España, esa zorra
José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
lunes 10 de octubre de 2011, 20:59h
España, país de figurantes, alegoría del mirón de obra con riñonera, exaltación fallera del rulo garrulo mendrugo –dicho sea con todo respeto-, peluquería cañí unisex a mechas cardadas, país de citas a ciegas en gasolineras a lomos del coche oficial…, vive de mirar a los demás, se alimenta del morbo, voyeurismo enfermizo hortera de bolera con zapatos de rejilla con calcetines, ahogando las penas en lingotazos de banalidades, fumándose el futuro a calada limpia con la cadencia cansina y antediluviana con la que Sara Montiel se fuma un puro, mientras la vida pasa. Y así nos va.
Antes de seguir adelante, vaya por delante la aclaración, en descargo de un título deliberadamente engañoso, de que llamar «zorra» a la señora de uno no es delito, según el juez Del Olmo, aunque a saber lo que opina al respecto, a título particular, abstracción hecha de su vinculación conyugal, la señora de Juan. Dicho sea al paso, felicidades por el Nobel de la Paz a las tres señoras que tanto han luchado por los derechos de la mujer en Liberia y en Yemen, aunque el más suave de los insultos que han tenido que aguantar haya sido el de «zorra».
Pero de lo que toca escribir hoy es acerca de los placebos para sobrellevar el pesimismo, que como el fútbol para Valdano es un estado de ánimo, mal que le encabronara a Leibniz, que lo mismo se pasó de frenada el muy iluso cuando paró en boxes tras llegar a la conclusión de que el mundo en el que vivimos es el mejor de los posibles, desencadenando el descojone de Voltaire.
Con la que está cayendo, o sea, con cien mil parados forzosos más en septiembre, y va para cinco millones de desempleados, y tal y tal…, España entera, estando como está hecha unos zorros, ha vuelto a apalancarse una vez más frente al televisor como testigo de cargo del tercer casamiento de la duquesa de Alba, que en una de estas no es descartable que se vuelva a quedar preñada, volviendo a refrendar el bien ganado rol de Hola, Lecturas y Semana como la única y verdadera referencia trinitaria de la intelectualidad.
Me quedo no obstante con la surrealista portada retroactiva de Interviú, donde a la vejez viruela, como la inoportuna indisposición de la niña de sus ojos, María del Rosario aparece toda ella esplendorosa a sus 55 años, hecha un pibón, con las domingas campaneantes pero respingonas, tomando baños de sol en una cala pitiusa, rica y pegajosa por efecto de la crema solar como el donuts que trincó el ex colchonero De Gea en un súper de Manchester porque debe ser que no le llega el sueldo al pobre, que desde que se marchó del Atleti cambió el oficio de portero por el de cantante.
Cierto que Cayetana no es Dita Von Teese, reina del burlesque, ni Alfonso X es Marilyn Manson. Pero se me ha disparado la imaginación figurándola zambullida en un copón gigante de cóctel lleno de Cointreau, desprovista de su corsé, sus ligueros y sus bragas vintage, ataviada tan sólo con un cubrepezones. Aun así, conste que sigo prefiriendo a Blake Lively, que además acaba de romper con Leonardo Di Caprio, alimentando los rumores y las posibilidades de que por fin prospere lo nuestro.
Además de licencia para la trivialidad, las sociedades angustiadas necesitan mentirse a sí mismas o echar mano de válvulas de escape con un indudable efecto sugestivo benéfico para olvidar por un momento todos los dramas y sinsabores de esta vida que a veces no es vida, breve como la partitura de La vie brève de Falla, y de paso espantar de un manotazo los fantasmas del suicidio o en el mejor de los casos la diarrea mental, que también desgasta lo suyo y hace mella en la salud.
