Ni uno más
martes 04 de octubre de 2011, 21:36h
Vivimos tiempos en que algunos sectores de la derecha española están arremetiendo contra los sindicatos de una forma desaforada. Su palabrería, llena de tópicos tan manidos como los que utiliza la izquierda contra el soi-disant capitalismo, cala en los dirigentes del Partido Popular, que han empezado a aplicar medidas contra los liberados sindicales al socaire de la crisis económica.
Desde luego que es conveniente preguntarnos por el papel que desempeñan los sindicatos en sociedades, como la nuestra, que van hacia un modelo postindustrial muy diferente al mundo en el que nacieron las asociaciones obreras y al vigente hace sólo unos años. Y también es necesario replantearse las formas de confrontación reivindicativa, quizá para llegar a la conclusión de que conviene sustituirlas por espacios más participativos y cooperativos de gestión dentro de la empresa y de cada sector económico, para que los trabajadores desempeñen un papel más activo y decisivo junto a la tecnocracia que gobierna la mayoría de las empresas y todas las administraciones públicas en la toma de decisiones que afectan al mundo laboral. La huelga tiene que quedar como última ratio, especialmente en sectores que con un mínimo de acción pueden causar un gran perjuicio al bien común. Mas, para que esto se consiga, no sólo se requiere de la sensatez e inteligencia de los líderes sindicales sino muy especialmente de los dirigentes y gestores empresariales. Y, claro está, también es conveniente ajustar la compatibilidad entre las funciones sindicales y el trabajo para el que uno ha sido contratado, y evitar así el puesto de liberado perpetuo que acaba perdiendo todo contacto con la realidad del desempeño real de sus compañeros.
Vaya dicho todo esto porque me preocupa la mala imagen que de los sindicatos y de los liberados sindicales se están haciendo muchos en la sociedad española. Es verdad que nuestra larga travesía franquista, con su autoritario y paternalista modelo de relaciones laborales, sigue siendo en esto, como en tantas cosas, una rémora. Los índices de afiliación a los sindicatos son realmente preocupantes, aunque no están muy por debajo de otro tipo de asociaciones en España. Algunos autodenominados liberales, interesados sólo en la libertad económica, pues en otros aspectos actúan como verdaderos liberticidas, suprimirían con gusto los sindicatos, pues defienden que cada trabajador debe acordar con el empresario las condiciones de su empleo.
Conviene, ante esta avalancha, recordar la función que los sindicatos han cumplido eficazmente desde el siglo XIX cuando nacieron. Sin ellos, sin sus reivindicaciones, sin su movilización social es posible que nunca se hubiera llegado a conseguir una jornada laboral de ocho horas, vacaciones pagadas, un día y medio o dos de descanso a la semana, unos seguros sociales, sueldos más dignos...
Si renunciamos al Estado Social de Derecho, Europa dejará de ser lo que es y habremos perdido no sólo un nivel histórico de bienestar sino también la grandeza de lo que ha sido una respuesta moral y política a las necesidades de los que sólo tienen su trabajo como forma de ganarse la vida, que somos los más, y casi todos.
Mas es evidente que nuestro modelo sólo se podrá sostener si somos capaces de ser competitivos. Por eso me han alarmado unas declaraciones de Cándido Méndez, secretario general de la UGT. He asistido a algunas tertulias académicas en la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón con él como invitado y sus explicaciones me han resultado normalmente convincentes y él, un buen conocedor del mundo laboral español y europeo y al tanto de la economía a nivel nacional e internacional. Por eso me extrañó mucho cuando ayer le escuché decir que los empresarios no van a contratar ni un empleado más de los que necesiten, “ni uno más”. Al oírlo, me pregunté por qué los empresarios iban a actuar de otro modo tan contrario a sus intereses y asumir costes innecesarios para su fin. En España, un país que ha sufrido históricamente el paro desde hace siglos, en parte por nuestro modelo agrícola basado en campañas estacionales, tenemos la idea de que el patrón tiene que dar empleo a quien no lo tiene para que pueda ganarse la vida. Muchos siguen pensando que el patrón público –el Estado– tiene que ejercer esa función, pero precisamente ése es uno de nuestros grandes problemas, porque en una sociedad del conocimiento el trabajo se gana por el saber hacer y el empresario contrata a quien sabe hacer y en función de sus necesidades productivas.
Necesitamos cambiar muchas cosas y hacer reformas estructurales serias, pero sobre todo necesitamos cambiar de mentalidad, a uno y otro lado.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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