La socialdemocracia en dos épocas de crisis
Juan José Laborda
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domingo 15 de enero de 2012, 19:43h
La desmoralización es el signo de esta crisis en un país como España. En la que comenzó en 1929 –similar por su dimensión “sistémica”- no hubo esos desánimos, esa inhibición civil con la actividad política. Entonces la sociedad se politizó al máximo, y las ideologías políticas actuaron como sucedáneos de las creencias religiosas: una tradición de siglos de monoteísmo movilizó a las masas, movidas por jóvenes entregados a la causa, para combatir la crisis con “su verdad” (y liquidando a los enemigos de ésta). Fueron unos años de “fervor” revolucionario. Las utopías comunista y fascista, el totalitarismo como superación de las “democracias corruptas”, o derribaban los Estados liberales (como Italia, Alemania, Austria, España, etc.), o los bloqueaban con los riesgos de guerras civiles como la española (caso de Francia). Hoy los investigadores hablan de múltiples y larvadas guerras civiles previas a la II Guerra Mundial. Al margen de aquella dinámica revolucionaria, se quedaron Gran Bretaña, por un lado, y los países escandinavos, por otro, y poco más. En 1940, toda Europa se había dejado invadir por Hitler o por Stalin. Sólo los británicos resistían con el gobierno de los conservadores de Churchill y los laboristas de Attlee, y los suecos parapetados en su gobierno socialdemócrata y neutralista de Albin Hansson.
Aquella historia puede servir de pista para entender la crisis actual, así como para calibrar la decadencia electoral de la socialdemocracia europea, dentro de la cual se sitúa la del PSOE. Entonces, como ahora, los partidos de la Internacional Socialista carecieron de soluciones para la crisis económica, salvo predicar sus dogmas marxistas contra el capitalismo culpable. John M. Keynes publicó en 1936 su “Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero”, pero solamente después de 1942 sus propuestas fueron atendidas por los líderes políticos democráticos. Con el precedente de Gunnar Myrdal en Suecia, los socialdemócratas europeos, y aún en el resto del mundo, encontraron en las teorías de Keynes las soluciones políticas que años antes les faltaron, cuando la democracia liberal estuvo a punto de irse al garete.
Los socialistas europeos continentales desaparecieron en los años previos a la Guerra Mundial. Con sus soluciones equivocadas a la crisis económica (que entendieron como el final del capitalismo), o bien se enrocaron en una retórica revolucionaria esperando “la madurez de las condiciones objetivas” (caso del SPD alemán), o bien, se lanzaron voluntariosamente a acelerar el fin del capitalismo, comprometiéndose con fórmulas tipo “Frentes Populares” (España, Francia, etc.)
¿Qué socialistas sobrevivieron entonces?: los socialdemócratas reformistas, alejados del darwinismo revolucionario, y de las alianzas electorales con comunistas y otras formaciones adversas a la democracia liberal. No solamente sobrevivieron -con sus bases comprometidas en una lucha contra el totalitarismo (como los laboristas británicos)- sino que además lograron que su Estado democrático sobreviviese también, ganando después la guerra. Manuel Chaves Nogales, un periodista republicano, exiliado y fallecido en 1944 en Londres, lo explica en sus varios libros, con una penetración que lo iguala con George Orwell y Albert Camus.
Surgen, por tanto, las comparaciones. Aquellos partidos socialistas que se mantuvieron leales con los viejos Estados liberales, fueron los primeros en aplicar las soluciones económicas keynesianas con las que construyeron el Estado del Bienestar. Esos partidos se negaron siempre a aliarse con otras izquierdas que no compartían su reformismo y su aprecio por la democracia liberal. A su izquierda siempre tuvieron la enemiga de otros partidos: socialdemocracia fue durante muchos años una especie de insulto, y el Estado de Bienestar, su obra más exclusiva, se consideraba un truco para adormecer el impulso revolucionario de los trabajadores.
Esa ha sido la trayectoria del PSOE actual hasta 1996. Tal vez confundiendo novedades con los cambios, después, los socialistas españoles quisieron aliarse con partidos que se situaban a su izquierda. Alguien me dirá que fuerzas nacionalistas como ERC o BNG no están realmente en la izquierda. Puedo aceptarlo, pero eso no es lo importante. Lo importante fue que se situaron siempre en una actitud revisionista con la Constitución. No aceptaban que definiese la “unidad de la Nación española”, y esa no es sólo una cuestión “política”, que afecta a “la soberanía”. No; afecta medularmente a la justicia social; a la igualdad de todos los seres en tanto que ciudadanos. Por eso no es consistente una idea expuesta esta semana por quién aspira al liderazgo socialista: “Los socialistas nos equivocamos primando el discurso territorial en detrimento del discurso social". Al contrario, los millones de votos perdidos por el PSOE fueron porque su discurso territorial creó inseguridad a los menos protegidos. Al no haberse producido la asunción de responsabilidades por el resultado electoral, de ese erróneo discurso territorial no se ha debatido. Ahora, además, tampoco será discutido públicamente por los candidatos a dirigir el socialismo español. La inconsistencia de sus propuestas políticas en relación con el Estado constitucional, harán difícil que el PSOE pueda lograr una solución a la crisis actual. La desmoralización de nuestros días tiene su causa en que la gente hoy no encuentra a quién seguir. Afortunadamente, tampoco quiere saltar al vacío, como hace 80 años.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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