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Berlín en otoño

jueves 08 de diciembre de 2011, 19:47h
El otoño es una buena época para pasear por Berlín. Las hayas, los tilos y los robles empiezan a colorear sus hojas con los tonos de la melancolía, y las calles arden por arriba y por abajo con mantos dorados y rojizos. Los tonos del gris, el ocre y el verde se mezclan bajo los pies, y asoman cuando cae el sol en las burbujas de luz dorada de las ventanas sin visillos de las casas regulares, avejentadas y remozadas con un clasicismo weimaresco que las hace antiguas nada más nacer. En los cafés y los pequeños restaurantes, las conversaciones se deslizan entre murmullos, sin música de fondo, en un mundo en el que la palabra aún es algo. Incluso hay fantasmas. Se les puede ver en los museos, recluidos en una isla, acotados, definidos por el agua que los rodea, en los acordeonistas de los parques, en los cómicos de nariz roja que imitan a los transeuntes delante de los cafés, en las enormes plazas desiertas, foros de reunión de los espíritus de la Mitteleuropa. Y de entre ellos, ninguno como el fantasma de Walter Benjamin. Nada como recorrer Berlín en otoño de su mano.

Walter Benjamin, de quien el año próximo se celebrará el 120 aniversario de su nacimiento, creía en el poder de la palabra. Era un hombre de palabras, convencido de que el ser humano se comunica en el lenguaje y no por el lenguaje, y de que la palabra y la narración tiene un poder sobre el cuerpo. Un místico mitteleuropeo que entregó su vida a ellas, como traductor, como periodista, como filósofo y como narrador. Fue un hombre de huidas. Tradujo a Proust y a Baudelaire, dos de los más grandes perseguidores de los fantasmas del pasado. Se relacionó con Adorno. A finales de los años 20 se fue a Moscú. En los años 30 huyó de Alemania y se fue a Ibiza a escribir relatos breves. De ahí a París, donde primero formó parte del círculo de Bataille, para luego aislarse físicamente y no salir de su casa. Era un ermitaño moderno, un “otaku” en la era pre-internet, con una escritura tan fina comos los ángeles de Swedenborg, solo que Benjamin buscaba los ángeles en su infancia berlinesa o en las falenas que revoloteaban alrededor de las lámparas de los cafés de las ciudades que fue recorriendo, y no en las alturas celestes. Su libro sobre la “Infancia en Berlín en 1900” y su “Einbahnstrasse” o “Calle de sentido único”, forman parte de su fantasma berlinés. Berlín, fuera de algunas avenidas, es una ciudad de calles de sentido único, de callejones adoquinados con hileras de tilos o robles a los lados. Calles en las que caminar sin marcha atrás.

Berlín encierra en su concha una perla de imágenes y palabras, la isla de los museos, una franja de tierra rodeadas por las aguas del Spree. Los museos de la isla están, como la obra de Benjamin, llenos de palabras y de pasado. Son fundamentalmente el repositorio de la historia y, sobre todo, de la arqueología. Berlín quiso ser una ciudad arqueológica, no por la ciudad en sí, sino por sus museos, sus salas acorazadas en las que el mundo clásico se exponía a una burguesía anhelante de símbolos que le dieran cohesión. Es fácil imaginar el peso que la perfección clásica impuso en las espaldas de una burguesía que se quería feliz y vigorosa. Uno la puede sentir en el museo de Pérgamo, en las impresionantes piedras del altar traído de esa ciudad, o de la puerta del mercado de Mileto. O en los leones sumerios y babilónicos. La puede sentir también en las espaldas de Benjamin cuando camina a su lado. Benjamin de niño burgués; Benjamin de joven judio tímido y amante de las palabras; Benjamin maduro huyendo del horror con una maleta llena de palabras. ¿Qué es la historia sino un laberinto de piedras? ¿Qué sino un conjunto de enigmáticos rostros, como el de Nefertiti en el Neues Museum, recientemente renovado por Chipperfield? Rostros, formas y palabras, muchas palabras para un futuro de gloria clásica que nunca llegó. Berlín fue bombardeado sin piedad, y tras la guerra, la ciudad se convirtió en una isla anclada en el bloque oriental, un museo de occidente en un aparente y voluntarioso paraíso materialista y hegeliano: la Alemania del Este. Una isla en otra isla. Un tema muy benjamiano.

Uno puede después salir de la isla y acercarse al Zoo de Berlín, en una esquina del Tiergarten. Para quien haya conocido la Casa de fieras del parque del Retiro, el Zoo de Berlín es como una gigante casa de fieras. Un Zoo nuevamente antiguo, nada pretencioso (como casi todo en Berlín), con animales que perviven desde la república de Weimar. Uno ve a los leones y los tigres, encerrados en sus jaulas o recintos, llenos de tics nerviosos, dando vueltas y vueltas, tocando siempre la misma esquina, el mismo barrote, ajenos al público que los mira, y se pregunta si estos leones y tigres son acaso los mismos que vieron la segunda guerra, y si sus neurosis son parte de los traumas bélicos descritos por Freud. También se pregunta si los humanos vamos al Zoo a ver animales, a que nos vean ellos, o a vernos entre nosotros. Desde luego, los animales que más abundan allí son los humanos.

Benjamin huyó de Berlín, pero siempre llevó Berlín dentro. Uno sale de la isla de los museos y del Zoo lleno de dudas: ¿No sería de ley devolver el altar de Pérgamo a los turcos? ¿Qué hacen todos esos objetos “atesorados” de un país en otro? ¿Qué parte tuvo la arqueología en los sueños de grandeza y de pureza racial de todo un pueblo? ¿Qué hacen en esta época de internet, televisión y cine unos pobres animales enjaulados ante miles de personas que observan, más o menos entretenidos, sus neurosis zoológicas? Desde esas preguntas, Berlín es un anacronismo burgués, una ciudad alternativa por lo relativamente pobre en la Alemania über-rica, que encierra en sus bolsillos las cenizas de un esplendor occidental de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
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