La encrucijada norteamericana en Oriente Medio
miércoles 23 de noviembre de 2011, 21:29h
Los secretarios de Estado y Defensa del presidente Obama -y éste último también- no albergan duda alguna sobre cuáles son los países más hostiles a las intervenciones americanas en Oriente Próximo y Medio. Sus nombres vienen rápidos a la mente: Paquistán e Irán.
El clima de suspicacia permanente que preside las relaciones de Estados Unidos con el tándem irano-paquistaní, viene arrastrándose desde los años 80 del siglo XX. Las guerras de Iraq y las campañas de la república imperial en Afganistán, no han hecho sino reforzar la agenda logística que los gobiernos de Yousaf Raza Gillani en Islamab y Mahmud Ahmadineyad en Teherán, le vienen prestando a la insurgencia talibán y al descontento activista del chiísmo en Iraq, Siria y la franja territorial de Gaza.
Lo que, por lo general, no se incluye en los comentarios al uso sobre el área conflictiva por antonomasia en el terreno de las actuales relaciones internacionales, es que Israel -y en particular el gobierno que encabeza Netanyahu- representa no sólo un inconveniente para los designios de paz americanos fomentados por la vía de la diplomacia palestino-israelí, sino un obstáculo macizo a la voluntad de resolver el contencioso más prolongado y más amenazante de los tiempos actuales. Nos referimos al contencioso entre Israel y Palestina que se incubó entre 1948-1967, y que desde la guerra de los Seis Días sigue enquistado en la médula ósea del proceso de paz que se viene reeditando desde la firma del acuerdo de Camp Davis en septiembre de 1978.
Buena demostración del desfallecimiento paulatino de la administración y la diplomacia del presidente Obama, en Oriente Próximo y Medio, la tenemos a la vista. Nos referimos a las dimisiones escalonadas que han presentado al gabinete de Hillary R. Clinton dos figuras cualificadas para afrontar la “papeleta” de Obama en la Zona. Primera dimisión, la de George J. Mitchell, hace escasamente un año y medio; y ahora, la de Dennis B. Ross, un alfil importante del ajedrezado diplomático estadounidense. Dos dimisiones de este género no desmienten la sospecha de que el gobierno Netanyahu sea, probablemente, el foco de perturbación principal en la región de marras.
En poco pueden contrarrestar Obama y el partido de los demócratas americanos, la acción subrepticia con que el grupo de presión pro-sionista respalda la candidatura de los conservadores a efectos de las elecciones generales que se avecinan en Estados Unidos a un año vista. Obama podría parafrasear la situación que aquí se recupera, haciendo la paráfrasis del siglo: “en mucho estimo la causa palestina, pero más temo la política que hace Tel Aviv en aquella región”.
Sería injusto no reconocer que en la supuesta directiva de Obama en la guerra de Libia que formalmente acaba de concluir -“leading from behind”-, el presidente ha repuesto su, un tanto, maltrecha candidatura a la cita electoral de 2012.
Ahora bien, mal que le pese a Jean Daniel (Véase “Nuevo ropaje para el islamismo”, EL PAÍS, 9/XI/2011), se está fraguando en todo el norte de África una tendencia islamo-moderada de aceptación creciente en las poblaciones de Egipto y del Magreb, que ponen un punto de incertidumbre al deseado “Happy End” de una primavera alentadora, sí, pero también de incierto desenlace.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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