La Argentina que emerge de la elección
sábado 29 de octubre de 2011, 20:08h
El abrumador resultado electoral del 23 de octubre dejó abiertos unos cuantos interrogantes sin respuesta. ¿Cómo gobernará Cristina de Kirchner en su segunda presidencia? ¿Con qué gabinete, con qué orientación? ¿Irá por más, buscará reformar la constitución para seguir en el gobierno indefinidamente, tratará de consolidar un régimen hegemónico? ¿O se moverá a un estilo más abierto a la pluralidad y los consensos? (o, para decirlo de otra manera, ¿interpretará que 54 por ciento de los votos es un consenso suficiente o reconocerá algún valor a la opinión del 46 por ciento que no la votó?). ¿Y la oposición, qué pasará con ella: se decantarán los liderazgos, se consolidarán algunos referentes fuertes, o seguirá la actual dispersión bajo el actual vacío de dirigencia?
Parece algo paradójico: cuanto más contundente fue el resultado de la elección, tanto más lo que sigue aparece incierto.
El kirchnerismo se presenta a sí mismo como un movimiento político transformador. Es tan reiterado esto en la historia política argentina que no resulta sorprendente. Pero la sociedad no está buscando grandes transformaciones para volver a empezar su propia historia; está demandando gobiernos capaces de gobernar y de administrar una economía que salió de la crisis de 2001-02 con fuerza y no para de crecer. El gobierno de Cristina de Kirchner -como antes el de Néstor- han resultado satisfactorios y por eso se los vota. Pero el triunfo por sí solo no alcanza para resolver los problemas que gradualmente se van acumulando en la economía y en la situación social. La incertidumbre acerca de la política de gobierno no proviene de ninguna debilidad inherente que afecte a Cristina sino de los desafíos que deberá enfrentar: alta inflación, tipo de cambio que está dejando a la producción argentina en débil posición competitiva, temores que mueven a una corrida contra el peso con la consiguiente fuga de capitales, excesivo gasto público frente a ingresos inciertos por la situación internacional, entre otros. El mandato que Cristina recibe de los votantes es resolver los problemas con el menor costo social posible, no encararlos de cierta manera específica.
Pero, a la vez, toda solución involucra costos para algunos sectores de la sociedad. Para bajar el gasto hay que reducir subsidios, para mejorar la competitividad y frenar la inflación hay que contener las subas salariales -que en los últimos años han sido más altas que las tasas de inflación-, si los ingresos fiscales que se obtienen de las importaciones bajan es posible que haya que subir otros impuestos… La Argentina de Cristina parece vivir bajo un óptimo de Pareto, donde algunos están mucho mejor que otros pero ninguno está peor de cómo estaba antes, y desde donde cualquier cambio puede resultar subóptimo.
El estilo de confrontación casi continuo que ha caracterizado al kirchnerismo es, por cierto, un rasgo idiosincrático, una manera de ser o de hacer política. Pero es también una táctica para manejar una coalición extremadamente heterogénea, dentro de la cual conviven -con aspiraciones y hasta con proyectos propios- sectores tan dispares como intelectuales de izquierda, nuevos grupos tecnocráticos extremadamente ambiciosos, caciques políticos locales de raigambre conservadora, gobernadores de provincias que también son herederos de una tradición más bien conservadora, sindicatos corporativos que acumulan poder casi en la misma medida en que acumulan el repudio de la sociedad…
Frente a un gobierno fortalecido por el voto y una sociedad expectante, el sistema político argentino ha asistido a la gradual aniquilación de los partidos y a la evaporación de los liderazgos políticos. Casi todos los candidatos y los dirigentes que los acompañaron son hoy políticos cuyas acciones cotizan a la baja. Sólo dos dirigentes opositores parecen disponer de un margen para el crecimiento: Hermes Binner, quien obtuvo el 17 por ciento de los votos, segundo detrás de Cristina, y Mauricio Macri, quien no fue candidato pero revalidó sus títulos con su reelección como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Los comentaristas esquemáticos y los mismos políticos -igualmente esquemáticos- tienden a verlos como representantes de la “izquierda” y la “derecha” moderadas -uno amigo de Tabaré Vázquez y el otro de Sebastián Piñera-. Pero lo cierto es que un alto número de votantes combinó en su voto el apoyo a Binner como presidente y a los candidatos macristas a diputados; en la cabeza de los argentinos comunes esas dimensiones son irrelevantes. El problema no es que sean algo más de derecha o algo más de izquierda; el problema es que carecen de proyección nacional y de una organización política -de las que suelen llamarse ‘partidos’, palabra muy devaluada en la Argentina- que facilite esa proyección.
La Argentina queda con un gobierno fuerte, que dispondrá en los próximos dos años de mayoría parlamentaria -y sobre el que pende la sombra de convertirse en los dos años subsiguientes en un lame duck porque Cristina ya no podrá ser reelecta-, con una buena situación económica que acumula tensiones complicadas, y con un sistema político representativo sumamente débil, que está dejando sin representación a casi la mitad del electorado.
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Sociólogo y analista político
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