Poder y cultura en la Europa del XVII
domingo 11 de diciembre de 2011, 21:11h
Se dice en la Corte y rumorea en los tabernáculos políticos que entre las reformas restrictivas que el nuevo Gobierno podría acometer próximamente se encuentra la fulminación del Ministerio de Cultura y su hipotética reconversión en una Secretaría de Estado. No está claro aún, pero de llevarse a cabo esta depreciación, un ominoso manto de oprobio cubriría al recién estrenado Ejecutivo, cuyo mensaje cristalino a la opinión pública indicaría que en tiempo de tribulación y de ajustes presupuestarios, la gestión ministerial de la cultura es completamente prescindible. O, lo que es lo mismo: a los gobernantes la cultura –salvo la gastronómica, la de la feria regional y degustación de productos autóctonos– les importa un pimiento.
Mas esto no es un secreto: todo el mundo sabe que la cultura que se posee hoy en día es inversamente proporcional al escalafón alcanzado en la carrera política, salvo notables excepciones… en tiempos no tan pretéritos, como las del checo Václav Havel, un extraordinario literato; Leopoldo Calvo-Sotelo, preclaro ensayista y persona de vastos conocimientos; o, ya más lejos, Manuel Azaña y el que fue presidente de Argentina entre 1868 y 1874, Domingo Faustino Sarmiento, escritor, periodista y profesor, autor de esa maravilla que se adelantó un siglo al nefasto efecto de la incultura en los gobernantes y que es Facundo: civilización y barbarie.
A veces conviene mirar aún más hacia atrás y comprobar cuán importante era para un primer ministro la formación cultural y el impulso de una Corte de las artes y las letras, pero, sobre todo, en qué sentido era primordial la primacía del saber y la creación. Un magnífico y documentado volumen recorre en este sentido la historia de nuestra cultura y su relación con el poder político de los validos en el Siglo de Oro: Poder y saber, dirigido por O. Noble Wood, J. Roe y J. Lawrance, que acaba de publicar el Centro de Estudios Europa Hispánica. En él se recoge cuán importante fue ya para el duque de Lerma, tras la muerte de Felipe II, rodearse de artistas y arquitectos. El primer gran coleccionista no real de Europa se sirvió del valor aportado por la cultura para levantar su edificio de poder y clientelismo, un uso espurio de las bellas artes que, sin embargo, legó a la posteridad un esplendoroso patrimonio histórico y artístico de primera magnitud, aunque en realidad fuera diseñado para su propia gloria y la salvación de su alma. Los privados supieron pronto que para mantenerse en el poder debían cuidar de una extensa red de primeros espadas de la creación, cuyo mecenazgo daría como fruto automático el de la propaganda.
El conde-duque de Olivares, cuya pasión por mandar fue paradigmática según nos cuenta Gregorio Marañón, se formó en la Universidad de Salamanca, de donde le quedó el amparar las letras, mientras que la bibliofilia la adquirió en la sevillana Casa de Pilatos, hogar del duque de Alcalá, Fernando Afán. Los círculos del poder en la época se reunían en torno a las grandes bibliotecas, a las conversaciones eruditas y a la necesidad de formar en los clásicos a los futuros gobernantes y a través de la protección y el mecenazgo. La cercanía de pintores y poetas suponían para el político una demostración de fuerza y la figura del bibliotecario resultaba imprescindible; Olivares, que llegó a desarrollar una verdadera codicia de bibliómano, se llevó desde Sevilla a Madrid al vate Francisco de Rioja con el fin de organizar su biblioteca y la del propio monarca, Felipe IV, y trasladó además desde Italia a su admirado historiador boloñés Virgilio Malvezzi –si bien con evidente intención de supervisar sus crónicas– y contrató al ingeniero florentino Cosimo Lotti. La cara oculta del mecenazgo sin duda era la censura y el control, pero el beneficio para el desarrollo del patrimonio artístico y cultural era mayor, como se aprecia en la magna herencia cultural y patrimonial que nos ha llegado hasta nuestros días.
Sobre el tapiz del neoestoicismo, impulsado por Justo Lipsio –especialmente tras la publicación del Libro de la constancia (1616)–, el ambicioso y contradictorio conde-duque de Olivares, amante de la guerra y del mecenazgo, no descuidó la formación cultural de su rey, al que convirtió en un hombre extraordinariamente culto, y dejó que se le acercaran Antonio Hurtado de Mendoza –su propagandista en las tablas para maquillar los excesos de Lope de Vega–, Luis Vélez de Guevara e incluso el ultracrítico Quevedo, que comenzó muy suave con su comedia Cómo ha de ser el privado. La dedicatoria más sonrojante fue la que le escribió Pedro Soto de Rojas en Desengaño de amor (1623): “Sin la [luz] del sol de V. Exc., mal abrieran sus hojas mil flores”. Fue Olivares quien puso en marcha a lo largo de 1620 los planes educativos para los futuros políticos –los hijos de los nobles– con su apoyo económico a la fundación del Colegio Imperial jesuita de Madrid. Y edificó el primer gran centro cultural y artístico en España, el Palacio del Buen Retiro, donde se celebraron infinidad de certámenes, torneos, naumaquias, se estrenaron comedias, etc.
Retrocederíamos muchos siglos atrás. Entre el fútbol y la telerrealidad, entre las falsas promesas de las campañas y la amenaza del aumento de la prima de riesgo, el pueblo español vive, narcotizado, en continua intoxicación informativa. Hoy en día, los gobernantes no se sirven de la cultura, no ya para edificar a su pueblo –que poco les importa, salvo en su calidad de contribuyente–, sino ni siquiera, bajo el punto de vista utilitario y a la manera de los Austrias, como eficaz herramienta de propaganda. El problema es que, salvo el episódico y aislado caso de la Campaña de Apoyo a Zapatero puesto en marcha en 2008 –cuyos artistas, cantantes y escritores integrantes ya son conocidos como “los de la ceja”–, los políticos ya no sabrían cómo enfrentarse a la cultura... salvo para arrumbarla.