www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La herencia de Zapatero: Discordia y ruina

Ignacio Sánchez Cámara
viernes 18 de noviembre de 2011, 22:05h
La legislatura, por fin, ha terminado. En realidad, llevaba ya un tiempo agonizante. Salvo inmensa sorpresa, el domingo ganará las elecciones el PP. El balance del presidente Zapatero es muy negativo. Quizá podría resumirse en dos palabras: discordia y ruina. El PSOE perderá, ciertamente, por lo segundo, por la gestión de la crisis y por el insoportable grado de desempleo. Deja un país arruinado. Es cierto que la génesis de la crisis no le es imputable, pero sí la negativa a reconocerla y la pésima respuesta, sobre todo hasta la imposición europea de mayo del año pasado. La acusación a los mercados, esa impersonal personificación socialista del demonio, se antoja recurso de ventajistas. Y la idea, tan extendida, de que gobiernan los mercados y de que es preciso devolver el poder a los ciudadanos (es decir, al parecer, a los políticos) es hija de la falsa ideología. Por lo demás, si un Gobierno queda a merced de los “mercados”, o, para ser más exactos, de sus acreedores, es porque previamente se ha endeudado de manera irresponsable y hasta tal grado que no parece que pueda devolver lo que debe. Un Gobierno austero y sensato nunca quedaría a merced de sus acreedores; sencillamente porque no los tendría. Los mercados no quitan ni ponen gobiernos. Los gobiernos se arruinan o no. Y si lo hacen, la responsabilidad es de ellos, y no de los mercados.

Pero con ser grave la ruina legada por el Ejecutivo saliente, aún merecería más la derrota por el ambiente de discordia que ha provocado. De la ruina se sale antes o después. De la discordia se tarda más en salir y se sale peor. A veces, trágicamente. Los españoles lo sabemos, aunque, a veces, lo olvidamos. El mayor error de la política española en los últimos dos siglos ha sido el fracaso a la hora de hacer imperar la concordia nacional. Y sin concordia básica, una sociedad deja de serlo para pasar a ser dos enfrentadas y, al final, incluso ninguna. El acierto de la Transición, que, por supuesto, tuvo errores y algunos muy graves y que aún padecemos), consistió precisamente en restablecer la concordia básica en la sociedad. Y esto es lo que el proyecto político de Zapatero se ha empeñado en romper, con notable, aunque no total, éxito. E, insisto, esta discordia es mucho peor que la ruina. La democracia es, entre otras cosas, un delicado y sutil equilibrio entre lo que debe ser acordado y lo que puede quedar sometido a las disputas y a la discordia. Pero si lo que debe ser acordado se entrega a la lucha política, y se considera a la oposición no como a un adversario con el que se comparte lo fundamental, sino como a un enemigo al que hay que excluir y derrotar definitivamente, la legitimidad democrática se hace pedazos. Cuando un partido o una coalición de partidos pretenden encarnar el Régimen, y dejar fuera a otro, y más aún si ese otro representa a media nación, se destruye la concordia nacional. La mayoría puede legítimamente aplicar su programa, pero si el contenido de ese programa o su ejecución pretenden marginar a la mitad de la sociedad, pierde toda legitimidad. Este Gobierno pretendió, desde sus comienzos, marginar al PP y, lo que aún es peor, gobernar contra media nación. No es necesario reiterar la serie de iniciativas legislativas hostiles a gran parte de los ciudadanos, y que entrañaban un proyecto de ingeniería social para modelar la sociedad según sus principios y criterios. La prueba está en que nunca contó con la oposición.

Y en casi todos los casos había soluciones intermedias entre las posiciones de los dos principales partidos. Por otra parte, reformas fundamentales del Derecho de familia o del Código penal o de la legislación educativa, entre otras, no deben hacerse sin un gran acuerdo político y social. Y se han hecho. Y se ha roto la concordia. A esto cabría añadir las amenazas separatistas y las irresponsables cesiones en la aprobación de Estatutos de Autonomía, como el catalán.

La primera tarea del nuevo Gobierno, ha de ser, según la opinión dominante, el combate contra la ruina económica. Pero tan urgente como eso es acometer la ruina moral y política sobrevenida a nuestra nación. La más urgente tarea es la recuperación de la concordia perdida y la regeneración moral de la nación. Naturalmente, esto no es sólo ni principalmente una tarea política. Es algo que compete a los ciudadanos. De nosotros depende. Es una de las consecuencias de la democracia: atenúa la responsabilidad de los políticos e incrementa la de los ciudadanos. Una nación de ciudadanos sabios y prudentes no entrega su gobierno a un puñado de necios e incompetentes. Lo dijo Julián Marías en tiempos de la Transición: España está en nuestras manos. Hoy como ayer. Esperemos que esté en buenas manos.

Ignacio Sánchez Cámara

Catedrático de Filosofía del Derecho

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(1)

+
0 comentarios