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El próximo Presidente de los Estados Unidos

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 06 de octubre de 2011, 21:40h
Queda poco más de un año para que las elecciones presidenciales americanas tengan lugar. Tiempo suficiente para que todos los pronósticos resulten por el momento vanos. Tiempo suficiente también para que ocurra cualquier cosa, incluso la más imprevista. Pero la interesante fotografía del momento es ya de por si expresiva. Obama, reducido a su dimensión humana y cargado con las hipotecas de las frustradas expectativas que su elección había suscitado, lucha a brazo partido con unas encuestas desfavorables mientras sabe que su posible reelección no depende tanto de sus magros éxitos sino de la al menos circunstancial incapacidad de los republicanos para generar un candidato “presidenciable”. Mientras que éstos, los republicanos, sufren de la misma condición: encontrar alguien que en el momento de la verdad convierta en realidad su deseo de que Obama sea un Presidente de un solo mandato.

Cualquier Presidente en ejercicio que se presente a la reelección tiene un enorme terreno ganado al eventual contendiente. Lo que los americanos conocen como el “incumbent” será, si todo transcurre normalmente, investido como candidato en la convención de su partido sin haber tenido que pelear unas agrias e inciertas primarias. Y es harto improbable que esa cómoda carrera conozca otra candidatura que no sea la de Obama. Bien que, en la atmósfera de cierto desánimo que permea al Partido Demócrata, no falte quien evoque la necesidad o la posibilidad de que le surjan contendientes. Los que así se arriesgan a pensar coinciden siempre en el nombre de la alternativa: Hillary Clinton. Probabilidad muy lejana pero no radicalmente imposible.

Entre tanto los candidatos republicanos comienzan a desbrozar trabajosamente el camino de las primarias hacia la convención sin que hasta el momento se perfile un candidato claro. El que tiene más largo recorrido y consistencia es Mitt Romney, el exitoso hombre de negocios mormón que fue moderado gobernador de Massachussets y que ofrece la virtud de aguantar los embates de los demás sin producir otro entusiasmo que el derivado de su propia consistente resistencia. Ya abandonó la lucha Tim Pawlenty, un republicano centrista muy apreciado por sus recientes años como gobernador de Minnesota. Michelle Bachman, la ardorosa congresista por el mismo estado, adorada por el Tea Party, he entrado claramente en pérdida de velocidad. Rick Perry, el combativo y casi eterno gobernador de Texas, está cayendo en sus porcentajes después de haber sido recibido con expectación y esperanza. Jon Hunstman, otro mormón, que fuera excelente gobernador de Utah, con Bush hijo embajador en Singapur y con Obama embajador en China, apenas logra asomar la cabeza en las encuestas. Sarah Palin parece haber encontrado su nicho en la influencia y las finanzas que le deparan su popularidad mediática pero, a salvo de arriesgadas decisiones de última hora, prefiere seguir como está antes que navegar en las inciertas y procelosas aguas de la candidatura presidencial. Y tanta es la ansiedad que los republicanos muestran por el candidato mágico que el ruido mediático no es tanto sobre los que ya han anunciado su intención de competir sino los que podrían hacerlo: allí está el caso de Chris Christie, el obeso y activo gobernador de New Jersey, cuyo santo advenimiento es predicado un día sí y otro también por los que no creen encontrar satisfacción entre los ya inscritos. Acaba de anunciar, por cierto, que no tiene por el momento aspiraciones presidenciales.

Como es notorio, tienen un problema adicional los republicanos: satisfacer las exigencias de la ortodoxia que el Tea Party proclama -indispensable para obtener la candidatura en la convención- y afinar el mensaje para una audiencia más ancha en el momento de confrontar al más que previsible candidato demócrata, Barack Obama. Cuya tarea no es menos dificultosa: convencer a la desencantada base radical demócrata de sus bondades e intentar recuperar a los independientes que a borbotones le han abandonado después de haberle otorgado la victoria en 2008. Entre unos y otros, y como consecuencia de cuestiones varias que oscilan desde la lentísima recuperación económica hasta la vacilante política exterior, clientela hasta ahora fiel –hispanos, judíos, clases medias urbanas- están instalados en la desafección. La esperanza residual de la maquinaria demócrata es que esos núcleos no encuentren lugar en el que ubicarse, siendo difícil imaginar que decidan votar republicano. Pobre consolación para los que llegaron a la Casa Blanca convencidos de su capacidad para cambiar el mundo. Y que podría encontrar un amargo despertar si alguien decidiera concurrir al frente de una tercera fuerza política. Si bien se mira, este momento de incertidumbre e insatisfacción generalizada con la situación del país sería el más adecuado para que, los Ralph Nader o Ross Perot de este mundo lo volvieran a intentar. ¿Acaso no fue este último el que parcialmente costó la reelección del primer Bush a manos de Clinton? ¿Quizás no fue Nader acusado de de ser el causante de la derrota de Gore a manos del segundo Bush?

Se olvida a menudo que la elección presidencial americana no depende del voto popular sino del emitido por los representantes de los cincuenta estados en el colegio electoral. No siempre ni necesariamente coinciden los dos. Y en el colegio electoral, donde son necesarios 270 votos para alcanzar la presidencia, la ventaja teórica, basada en los resultados de las cinco últimas elecciones, es demócrata: sobre la base del comportamiento de los estados en ese periodo, los demócratas contarían con 240 votos de estados que en esas cinco elecciones han votado demócratas, 15 de los que de las cinco han votado cuatro por el partido y 24 de los que en la serie han votado tres en ese sentido. Mientras que en lado republicano las cifras correspondientes son 102, 69 y 86. Claro que ello supondría que los demócratas, además de los estados tradicionalmente suyos –California, Nueva York- mantuvieran a los que han ganado recientemente –Iowa, New Hampshire, Nuevo Méjico, Nevada, Ohio- y otros que hoy muestran fidelidad demócrata dudosa –Michigan, Pennsylvania, Wisconsin-. Por no hablar de Florida, estado cambiante donde los haya, con muchos votos electorales y hoy muy pendiente de la figura del joven senador cubano-americano Marco Rubio, ardiente republicano y estrella ascendente en el firmamento de su partido. Añádase la crisis económica, y la generalizada insatisfacción que su gestión gubernamental genera para comprender que el campo está muy abierto y que, en consecuencia, lo que hace tres años hubiera aparecido como imposible –un republicano en la Casa Blanca en 2013- no pertenece hoy al reino de lo imaginario. La continuidad de Obama, paradójicamente, hoy depende de la habilidad que los republicanos desplieguen para encontrar el candidato adecuado. Las vueltas que da la política.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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