www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Del origen de la arquitectura eclesial

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 23 de septiembre de 2011, 21:40h
Orosio, en el Libro VII de sus Historias ( 27, 14 ), afirma que tras Constantino “los más importantes templos de los paganos pasaron a ser iglesias de cristianos”. Es decir, no sólo las primeras iglesias se construyeron sobre el modelo clásico del templo grecorromano, sino que los mejores templos de la Roma Antigua ( templos tetrástilos, exástilos, octástilos y hasta el decástilo dedicado a la diosa Venus y Roma ) se convirtieron en iglesias cristianas. Es casi seguro que las gigantescas basílicas de San Pedro y San Pablo que acogieron y albergaron a la mayor parte de los cristianos de Roma durante los tres días en que Alarico saqueó la ciudad eran en realidad la adaptación cristianizante ( ordenada por Teodosio años antes ) del Templo de Mars Ultior y el enorme Templo decástilo de Venus y Roma. La arquitectura paleocristiana fue la última arquitectura clásica romana y originó sin duda la arquitectura visigótica que vemos colosal en la Basílica exterior de Segóbriga – levantada en la primera parte del siglo VI y que contenía las sepulturas típicamente romanas de los obispos Sefronio, Nigrino, Caonio y Honorato -, una de la mayores que conocemos de esta época, con 48 metros de longitud por 26 metros anchura, manteniendo la proporción áurea típica del templo romano clásico. Tiene tres naves separadas por diez columnas a cado lado, que recuerdan exactamente a las diez columnas interiores a cada lado que separan el ambulacro del templo clásico de la nave central, formada ésta por la pronaos, la naos y el opistodomos en un templo anfipróstilo y períptero, y de seis grandes columnas en cada fachada ( modelo exástilo ). Los ambulacros de ambos lados del templo clásico serían en origen de las naves laterales de nuestras iglesias. En su parte oriental ofrece un crucero y al fondo hay un ábside de planta de herradura muy cerrada, del que tenemos otro ejemplo en la basílica de Marialba en León. Se han encontrado, además, columnitas de jaspe que sustentaban la mesa del altar, detalle que observamos en las primeros templos cristianos ( y también zoroástricos ) de Hatra, la gran ciudad y bastión de la Persia arsácida, en donde se mezclaba la arquitectura parta con la griega. Desde el punto de vista de la arquitectura nunca la Romania se convirtió en Gotia, sino que la Gotia se convirtió en Romania.

El rey Sasánida Sapor venció en el 252 a un ejército romano en Barbalissos, en la ribera norte del río Éufrates, en donde aniquiló a 60.000 soldados enemigos, tras lo cual saqueó la provincia de Siria y destruyó la ciudad de Antioquía ( la primera ciudad cristiana ), además de tomar Hierápolis ( actual Manbij, en Siria ) y Dura-Europos. Las campañas de Sapor I también permitieron al gran rey hacer prisioneros a un gran número de los habitantes del territorio romano, a los que estableció en diversas regiones de su imperio, como fue el caso de la nueva ciudad creada por el monarca sasánida en el Juzestán, llamada Veh Antiok Shapur, en persa “Mejor que Antioquía Sapor ha construido ésta”, la corrupción de cuyo nombre la llevó a conocerse como “Gundeshapur”. Entre las decenas de miles de cautivos se hallaban ingenieros, trabajadores cualificados, profesores o artistas, de los que hallamos abundantes rastros en diversas obras llevadas a cabo en este período en territorio persa, como fue la construcción de presas y puentes o los propios mosaicos elaborados en Bishapur, que muestran a miembros de la nobleza sasánida y que fueron realizados al más puro estilo musivario romano. Entre estos cautivos que ayudaron a revitalizar las ciudades, la industria y la agricultura persa también se encontraban gran números de cristianos que, aprovechando la tolerancia de algunos reyes persas, llegaron a levantar iglesias y basílicas de impecable corte romano, en las que los arcos y la bóveda han desplazado ya definitivamente la primera arquitectura adintelada romana, hija escrupulosa de la griega, pero en cuya planta están presentes las tres naves desarrolladas por el antiguo ambulacro o deambulatorio del templo clásico.

Y es muy natural que los musulmanes que invadieron Persia, sobre todo después de la gran batalla de Nihavand, en el 642, en el que el último rey Sasánida, Yazdegird, perdió su ejército de 150.000 soldados, desarrollasen su arquitectura a partir de la vernácula que encontraron en los dominios conquistados, la zoroástrica-cristiana romana. Y es lógico que si el mundo musulmán se irguió sobre la última época de la arquitectura romana, en donde la curva ya se había impuesto totalmente a la recta de la arquitectura adintelada, que había impuesto la madera de los templos griegos arcaicos, desarrollase su arquitectura sobre un mismo modelo común, lo que le ha dado un “aparente” sabor único y propio. Sólo “aparente” porque no deviene del gusto plástico musulmán, cuyo sabor más antiguo en Arabia es el persa de los himiaritas, una versión más de la arquitectura grecorromana, sino del último estilo romano que se extendía desde Irlanda a la India, y desde el norte de Nigeria a Colonia.

Ya hemos hablado desde estas mismas páginas ( vid. “Tres apuntes zamoranos” ) del espíritu de arquitectura clásica que respiramos en la iglesia visigótica de San Pedro de La Nave, en El Campillo ( Zamora ), bisagra entre la arquitectura clásica y la andalusí, y lo mismo podemos decir de la también iglesia visigótica de Santa María de Melque, en San Martín de Montalbán ( Toledo ). Se trata de preciosos desarrollos de la arquitectura clásica que ya señalan “in nuce” las principales tendencias arquitectónicas de la España musulmana y mozárabe.

Es así que cuando todavía hoy vamos a misa no sólo podemos fortalecer nuestra alma con la sangre y el cuerpo de nuestro amigo y Señor Jesús, sino que también estamos haciendo un viaje a Roma, con tal que el templo tenga una arquitectura medianamente tradicional, cosa que está asegurada en el 98% de los casos. Lástima que la lengua que utiliza el sacerdote en la liturgia ya no esté acorde ni con su indumentaria sacerdotal, con sus graves estolas, amitos y paludamentos, ni con la arquitectura del templo, terrible incongruencia que ha ocasionado un feísmo a la Iglesia en los últimos cuarenta y cinco años imposible aún de mensurar por sus ciclópeas dimensiones devastadoras. La Iglesia necesita una palingenesia verbal para que no rechine su suprema belleza plástica ( romana ).

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios