RESEÑA
Marcelino Oreja: Memoria y esperanza. Relatos de una vida
domingo 04 de diciembre de 2011, 12:56h
Marcelino Oreja: Memoria y esperanza. Relatos de una vida. La Esfera de los Libros. Madrid, 2011. 672 páginas. 26,90 €
Marcelino Oreja además de un magnífico ministro de Asuntos Exteriores y de un notable diplomático es una excelente persona, y por ello, acorde con esa noble condición humana, sus memorias Memoria y esperanza evidencian esa categoría humana en los juicios, en las críticas, en el juicio de las muchas reacciones, actitudes, posturas y planteamientos de los muchos líderes mundiales, y de otros políticos y ministros de Asuntos Exteriores con los que ha coincidido durante su vida. Oreja conocía perfectamente las relaciones internacionales de España como consecuencia de haberse formado durante muchos años en la escuela del gabinete del ministro Castiella, recorriendo los escenarios de medio mundo. Por ello, cuando Adolfo Suárez formó su primer gobierno recurrió a su experiencia y durante cuatro largos años (julio 1976- septiembre 1980) fue ministro de Asuntos Exteriores y ejerció su responsabilidad con total acierto y al servicio de la Corona y de su Gobierno.
En estas memorias se paladea lo que significó el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con México, las arduas negociaciones con el Mercado Común, el trato siempre incómodo con el reino de Marruecos, con el gobierno británico a cuenta del contencioso de Gibraltar, y es especialmente brillante el sinfín de peripecias políticas por las que ha pasado un hombre que ha tratado a Gromyko y a Sadam Hussein, a Yasser Arafat y a Jimmy Carter, a Adolfo Suárez y a Helmut Schmidt. Se aprecia en el libro la claridad de su política exterior, que le llevó a tener muy claras desde su nombramiento la orientación y la definición de las relaciones internacionales de España en la Transición. Sin dudar, Marcelino Oreja quería que España estuviera con los aliados, es decir: que ingresara en la Alianza Atlántica (la OTAN) para así acelerar nuestro ingreso en el Mercado Común. Y así lo define Oreja, quien por el contrario, rechazaba la opción de los países no alineados, bloque al que define en el libro como “confuso e inoperante”, y la opción de la neutralidad, sobre la que acierta a preguntarse: “¿Quién la garantizaba? Porque una cosa es ser neutral y otra quedar neutralizado, como Finlandia, Suecia o Austria.”
Sin embargo, durante estos primeros años, y por causa del interno consenso sobre otras materias políticas de la Transición, la acción exterior más occidental estuvo bloqueada por la Corona y el presidente Suárez quien llegó a acariciar una posición neutralista, hipotecado –sin duda- por sus compromisos de índole constitucional con el Partido Socialista, quien a su vez había firmado un vergonzoso compromiso con la Unión Soviética de no adhesión a la OTAN. Ese y otros aspectos de la última etapa del presidente Suárez, acosado y traicionado interna y externamente por unos y otros, le distanciaron ligeramente de él. La vocación atlántica de Oreja tuvo que esperar a que fuera el presidente Calvo Sotelo quien diera el paso al frente para abrir -con la cerril negativa y ceguera del PSOE- la puerta del Mercado Común.
Al dejar el Ministerio, aceptó la oferta del presidente Suárez de ser el primer delegado del Gobierno en el País Vasco, puesto de riesgo personal y de mucho calado, desde donde presenció en directo la intolerante recepción de los batasunos a los Reyes en la Casa de Juntas de Guernica, y donde en representación del Estado español y del honor, asistió a muchos funerales de los terribles asesinatos de ETA.
Es muy relevante la lectura de las primeras consecuencias de la victoria socialista en 1982, cuando Marcelino Oreja comprobó la mezquindad del nuevo ministro- Fernando Morán- al que él mismo, por indicación del ministro Areilza y de su cuñado Leopoldo Calvo Sotelo, había ofrecido en el primer Gobierno de Su Majestad la dirección General de África. Morán le ofreció el consulado en Lisboa, después de varios meses sin respuesta, osadía reparada por alguien cercano al presidente Felipe González, quien le ofreció presentarse a la elección de secretario general del Consejo de Europa, elección que ganó en buena lid, y cargo que desempeñó con brillantez y a satisfacción de los países europeos y de su Gobierno español. Especialmente agria es la relectura de lo que ha pasado en el País Vasco entre la complicidad conjunta del nacionalismo, la Iglesia vasca y el Gobierno francés, y es muy duro releer lo que fueron aquellos años de muerte, insolidaridad, incomprensión y vileza. Y es también relevante la lectura de los cambios que Europa padeció en los años finales de los ochenta con la incorporación al mundo libre de los grandes países de centro Europa, sojuzgados por el comunismo ruso. Con su buen talante, Marcelino Oreja acredita siempre temple en el relato, que fluye como la vida, entre viajes, encuentros, desavenencias y coincidencias entre los hombres y países que han regido el mundo en estos últimos treinta años.
Libro excelente, ilustrado con fotos de su vida personal y de sus encuentros con cientos de personalidades, desde el Papa Juan Pablo II, a Lech Walesa, Willy Brandt, Valery Giscard d’ Estaing, Gaddafi, Hassan II, Ronald Reagan, Fidel Castro y por supuesto todos los dirigentes políticos de la Transición española.
Por Carlos Abella