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DIPLOMÁTICO

Carmelo Angulo: "Ojalá los pueblos del mundo reaccionen de manera pacífica ante la inequidad"

viernes 02 de diciembre de 2011, 14:32h
Actualizado el: 24/05/2016 16:23h
Una de las personas que mejor conoce en España los entresijos de la cooperación internacional es Carmelo Angulo. Su currículum refleja una elevada formación puesta al servicio de los más necesitados: Ha sido embajador de España en países tan complejos como Bolivia, Colombia, Argentina o México, ha estado al frente de la Agencia Española de Cooperación (AECID) y ha trabajado en el Progama de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dando respuesta a graves situaciones de emergencia humanitaria como fue la del huracán Mitch en el 98. En la actualidad este bilbaíno ha querido poner la experiencia acumulada a disposición de los alumnos de la Universidad Camilo José Cela gracias a un máster en el que, por primera vez, se vincula la enseñanza privada con la atención a aquellos países más vulnerables. Por C.C.
Su último cargo fue el de embajador en la Cumbre Mundial del Microcrédito que se celebró hace un par de semanas en Valladolid. Este instrumento financiero, ¿puede ser otra manera de hacer negocio con los pobres?

El microcrédito tiene dos escalas. Hay un microcrédito que parte de la sociedad empobrecida que no cuenta para sus países porque ni siquera está censada. En estas circunstancias, una ayuda de 50 euros a una madre que tiene alguna habilidad, como tejer o hacer panes, puede cambiarle la vida. Por supuesto esto no sucede solo. Tiene que ir acompañado de formación y asistencia técnica para la buena gestión de este dinero. Luego, aunque los ingresos que obtenga sean pequeños, esa persona adquiere el sentido de emprendeurismo y también es reconocida por las autoridades. Al tener un negocio, pasa a estar censada y ya se crea un ciclo económico básico con el que mucha gente arranca para acabar metiéndose en el sector formal de la economía. Hay muchas buenas experiencias en el microcrédito social dado a emprendedores hábiles que, con una pequeña cantidad y mucho trabajo, pueden salir adelante. La otra escala es el crédito para el microemprendimiento, que se da a gente que tiene alguna preparación y que lo que necesita es una ayuda casi de riesgo para arrancar su proyecto. En esta lectura, nos encontramos que la banca formal, incluso en España cajas de ahorro, tenían estas líneas de crédito que iban desde los 3.000 euros para personas que necesitaban por ejemplo una fotocopiadora, un ordenador o un viaje a otro país al que ir a ampliar el negocio. Lamentablemente, este sector ha colapsado y es que la crisis ha recortado el lado ético o humanitario de la banca.


¿Y quiénes se están ocupando de esto?

Algunas ONG grandes Y algunas fundaciones han tomado ese relevo y están dando esos créditos y consiguiendo que la gente realmente salga adelante. También hay que tener en cuenta que la crisis ha dejado desempleada a mucha clase media que igual necesita muy poquito dinero para sacar adelante un proyecto. Estoy convencido de que una de las claves de la recuperación es buscar esas líneas para que florezca la microempresa.






Entonces, ¿sí funcionan los microcréditos a pesar de la historia negra que los rodea, con personas pobres endeudadas a las que los bancos terminan por quitarles lo poco que tienen?


Una descalificación global del microcrédito es injusta pero también una magnificación es exagerada. En la escala social, la del microcrédito para los más pobres, las empresas privadas que los ofertan dan no sólo dinero, sino que generan una base de dignidad y reconocimiento de la persona. El microcrédito para el emprendimiento, como digo algo extinguido, creo que es fundamental recuperar para salir de la crisis.


En el ecuador de la Cumbre de Durban sobre el clima, han emergido nuevos desacuerdos sobre cómo y cuándo recortar las emisiones de CO2. El resultado de la conferencia es incierto. ¿Cómo lo ve usted?

Lamentablemente, el movimiento que empezó en Río en el 92, y que lanzó una advertencia mundial sobre el cambio climático, la desertificacion y la gestión de la biodiversidad está parado porque la crisis ha marginado la idea de que la sostenibilidad es lo más importante que tenemos entre manos.


¿Lo es?

