al lector adocenado. No obstante, al final, sentimos consuelo porque LaTorre de Babel muestra un amor y una confianza hacia el lenguaje que se extrapolan hacia nuestro siempre perfectible sistema de convivencia. Pero hasta que se alcanza ese nivel de felicidad “razonable”, se sufre como siempre se ha sufrido en los estiramientos, las transformaciones, las crisis, los partos, en el crujido de las crisálidas y en las metamorfosis del hombre lobo. Y eso es lo que suele contar la literatura y, de modo especialmente brillante, la literatura de Antonia Susan Byatt.


Por Marta Sanz
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