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El centenario de un gran periódico

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 22 de octubre de 2011, 18:54h
Por pequeña que sea, la experiencia muestra que en España es difícil lograr la unanimidad respecto a la valía de una persona o la perfección de una tarea. El progreso moral y cívico alcanzado por nuestra patria en las últimas centurias en diversas manifestaciones de la vida pública no se ha conseguido en este plano e, incluso cabe decir que, a veces, puede que se haya retrocedido. Por ejemplo: a un siglo de distancia del nacimiento del diario católico madrileño El Debate se hace imposible imaginar que una empresa de tal índole suscitara el elogio encendido y casi incondicional que no tardase en suscitar en la mayoría de sus competidores y en la casi totalidad del estamento intelectual de la época. Claro está que algunos otros grandes periódicos de la época, a la manera, v. gr., de El Sol –de andadura cronológica semejante o muy parecida al cuotidiano dirigido por el líder de la Asociación Nacional de Propagandistas, Angel Herrera-, no escatimaron ataques ni críticas a El Debate, pero siempre, desde luego, desde el respeto que su trayectoria impuso a tirios y troyanos. Tiempo adelante, pasadas las controversias y disputas derivadas de una etapa en que la división entre los españoles fue singularmente intensa, los contemporáneos verían en el periódico confesional una de las más expresivas muestras de la potencia cultural que constituyó una de sus señas de identidad. Entre otros muchos testimonios, se ofrece particularmente señalado el de la confidencia hecha en Moscú por Dolores Ibarruri la “Pasionaria” al Dr. Castilla del Pino –y reproducido en las fruitivas y bellamente escritas Memorias de éste- en punto a la admiración provocada en las gentes de su generación por el envidiable nivel técnico y alto rango de las colaboraciones literarias de El Debate

Cabecera ésta de escaso eco en el hervoroso ambiente periodístico madrileño de los inicios del novecientos, una operación ideológica y financiera de largo aliento colocó en el otoño de 1911 en manos de la flamante ACNP un diario convertido a los pocos meses en el portavoz oficioso de la jerarquía eclesiástica española y en el periódico emblemático del clero y las elites confesionales del primer tercio del siglo XX. Con óptica bien distinta a la hasta entonces vigente en los medios eclesiales y religiosos, el futuro obispo y cardenal malagueño priorizó sobre todas las cosas la confección de un diario acorde con las exigencias profesionales y las demandas sociales del momento, en el que la sustancia radicara en su naturaleza informativa y la adjetivación en su credo. De ahí que, en un duelo de titanes, una década después de su fulgurante aparición –“A banderas desplegadas y alta visera”, se intituló su editorial primera…- El Debate tomara la vanguardia de la prensa nacional en cuanto a adelantos tecnológicos, sin perderla ya hasta su abrupto fin. La imitación constante y sagaz de la gran prensa norteamericana sería la principal clave de la exitosa postura mantenida sin pausa por el diario herreriano. Antes de concluir la dictadura de Primo de Rivera, aquél había dado ya vida a todo un conglomerado del mundo de la comunicación sin precedentes en el país y un punto semejante a los que marcaban la pauta en el mismo terreno en Gran Bretaña y Estados Unidos. A las dotes de promotor y organizador de A. Herrera se añadían así las de visionario en un campo en el que la competencia más implacable y la capacidad innovadora constituían sus principales pilares.

Al advenir la Segunda República, el aún muy vetusto e indisimuladamente antimoderno catolicismo español presentaba una atrayente fisonomía en el espacio público a todas luces más destacado y decisivo de la vida nacional. Analizarlo siquiera sea con paso apresurado acaso haga necesario otra reflexión tan volandera como ésta.
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