Como concepto global sí porque si lo va a pagar la siguiente generación. La idea de la sostenibilidad es cuidar los recursos para que los que vengan después de nosotros puedan tener una vida digna. Lo importante no es el cambio climático sino la vision mediambiental que genera una nueva forma de ver la politica, la economia y la sociedad; un nuevo modelo. El problema es que no hemos sido capaces de convertir esta idea en un fenómeno transversal de las políticas. La economía, la sanidad, el fomento, el empleo... todo debería relacionarse con el fenomeno medioambiental y climático. Ahora, con la crisis, la preocupación de la gente son las cuentas públicas, la deuda, la inversión y nos estamos olvidando que si hacemos retroceder en la agenda la sostenibilidad perderemos unos años vitales que, en el largo plazo, nos mostrarán a gente abandonando sus países porque son inhabitables, playas inutilizables, personas dejando las zonas costeras, sequías prolongadas durante meses... Mi reclamo es no dejemos este tema aparcado porque algunos de los problemas que hoy día manejamos han de venir de una vision económica y social diferente que es la visión de la sostenibilidad ambiental.





El último proyecto que tiene entre manos es la puesta en marcha de un máster en la Universidad Camilo José Cela enfocado a la cooperación internacional para la reducción de la vulnerabilidad. ¿Cuál es su novedad?

Es la primera vez que una Universidad privada se preocupa por la agenda de los millones de desfavorecidos en el planeta. Es muy innovador que una universidad quiera combinar su perfil con un compromiso con las cuestiones más duras del mundo en un momento donde la arquitectura internacional está cambiando. Además, los másteres de cooperación normalmente dan una gama de conocimientos generales pero no preparan para trabajar en entornos complejos porque el alumno no se tiene por qué plantear el estar en organismos que trabajan en situaciones complejas. Este máster, llamado Máster en Cooperación Internacional para la inclusió social y la reducción de la vulnerabilidad, tiene un tronco de especialización pensado para jóvenes que el día de mañana quieran trabajar en organismos internacionales o agencias de cooperación sobre el terreno.


¿Cómo va a organizarse el máster?

Vamos a desarrollar tres bloques de trabajo. El primero será el del voluntariado, en el que se van a comprometer alumnos y profesores. También hay un área de investigación para el desarrollo en la que la idea lanzar ‘papers’ sobre grandes temas de la agenda internacional, como la tasa Tobin o cómo actuar en países de alto riesgo, definir qué ha pasado en Haití etc y también hacer proyectos de investigación con las diferentes facultades de la Universidad. Por ejemplo, Arquitectura está trabajando sobre una vivienda de bajo coste. La escuela de Salud sobre un grupo de intervención de atención psicológica post-traumática para trabajar tras grandes catástrofes y la facultad de Comunicación en cómo formar líderes periodísticos en países en vías de desarrollo. Un tercer bloque es el de la responsabilidad social empresarial, ocupándonos de que las empresas cumplan el Pacto Global 2010 de la ONU, es decir, que las empresas tengan practicas sociales, económicas y laborales que respeten lo que llamamos índices de sostenibilidad ambiental y laboral, como la no contratación de niños, el respeto al medio ambiente o el pago de impuestos. La idea final del máster es formar emprendedores sociales. Gente que tenga la capacidad de liderazgo y el emprendeurismo suficiente no sólo para ir a trabajar si los llaman, sino para ser ellos mismos los que promuevan un proyecto social. Los vamos a preparar porque todos los profesores somos practitioners, es decir, hemos pasado muchos años en el terreno y lo que queremos es trasladarles ese espíritu para que generen respuestas ellos mismos, que promuevan la respuesta social a los graves problemas que tiene la humanidad.


¿Cómo se llega a aplicar lo aprendido a países con necesidades y perfiles tan diferentes?

Llamamos alta vulnerabilidad a varios elementos que con frecuencia se dan de manera combinada. Alta vulnerabilidad es una situación de pobreza extrema en países cuya población tiene elevados índices de niños malnutridos, una baja calidad en la educación y en sus instituciones con democracias muy débiles si es que las hay. También llamamos vulnerabilidad a la situación en un país que ha sufrido una guerra, como Afganistán, y en los que hay un proyecto de recuperar la economía y las instituciones. Asimismo, en aquellos países que han tenido catástrofes naturales de mucho impacto y que han quedado devastados, como el caso Haití, o en países que tienen graves hambrunas como Somalia. Consideramos que formar a jóvenes para esos entornos tiene reglas comunes: hay que tener una inteligencia emocional muy flexible y apropiada ante este tipo de situaciones y contar con herramientas de trabajo como la negociación, la capacidad liderazgo adaptativo, el emprendeurismo o el manejo de redes tecnológicas que agilicen el trabajo.


La profesionalización de la ayuda, ¿puede llegar a ser un lastre?

Hace 23 años, antes de que se creara la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la cooperación en España se basaba en voluntarios: gente de muy buena fe pero poco profesionales. Donábamos libros, dábamos becas, proporcionabamos asistencia técnica en determinados proyectos... pero no teníamos inversión para el desarrollo en el largo plazo. Ahora contamos con profesionales de primer nivel, pero el problema está en la eficiencia de la ayuda. No cabe duda que detrás de la cooperación hay mucha burocracia que la demandan tanto los gobiernos que dan el dinero como las sociedades civiles que preguntan en qué se han gastado los fondos. Hay que llevar facturas y demostrar que has conseguido resultado porlo que, además de estar sobre el terreno hay que gestionar la actividad de la ONG, que es como una empresa.





Y en un momento de crisis en el que vigilamos el dinero que damos y en el que aumenta el número de pobres en el mundo se critica que los fondos se diluyan en labores administrativas...

El caso es que ha habido una burbuja en la cooperación. España ha pasado de aportar el 0,2 por ciento del PIB a casi el 0,5. Gastar ese dinero es más complejo porque hay más recursos. Parte de esta aportación se ha derivado a organismos internacionales -como el PNUD, UNICEF, la FAO, la OIT- bajo la forma de recursos extraordinarios que complementan las cuotas habituales. Otra parte la hemos drenado también a través de convocatorias para un grupo de ONG importantes, Ayuntamientos y CCAA que también han ido creando sus propios sistemas de cooperación. El resultado es que, junto a la variedad de productos y actores de desarrollo, también ha crecido el problema de manejar su gestión. Esto es extraordinariamente difícil y, en un momento de recortes y limitaciones generales, hay que ver cómo lo gastamos bien.


¿Se han notado ya los efectos de la crisis sobre la cooperación?

De momento no ha habido grandes recortes. Estarán en torno a unos mil millones, pero seguramente se plantearán otros ajustes por lo que ahora el mensaje más importante es el de trabajar sobre la eficiencia y aligerar la arquitectura de la cooperación exterior, que es muy pesada. Con todo, hay que tener mucho cuidado con los sectores en los que recortamos. El día en el que en el mundo pasa a haber 100 millones de pobres más, nos van a pedir alimentos y tendremos que acudir en su socorro. Que el mundo vaya mal quiere decir que a nosotros también nos va a ir mal, que va a aumentar la inestabilidad. Es una fuente de problemas y nosotros tenemos la responsabilidad de su manejo.


Con el envío de ayuda a países más desfavorecidos, ¿nos estamos ayudando también a nosotros mismos?

Hay una parte egoísta y es que la estabilidad de los otros es nuestra propia estabilidad. Un problema mexicano grave es también un problema nuestro. Esto es lo que la gente a veces no ve, que la cooperación no es un gesto de buena voluntad, es un compromiso solidario para un mundo desigual.

¿Ve un desarrollo más justo en el siglo XXI?

El modelo dominante ha generado una privatización de la riqueza y una socialización de la pobreza y las fuerzas que empujan para que existan estas diferencias y discriminaciones son muy potentes: el sector financiero, determinadas multinacionales, el crimen organizado, el comercio de armas, los cárteles de drogas... Aún así, los factores de la sociedad movilizada a favor de un cambio de modelo me dan esperanzas. Estoy convencido de que en los próximos años va a haber un debate muy fuerte y espero que el modelo acabe buscando un cierto equilibrio porque, tal y como es ahora, es bastante insostenible. Tengamos en cuenta que, según aumenta la riqueza en sectores concentrados, aumentan los pobres y desocupados que, además, ya no son los pobres de siempre sino también lo que yo llamaría los nuevos pobres: gente cualificada, con idiomas y con una experiencia vital y profesional importante que a una determinada edad se queda sin espectativas habiendose, además, alargado su tiempo de vida. Todo esto apunta a conmociones sociales muy severas por lo tanto, la cuestión es si las fuerzas que apuntan a la discriminación se van a dar cuenta de que ese mundo es invivible y de que el mercado va a quedar alterado. Los consumidores no son tontos; acabarán optando por productos sostenibles, por poner su dinero en la banca ética y por dejar de comprar a la gente cuyo objetivo sea enriquecerse. Los pueblos del mundo van a saber reaccionar, ojalá lo hagan de manera pacífica aunque también puede ser de manera violenta. Yo, desde luego, voy a estar en el campo de los que apunten a los cambio en pro de una mayor equidad. Aunque somos minoría en este momento, podemos ser mayoría dentro de unos años.



Carlota Calderón: [email protected]