España ocupa el puesto 31 en percepción de corrupción, muy lejos de países como Nueva Zelanda o Finlandia, con gran puntuación. La crisis no ha servido para generar transparencia y se puede afirmar que estamos ante "un mal endémico en el mundo". Además, las naciones desarrolladas están exportando este mal a las que se encuentran en desarrollo. El contagio no es una buena noticia.
Este jueves se ha presentado el
'Índice de percepción de la corrupción 2011' en la Fundación Ortega y Gasset-Marañón. El resultado no es positivo. El estudio abarca 183 países, con una puntuación de 0 (sumamente corrupto) a 10 (muy transparente). Más de dos tercios de éstos obtiene una nota inferior a 5. A la cabeza, como ejemplo a seguir, Nueva Zelanda, Finlandia y Dinamarca; en el furgón de cola, Somalia y Corea del Norte.
España se sitúa en el puesto 31 con un 6,2. Jesús Lizcano Álvarez, presidente de
Transparencia Internacional España, ha afirmado en este sentido que nuestro país "está estancado desde hace tres años" y que, "si queremos ver el vaso medio lleno, podemos decir que hemos dejado de empeorar". En vista del informe, sostiene que "el mundo sigue igual de mal".

Por su parte,
Jesús Sánchez Lambás, director general de la Ortega-Marañón, concluye que "la corrupción es un mal endémico en el mundo", así como que durante la crisis "no ha mejorado ninguno de los parámetros". Sánchez Lambás cree aún más grave otro hecho: "El primer mundo exporta corrupción al tercer mundo".
Antonio Garrigues Walker, patrono vitalicio de la Fundación, observa positiva la amplia legitimidad del próximo Gobierno de Mariano Rajoy para frenar la corrupción. Ha subrayado que "es posible" y ha hecho un llamamiento al próximo presidente para que luche en esta dirección. Además, Garrigues Walker, amparado en estudios en el ámbito nacional, señala que un entorno transparente contagia todo lo que tiene alrededor, de modo que todo paso adelante no quedará aislado sino que obligará al resto a amoldarse a una nueva forma de hacer.
Se constata también que quienes deben controlar la corrupción no sólo no están cumpliendo con su tarea sino que su pasividad genera
desafección ciudadana, nada aconsejable en tiempos de inestabilidad económica y descontento social. Generar mecanismos de transparencia es el objetivo. España tiene un nuevo Gobierno y un ambicioso reto por delante para dar la vuelta a esta percepción.