Fue el ministro de Finanzas alemán el primero que lanzó la comparación: la quiebra de Grecia tendría el mismo impacto que el que tuvo en su día la de Lehman Brothers. Este jueves se celebra el tercer aniversario del colapso del que entonces era el cuarto banco de inversión estadounidense, con 158 año de historia a las espaldas y una de las manos más poderosas del todopoderoso Wall Street.
Aquel fatídico día del 15 de septiembre de 2008, lunes, el corazón financiero del mundo se tambaleaba: tras un fin de semana marcado por vertiginosas negociaciones con posibles compradores y, ante la negativa de Washington de rescatarle, como había hecho con las inmobiliarias Freddie Mac y Fannie Mae y el banco Bearn Stearns, Lehman Brothers ponía fin a su
historia de 158 años en dolorosa bancarrota. Las imágenes de los empleados del banco saliendo de la sede de la entidad con sus pertenencias apiladas en cajas de cartón dio la vuelta al mundo, en lo que era el fin de un banco fundado por inmigrantes alemanes que, en sus inicios, antes de la Guerra Civil americana, se dedicó al comercio con el algodón en Alabama y, posteriormente, se afincó en Wall Street para sobrevivir, entre otras cosas, a dos guerras mundiales, al crack del 29 y a la
Gran Depresión. Los activos intoxicados por las hipotecas basura terminaron definitivamente con el gigante.
No sin ironía, la economía mundial vive el tercer aniversario de la quiebra de Lehman conteniendo la respiración ante el posible colapso griego en lo que es una situación muy parecida, pero cuyas consecuencias pueden ser mucho más catastróficas, ya que si bien las caída de Lehman marcó un antes y un después en el devenir de la crisis, la debacle de Grecia puede suponer el contagio a otras naciones europeas, cuya desunión comienza a evidenciarse en las declaraciones de algunos de sus políticos, especialmente desde Alemania, y el fin del sueño de una moneda común en toda Europa. Además, las consecuencias sobre el sistema financiero europeo son todavía difíciles de imaginar. El presidente del Deutsche Bank,
Joseph Ackermann, reconoció la semana pasada que muchos bancos de la eurozona quebrarían si valoraran sus carteras de deuda soberana a precios de mercado.
En este momento, las naciones que conforman el euro llegan exhaustas a la situación dramática: en la mayoría de ellas se han producido desequilibrios fiscales derivados de la crisis que les impiden hacer frente a grandes gastos. Las autoridades preparan el Fondo Europeo de Estabilización Financiera, dotado hasta con 780.000 millones de euros.
Pero ese esfuerzo resulta impopular en un momento en que en algunos países de la Unión se están emprendiendo comprometidos recortes sociales a fin de equilibrar las maltrechas cuentas públicas.
Por ello, ya se está evidenciando la fractura: Finlandia,
tras la vitoria de los euroescépticos Verdaderos Finlandeses en las últimas elecciones, ya han manifestado que no participarán en un segundo rescate de la economía griega a no ser que se aclaren sus condiciones. En
Austria, el Parlamento ha votado en contra de adelantar la votación para dar paso a esa segunda ayuda de unos 100.000 millones de uros a Grecia, a la espera de que se despejen las incertidumbres.
La pieza maestra de la economía del euro, Alemania, también vive dividida la situación de Grecia. A la vertiginosa pérdida de popularidad de la canciller Angela Merkel tras los rescates de algunas economías periféricas de la zona euro, se añaden otras desavenencias que pueden terminar incluso con la coalición entre liberales y democratacristianos que gobiernan en coalición en la locomotora económica europea. Se trata de la cuestión de los eurobonos, que hasta ahora han contado con la total oposición de Alemania, pero que la maquinaria de la Unión Europea intenta promover como la solución a los ataques a las deudas soberanas de los países periféricos. La idea nació de la propuesta del presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker y el ministro italiano de Finanzas, Giulio Tremonti, y consiste en unos títulos respaldaos por todos los países que conforman la zona euro, con lo que el riesgo sería compartido y se eliminarían las diferencias en las rentabilidades ofrecidas, esto es, la prima de riesgo que algunos países pagan con respecto a Alemania.
El pasado viernes, uno de los más convencidos opositores a los eurobonos, el representante alemán en el Banco Central Europeo,
Jürgen Stark, dimitía. Este mismo miércoles, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, se mostraba favorable a los eurobonos en la Eurocámara y aseguraba que se barajaban varias opciones para ponerlos en circulación “pronto”. Sin embargo, el ministro de Economía alemán, el liberal
Philipp Rösler, manifestaba la total oposición a estos títulos de deuda, en lo que la prensa alemana interpretaba como el posible
final de la coalición entre los liberales y la CDU en Alemania, lo que hace suponer que las presiones han hecho mella en la canciller democristiana, que estaría cada vez más cerca de aceptar los eurobonos, según algunas informaciones publicadas.

Esa misma tarde, Angela Merkel realizaba, junto al presidente francés, Nicolás Sarkozy, una video llamada al presidente griego, Nicolás Papandreu, con el fin de coordinar esfuerzos ante la difícil situación y dar una imagen de unidad ante los mercados.
Sea cual sea la solución europea a la crisis griega y su posible contagio al resto de economías con problemas –Portugal, Irlanda, España, Italia, e, incluso Francia- y el sistema financiero –con especial peligro para los
bancos franceses y alemanes, principales acreedores del sector público helenos- ésta debe ser rápida: el ministro de Finanzas griego, Giorgios Venizelos, reconoció que sólo disponen de dinero para pagar las pensiones y las nóminas de los funcionarios hasta octubre.
Si se produjera el colapso griego, sólo el tiempo podrá decir si el vaticinio de Wolfgang Schäuble de que supondrá un desaguisado como el de Lehman Brothers fue un comentario ajustado o, quizá, una hipótesis demasiado optimista.