Y a lo que se ve, la España yonqui, ciega por el chute de la vida frívola y transgresora de los otros (que pareciera que sólo los ricos y famosos son los únicos que se pueden permitir el lujo de ser “auténticos”, sinónimo de tener pase de pernocta para hacer en cada momento lo que les sale de los cojones), en lugar de cortarse las venas, ha decidido darse a la bebida, entregándose al cinismo y a la hipocresía del disimulo, a cuenta de bodas, bautizos y comuniones, como si esperase la vuelta de Eva Perón Duarte, sesenta y cuatro años después, a ver si nos saca de la miseria.
Lástima que la felicidad efímera sólo sea un espejismo pasajero y que después de una noche de juerga, concupiscencia y perversión, las más de las veces uno despierte tendido en un parterre al lado de una vomitera, encaramado al pedestal de la estatua de Espartero, en la confluencia de Alcalá con O’Donnell, agarrado a los huevos del caballo del general en busca de verticalidad, o abrazado a una farola, cantando La Internacional, abatido por el resacón, a las puertas de la sede genovesa del PP, a ver si por un casual todavía le queda algún hueca en las listas.
Al final vamos a acabar creyendo que la actitud más juiciosa es la de Sileno, la leyenda que Plutarco tomó de Aristóteles, a cuenta del viejo sátiro que andaba permanentemente mamado y que lo veía todo doble –la noche me confunde-, y a quien se le atribuye el dicho de que «una vida vivida en el desconocimiento de los propios males es la menos penosa».
Quizás por ello, sabedora de que el pesimismo es desde el punto de vista psicológico un síntoma de la depresión, la vice ha afirmado con la rotundidad impostada inherente a su cargo que la recesión es un escenario que no contempla, con lo que dicho queda todo, pues qué peligro tiene la chorla. Si la contable del Reino de España dice esto, démonos por jodidos y temamos lo peor, entre otras razones porque el resto del mundo predice lo contrario, o sea, que España volverá a entrar en recesión sin haber salido de ella. Me da a mí que la crisis va a ser más larga que el tradicional besamanos del 12 de octubre en el Palacio Real.
Da por hecho doña Elena que los súbditos de Iberia express vivimos todos en candoroso estado, sin pensar que aunque contados con los dedos del capitán Garfio, también los hay como quien esto suscribe que por higiene buco-mental prefieren escuchar la verdad, aunque duela, en contra de la actitud de la mayoría, que piensa que hay cosas que es preferible no saber, mayormente porque no hay necesidad de tomar disgustos.
¿Esperanza? Por supuesto. Como buen cristiano, aunque nada ejemplar, también el abajo firmante cree en las virtudes teologales, aunque prefiera pensar, por la cuenta que nos trae, que este mundo no es la morada del mal. Pero de ahí a albergar falsas expectativas, con las debidas reservas me quedo con Sartre y su psicoanálisis existencial, en evitación de frustraciones innecesarias.
Por cierto, por cierto, mucho más que las tetas de la duquesa (que a fin de cuentas son una licencia literaria para hablar de asuntos supuestamente más serios), me ha impresionado el rostro terso, a costa del botox, de Vladimir Putin, cuya querencia insaciable de trono ha llevado a publicaciones como The Economist («The return of the man who never left», «El retorno del hombre que nunca se fue») o la revista Time («Leader for Life?») a preguntarse qué tiene la política que tanto engancha a muchos de quienes la ejercen, que no se marchan aunque los pillen invitando a desconocidos a subir al coche ministerial en una gasofa. ¡Cuando menos cutre y casposo!
Pero de los políticos con vocación de ministros de la Gobernación que se han pegado el culo al sillón con cola de contacto y de directoras de campaña como la tal Elena Valenciano, que la pobre tampoco da más de sí, yendo como va por ahí enseñando el álbum de fotos de Alfredito, ya hablaremos en otro momento, que una vez más, y ya he perdido la cuenta de las veces que me pasa lo mismo, se me ha acabado el folio y sólo queda espacio para un ¡Vivan los novios!
España, pobre España. Algunos que se creen con derecho de pernada te tratan como a una puta. Sociedad civil al servicio de la política, en lugar de viceversa. De aquí a unos días los de siempre como siempre volverán a pedirnos el voto. ¡Hay que joderse!
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Periodista
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
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