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La Europa centrífuga e insolidaria

Francisco Jose Llera Ramo
viernes 27 de enero de 2012, 21:30h
La Unión Europea ha entrado en una crisis muy peligrosa para el futuro de la ciudadanía europea y las democracias europeas hemos entrado en una espiral (que no círculo) viciosa entre crisis económica y política. Por un lado, los déficits de integración política y gobernanza económica no han hecho, si no, agudizar nuestras particulares crisis glocales y, por otro lado, las políticas de ajuste económico impuestas por Alemania, de la mano del BCE y del FMI, con la ayuda inestimable de las agencias de rating y el monumental negocio especulativo contra el Euro, además de provocar recesión, paro y recortes de las políticas de cohesión social, están agravando seriamente el déficit democrático constitutivo de la UE y la desafección política en la mayor parte de nuestras democracias, si no todas. En medio de un lento y especular simulacro de concertación paneuropea, hay mucho más de “sálvese quien pueda” de corte neonacionalista y/o euroescéptico. En realidad, no sería más insolidario, si no fuese por el riesgo de hundimiento generalizado. Porque, de momento, parece imponerse el convencimiento de que o nos salvamos o nos hundimos todos juntos. En definitiva, un incremento de la anomia política y económica y una crisis de expectativas, tanto nacionales, como europeas.

Hace tiempo que los politólogos venimos observando en Europa un progresivo alejamiento de los ciudadanos respecto de sus grandes partidos centrales de referencia (socialdemócratas, liberales y conservadores), percibidos cada vez menos diferenciables y más intercambiables en sus políticas, lo que ha generado una cierta orfandad política e ideológica de una ciudadanía. Una de las consecuencias más peligrosas es que en la mayor parte de los países de la UE este desajuste y este hueco, provocados por la anomía democrática europea, lo están ocupando nuevos actores de corte populista, xenófobo, autoritario y antieuropeo y, en algunos casos, han logrado asaltar el poder del Estado (como en Austria hace unos años o en Hungría en este momento). Es verdad que también ha aparecido una reacción antianómica en forma de movimientos de protesta contra los mismos actores centrales. Estos últimos se extienden con fuerza, reclamando “democracia real ya” desde la indignación con el actual estado de cosas (el caso más llamativo ha sido el español, donde no se ha producido la primera reacción populista todavía). Unos y otros revitalizan las pasiones y emociones que los viejos actores partidistas son incapaces de canalizar. En este caso, a los déficits de soberanías nacionales se ha unido el ya citado déficit institucional y democrático de la UE que favorece, claramente, las actitudes y políticas centrífugas e insolidarias.

Por si esto fuera poco y por el mismo hueco, han reemergido otros síntomas de centrifugación de carácter secesionista en algunos estados nacionales descentralizados: Bélgica, España, Reino Unido o Italia. Nacionalistas flamencos (la Nueva Alianza Flamenca de Bart De Wever), catalanes (CiU y ER), vascos (PNV y Sortu), escoceses (el Scottish National Party de Alex Salmond) o padanos (la Lega Nord de Umberto Bossi), con sus diferencias y convergencias, han encontrado en esta nueva y omnímoda crisis, que erosiona como nunca a la soberanía y la cohesión nacionales, la gran ventana de oportunidad para sus estrategias comunitaristas, más o menos gradualistas, de independencia. A las emociones comunitarias e identitarias unen los intereses insolidarios que refuerzan, más si cabe, las tendencias centrífugas europeas.

Son demasiados desafíos para una UE en silla de ruedas (si no en la uvi), atrofiada políticamente e hipertrofiada económicamente. Pero, en medio de este sombrío panorama, solo el federalismo cooperativo y las políticas de gran coalición alemanas arrojan un poco de luz a lo que podría ser el futuro, tanto común, como ara algunos de los grandes Estados. El problema es que al punto que han llegado las cosas, sin un reforzamiento claro y urgente del federalismo y la gobernanza europeas, todas estas tendencias centrífugas plantearán, a corto y medio plazo, a algunas de nuestras democracias nacionales serios problemas de cohesión.

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