www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El puente de los Suspiros

José María Herrera
sábado 17 de diciembre de 2011, 19:18h
Icono del turismo, como la torre Eiffel o la Muralla China, el puente de los Suspiros es sin lugar a dudas uno de los monumentos más insípidos de la monumental Venecia y, a la vez, paradójicamente, de los más célebres. Nunca he comprendido en qué consiste su interés, pero no se puede negar que lo despierta. Prueba de ello es la resonancia mediática que ha tenido su reciente liberación tras tres años de parsimoniosas restauraciones en los que ha permanecido envuelto como un regalo navideño entre gigantescos anuncios publicitarios. Aunque la causa de que se haya hablado ahora tanto de él es la oposición de algunos al uso publicitario de los monumentos en restauración -¿tienen derecho los mecenas a explotar su ayuda al cuidado del patrimonio histórico?- no recuerdo que ocurriera nada parecido con otros edificios notables: la Torre del Orologio o la iglesia de la Salute.

El puente de los Suspiros se construyó en 1602 para comunicar el palacio ducal, sede de los tribunales de justicia de la República veneciana, y la prisión del Estado. Llamarlo puente quizá sea una exageración porque se trata más bien de una pasarela, eso sí, hecha de piedra de Istria, elegante y hermosa. Su autor fue un arquitecto de segunda división, Antonio Contin, sobrino de Antonio da Ponte, constructor del puente de Rialto. Los suspiros a los que alude su nombre son los que supuestamente daban los reos al cruzarlo mientras veían por última vez la laguna a través de las marmóreas celosías que hacen de tragaluces. El turista, persuadido por las agencias de viajes de que se encuentra en la ciudad del amor, suele creer, sin embargo, que esos suspiros guardan relación con alguna tórrida historia sentimental que, para ser honrados, jamás sucedió.

Salvo que uno atraviese en góndola el rio de palacio (nombre del canal que hay abajo), el puente de los Suspiros sólo puede verse desde otros dos puentes. La vista buena, predilecta de los turistas, es la que se tiene desde el puente de la Paja, uno de cuyos lados desemboca en los soportales del palacio ducal. Apretadas columnas antropomorfas se arriman a la barandilla cada día para contemplar desde ahí el monumento.

Luego, caras de perplejidad, como de no saber a qué venía tanto interés –el entusiasmo del turista nunca es fruto del descubrimiento, sino del reconocimiento- y todas las rutinas del cazador de instantáneas que, cámara en ristre, encara la pieza. La fotografía aplaza el acto de ver acallando la mala conciencia con la emoción del deber cumplido.

Que esto es así lo demuestra el hecho de que las mismas personas que se agolpan para ver el puente de los Suspiros y fotografiarlo como si fuera una actriz de Hollywood ni siquiera reparen en el grupo escultórico emplazado en la esquina del palacio ducal justo a la altura de sus ojos. Tanto por su antigüedad, primera mitad siglo XIV, como por su belleza, debería llamar la atención mucho más que aquel. Representa la embriaguez de Noé, hecho bíblico que Filippo Calendario, el autor, representó con maestría. Desde luego, es probable que al secularizado hombre actual este tipo de obras ya no le diga nada. La falta de interés y el hastío le impiden fijarse en ellas. Ve distraídamente lo que hay que ver y punto. La paulatina depauperación de los símbolos, eso que Rimbaud llamó “masacre de los significados”, ha vuelto imperceptibles montones de cosas que antaño saltaban a la vista de cualquiera. El turista pasa ahora delante como un difunto, como un insecto que sobrevuela una plantación de flores de papel, como un joven juncal en una convención de ancianas.

Monumentos y obras artísticas del pasado no evolucionan a la par que las sociedades, sino que quedan ahí, detenidos, fosilizados, volviéndose cada vez más extraños. Las claves que permiten sofaldar su secreto no son ya las opiniones que circulan en sociedad y que el turista globalizado, imitando a los vientos primaverales que empujan el polen, lleva en nuestra época de un lugar a otro. Quizá por eso no tenga demasiado sentido polemizar sobre la conveniencia o no de permitir que las empresas que ayudan a su restauración exploten publicitariamente su mecenazgo. Encontrarse un anuncio donde debía haber un edificio señero molesta tanto como encontrarse un andamio, pero sería mucho peor no encontrar nada. Lo ingenuo hoy por hoy es creer que el patrimonio histórico podrá conservarse en el futuro de otra manera, como si los ciudadanos estuvieran dispuestos a realizar cualquier sacrificio a fin de preservar los vestigios de una tradición que ni conocen ni aman.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios