www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El pobre euro

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 12 de septiembre de 2011, 21:17h
Hace ahora casi veinte años, cuando se adoptó el Tratado de Maastricht, yo –europeísta convencido y de la primera hora- expresé en público mis discrepancias que, fundamentalmente, eran de dos tipos. En primer lugar, desconfiaba de las tendencias federalizantes que parecían dispuestas a crear en Bruselas un enorme aparato burocrático sin suficientes controles democráticos, ni garantías respecto de una aplicación correcta del principio de subsidiariedad. Este principio, como se sabe, solo permite la actuación de la Unión cuando los Estados miembros no puedan llevar a cabo por sí mismos determinadas políticas. En segundo lugar, me preguntaba cómo –supuesto que la moneda no es más que el símbolo de la economía real- podrían tener la misma moneda economías tan diferentes como, por ejemplo, la alemana y la griega. Por otra parte, España estaba gobernada entonces por el socialismo felipista y, tal y como yo lo veía, me parecía que, dada su pésima gestión económica, no se nos permitiría la entrada en la moneda común y nos veríamos relegados a conformarnos con una “segunda velocidad”, cuestión de la que ya se hablaba mucho entonces y que representaba que, una vez más, perderíamos el tren de la historia. La prensa internacional nos situaba en el “Club Med” (nombre de un conocido operador turístico) junto con otros países del sur calificados como poco responsables e incluso como vagos.

Desde entonces han pasado muchas cosas. En el ámbito europeo las sucesivas reformas de los tratados (Amsterdam, Niza, Lisboa) han dado más poderes de control democrático al Parlamento Europeo y a los propios Parlamentos nacionales, que son ya auténticos garantes de una correcta aplicación del principio de subsidiariedad. En el ámbito español, la llegada al poder del Gobierno Aznar y su acertada política económica nos permitió pertenecer al grupo fundador del euro y despejó el peligro de un descenso a la segunda división europea. Pero desde que Zapatero llegó a La Moncloa, este país ha vuelto a las andadas y estamos de nuevo en el furgón de cola europeo. Otra vez en el “Club Med” o formando parte de los PIGS. Nunca habíamos tenido menos peso e influencia en la UE. Y es que solo hemos pertenecido al grupo de los países serios, responsables y creíbles durante los ocho años de gobierno popular. Son hechos incuestionables, que se imponen por su apabullante evidencia, más allá de cualquier toma de posición política.

El euro, que inicialmente pudo parecer problemático, ha resultado todo un éxito, a pesar de los problemas actuales. Un éxito para Europa pero, específicamente, un gran éxito para España. Basta pensar dónde estaría esta España zapateril, que no sabe salir del hoyo de la crisis, si no hubiéramos entrado en la moneda única. ¿Cuántas devaluaciones se habrían hecho ya de la peseta? ¿A qué niveles de miseria habríamos llegado? ¿Cómo íbamos a competir con nuestros principales socios económicos, dotados de una moneda fuerte? Las exportaciones serían más fáciles pero aparte del turismo, ¿qué íbamos a exportar? ¿Pepinos? Pero en la UE se cometieron tres grandes errores que ahora estamos pagando. En primer lugar, se abrió la puerta del euro a países que no reunían las condiciones, como Grecia. Y esa es una de las causas de que ahora estemos al borde del abismo. En segundo lugar, no se fue suficientemente riguroso con la regla de la estabilidad, incumplida inicialmente por los Estados más grandes, lo que lanzó el mensaje de que todo valía. En tercer lugar –y esto es lo más importante- se hizo la Unión Monetaria pero no la Unión Económica y el pobre euro no está en condiciones de aguantar diferentes políticas económicas y fiscales. Si cada uno tira del euro y lo maneja a su arbitrio, sin tener en cuenta más que sus intereses nacionales, que a veces no son más que intereses partidistas o electoralistas, el caos se hace inevitable. El despilfarro de la moneda común, estilo Zapatero, pasa factura a todos, no sólo a los dilapidadores. No echemos la culpa al euro de lo que solo es culpa de ciertos irresponsables gobernantes nacionales.

Parece que existe acuerdo en que hay que avanzar hacia la Unión Económica, lo que exige un “ministro” o como se le quiera llamar que imponga desde Bruselas una disciplina, un rigor a todos los Estados. Y que “meta en vereda” especialmente a los Estados que comparten el euro. El método europeo ha consistido, desde los orígenes del proceso, en poner en común partes de la soberanía nacional. Y ha llegado el momento de poner en común estos aspectos de la política económica, fiscal y financiera que celosamente los Estados se han reservado, hasta ahora. Si no se da ese paso el fracaso será inevitable y Europa caerá en la más absoluta de las irrelevancias en este mundo de la globalización. Y la vida de los europeos será mucho peor. Tenía razón Angela Merkel cuando decía la semana pasada en el Bundestag que si el euro cae, cae Europa, porque si decíamos antes que el euro ha sido un éxito, conviene subrayar que, mucho más que eso, el euro es la base y el fundamento de la UE, tal y como se ha conformado en los últimos años. Habrá que reformar, sin duda, el Tratado de Lisboa y, aunque es difícil, sería deseable, ya de paso, acabar con la regla de la unanimidad. Si algún Estado no se siente cómodo en las eventuales nuevas estructuras, que se quede fuera, pero que no impida a los demás seguir avanzando.

A la vista de estas reflexiones resulta ridículo el espectáculo que nos dan casi a diario los nacionalistas. No se puede llegar a otra conclusión cuando se comprueba que mientras la UE va a imponer a todos los Estados miembros, en virtud el principio de estabilidad, un techo de gasto (y que en España acabamos de constitucionalizar), Cataluña pretenda fijarse su propio techo sin aceptar el del Estado. Claro que nada nos puede extrañar ya, a la vista de la que están armando a propósito de la lengua. Ya estamos curados de espanto. Este guirigay nacionalista tiene un incontenible aroma decimonónico, aunque a veces parece incluso feudal. Resonancias medievales de aquellos conflictos en que los señores feudales se plantaban ante el rey. Algo, que no hace falta insistir, no es en absoluto nada moderno. Mejor dicho, hay algo en lo que estos nacionalistas son, por lo menos, muy del siglo XX: Sus planteamientos, sus actitudes, sus gestos tienen netas connotaciones totalitarias. Es el discurso hitleriano del Volk, con el aditamento de la barretina.

Esta histeria provocativa que no conduce a nada –pero que proyecta una pésima imagen- ya no extraña en las actuales generaciones nacionalistas, que han ido de mal en peor. Lo que sí es sorprendente que se les apoye desde el partido socialista e incluso desde el propio Gobierno. Que el ministro de Justicia (¡el de Justicia!) y la ministra de Defensa (que debe ser al menos licenciada en Derecho) digan lo que han dicho estos últimos días a propósito del auto del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y de la sentencia del Tribunal Supremo es de vergüenza ajena. Y a estas horas siguen en sus respectivos ministerios. Menos mal que les queda poco. De las lindezas que ha dicho algún otro responsable (?) nacionalista refiriéndose al Tribunal Supremo, mejor no hablar porque son declaraciones que se descalifican por sí solas, aunque en la tribu las aplaudan a rabiar.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios