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El prestigio de publicar tiene trampa

domingo 13 de noviembre de 2011, 20:19h
En 1966 publicó The New Yorker una divertida viñeta del siempre divertido Mischa Richter. En la escena, ambientada en un exterior propio de una universidad de la Ivy League (por ejemplo Yale, donde Richter estudió), un pelotón compuesto por académicos togados se dispone a fusilar a un sentenciado, mientras otro personaje igualmente con toga explica a un curioso: “O públicas o mueres, y éste no publica”. Era una sátira de los competitivos mecanismos de promoción profesional vigentes en el mundo académico norteamericano y que iban ya extendiéndose a otros países, entre los cuales la continuidad en materia de publicaciones constituye uno de los principales requisitos. He recordado esa caricatura al haber trascendido estos días el caso de Diederick Stapel que tan conmocionados tiene a los investigadores de ciencias sociales. Si a Stapel se le está ajusticiando en público es, sin embargo, por haber querido publicar demasiado.

La regularidad con la que un investigador publica es, junto a la calidad, la originalidad y la novedad de lo publicado, un indicador incuestionable de su competencia y dedicación y por tanto un elemento capital para su valoración profesional. En sistemas realmente competitivos de ello dependerán en lo fundamental sus oportunidades de promoción a mejores universidades y de obtención de remuneraciones superiores; en sistemas espuriamente competitivos y corporativizados, como el español, determinará, al menos en principio, las opciones de promoción en la carrera administrativa. Los estímulos para publicar lo antes y lo más posible son, pues, poderosos y ello ha determinado una auténtica inflación de aportaciones que hace difícil hasta para los especialistas seguir cuanto aparece en su campo. El flujo continuo de novedades puede manejarse atendiendo preferentemente a aquellas revistas y editoriales que se consideran más autorizadas por las exigencias de rigor y calidad que imponen a los originales que se les someten, de forma que lo en ellas aparecido se pueda considerar en principio de relevancia. Como publicar en esas revistas no es fácil, hay una ingente serie de otras con menores estándares de exigencia y de difusión, en ocasiones tan escasos que resultan triviales, pero en las que sobreviven cumplimentando la formalidad básica de publicar muchos de los practicantes ordinarios de la investigación científica. El control efectivo de la calidad de lo que se publica en uno u otro tipo de revistas y la existencia de elementos objetivos y fiables de contraste es, por consiguiente, esencial tanto para el avance del conocimiento en cada campo como para diferenciar la categoría de los investigadores.

Hasta hace un mes Stapel era decano de la Facultad de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la universidad holandesa de Tilburg y, .todavía joven, estrella rutilante en el firmamento de la psicología social. Centrado preferentemente en cuestiones de comportamiento colectivo relativas a la generación y reproducción de estereotipos y figuras de poder, en sus trabajos se veían aunados la sintonía con la corrección política imperante en la academia y la solidez metodológica que le permitía asentar sus conclusiones en un riguroso tratamiento de los datos empíricos, o eso parecía. En poco más de quince años Stepel ha publicado cerca de dos centenares de trabajos, buena parte de ellos en las más acreditadas revistas de la especialidad o de especialidades afines, figura entre los revisores de las más importantes y ha recibido algunos de los galardones más codiciados entre los científicos sociales, y eso sólo en lo que podrían considerarse estadios preliminares de una carrera por la que muchos matarían. Pues bien, ha resultado que una parte sustantiva de los trabajos de Stapel se basan en datos falseados o simplemente inventados. Tilburg le ha destituido y un comité conjunto de esta universidad y de las dos por las que antes había pasado, Groninga y Amsterdam, está revisando a fondo toda su obra para determinar hasta donde ha podido llegar el fraude, pero el informe preliminar ha sido concluyente: la falta, no ya de rigor sino de honradez y de ética ha sido absoluta, constante y desde hace años. Hijo a fin de cuentas de una cultura de raíces puritanas, Stepel se ha confesado ante la comunidad por medio de una declaración incluida en el informe. Además de reconocer su culpa, decirse arrepentido y pedir perdón explica de dónde le vino la tentación que le arrastró al pecado: la presión por publicar y así quemar etapas. No es de extrañar que uno de sus cursos más frecuentados desde hace años fuese el titulado “Cómo publicar”.

El caso se presta a consideraciones sobre la eficacia de los controles profesionales, la fragilidad de la ética y el alcance de la credulidad casi supersticiosa en lo que se dice por quien goza de prestigio desde tribunas que dan ese prestigio, incluso entre quienes por dedicación tendrían que hacer del cuestionamiento escéptico una actitud vital. Pero también reconforta que haya sido la propia comunidad científica quien haya desvelado el fraude y la propia institución del tramposo quien haya puesto mayor empeño en la averiguación total de lo ocurrido y no dejarlo impune. Al menos en otros sitios así se hace. No hay ninguna certeza de que cosas así hayan pasado en la Universidad española, y sí una duda razonable de que puedan pasar sin que lleguen a advertirse o, como en los casos de plagio comprobado, sin que acaben teniendo consecuencias. Porque sobre lo que sí cabe certeza es sobre la falta de resortes profesionales e institucionales para corregirlo. En la lógica corporativa todo acaba siendo disculpable, sobre todo cuando urge tanto publicar (lo que sea, pero publicar).

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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