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Bolívar, educación y nuestro tiempo

Sadio Garavini di Turno
jueves 24 de noviembre de 2011, 21:24h
“Moral y luces son los polos de una república, moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Así se expresó el Libertador en su discurso ante el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819.

Todavía hoy, moral y luces siguen siendo nuestras primeras necesidades en América Latina. Hay que enfatizar la combinación que hace Bolívar: moral y luces, porque las luces solas no son suficientes y hasta pueden ser deletéreas, como el propio Libertador nos recuerda al decirnos: “Talento sin probidad, es un azote”.

En Bolívar, múltiples son los testimonios que señalan el peligro de la ignorancia y la debilidad en que ésta había sumido a los criollos americanos, así como la necesidad de construirles una mentalidad y disposición de vivir en una república democrática.

Oigamos de nuevo al propio Libertador: “La esclavitud es hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción: la ambición, la intriga abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil: adoptan como realidades las que son puras ilusiones, toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia. …Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud: que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor: que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes: que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad.” Profundizando en esta dirección, Bolívar corona sus propuestas de ordenamiento político y administrativo, contenidas en ese extraordinario discurso de Angostura, recomendando la constitución de un nuevo poder público, el Poder Moral, para que cuide de la primera educación del pueblo. Este acento de Bolívar en la educación y en la moral sigue siendo de una actualidad impresionante.

Vivimos una época de desilusión generalizada con la política y los políticos y de decadencia de los valores cívicos. El “consumo ergo sum” se ha entronizado como eje central de la existencia humana. El “homo sapiens” se está transformando aceleradamente en “homo videns”, que recibe una enorme cantidad de información a través de imágenes, pero que, al manejar muy pocos conceptos es, cada vez más, incapaz de ordenar, priorizar y entender. La sociedad global, “aldeanizada” y uniformada por un barato y vulgar conformismo, es capaz de desperdiciar su tiempo, el recurso no renovable más escaso, en ocuparse y preocuparse por las “aventuras” de cantantes y actores, muchas veces moralmente muy poco recomendables e intelectualmente intrascendentes y/o por los amoríos ortodoxos y heterodoxos de la nobleza europea. Parece que estamos asistiendo al triunfo de la estupidez humana que, desgraciadamente, a diferencia de la inteligencia es absolutamente ilimitada. Al respecto, Octavio Paz decía: “nuestro tiempo no es irreverente sino indiferente. Narciso ha reaparecido, se mira en el espejo … y no se ama. En nuestro mundo la conformidad y la pasividad conviven con el egoísmo más despiadado y el individualismo más obtuso.” Giovanni Sartori, otro gran pensador de nuestra época, agrega: “La crisis de nuestro convivir es, “in primis”, crisis de ideas, crisis de ideales y crisis de la ética”.

Afortunadamente, se advierten indicios de una sana reacción frente a este deleznable estado de cosas. Después de varias décadas de olvido, palabras como ética, responsabilidad, virtud y deber están empezando a regresar al vocabulario político e intelectual.
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