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Sentido y servidumbre de la Corona

lunes 05 de diciembre de 2011, 11:50h
El presunto desvío de fondos que el Instituto Nóos habría hecho en favor de empresas participadas por Don Iñaki Urdangarín tendría mucha menos relevancia si se tratara de otra persona. Los hechos en sí mismos ya son suficientemente graves -dinero público que iría a parar a manos privadas de forma irregular- como para que además existan vínculos con la Corona. Vínculos que, por otra parte, no tienen por qué tener un significado especial en la resolución de la causa.

A Don Iñaki Urdangarín le asiste, como a cualquier persona, la presunción de inocencia. Tiene el mismo derecho a la tutela judicial efectiva que el resto de los españoles, y en base a ello hay que proceder. Ocurre que, en su calidad de miembro de la Familia Real, ha de conducirse en todo momento con la máxima irreprochabilidad, y eso es extensible a sus actividades profesionales.

Lo que se está investigando en los juzgados de Palma de Mallorca no es a la monarquía como institución, sino a una persona cuyos actos podrían devenir en un ilícito penal. Si se probara, Don Iñaki Urdangarín tendría que responder ante la justicia como un ciudadano más: esa ha sido la postura de la Casa de S. M. Y es inobjetable.

Dicho esto, la Corona, y los funcionarios que la asesoran y sirven, deben extremar las precauciones con todo tipo de incidentes que pudieran involucrar a familiares del Jefe del Estado que están en la lista civil en asuntos turbios y amistades peligrosas. Cada forma de gobierno tiene sus condicionamientos, según la naturaleza de la institución en cuestión. Y la monarquía no es una excepción.

Benjamín Constant decía que toda constitución es un regicidio intelectual. En este sentido, la permanencia e inserción de la monarquía en el mundo liberal y democrático no ha sido sencilla. En algunos lugares centrales, como en Francia, fue imposible. En otros lugares, por el contrario, ha sido símbolo de continuidad y éxito, al punto que son monarquías algunos de los países más adelantados del primer mundo. En España, tras un siglo XX turbulento, la monarquía se ha demostrado una institución sumamente funcional y la Corona ha desempeñado un papel fundamental en la instauración y mantenimiento de la democracia. Para que lo siga siendo, los consortes deben entender –y los funcionarios de la Casa hacérselo comprender- que la probidad y pulcritud económica e independencia de influencias debe ser estricta. La razón es simple: quienes ocupan interinamente la presidencia de una república se cambian y son independientes de la institución; las personas reales son insustituibles y parte consustancial a la monarquía. De algún modo, se han convertido en sujetos de derecho público, al extremo de que si durante siglos los países eran de los reyes, ahora los reyes son de los países. Ese es el sentido y la ventaja de la Corona en una democracia moderna. Pero también su servidumbre.
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