RESEÑA
Hiromi Kawakami: Abandonarse a la pasión. Ocho relatos de amor y desamor
domingo 12 de febrero de 2012, 14:39h
Hiromi Kawakami: Abandonarse a la pasión. Ocho relatos de amor y desamor. Traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado. Barcelona, 2011. 128 páginas. 16 €
Los que hayan leído El cielo es azul, la tierra blanca o Algo que brilla como el mar de la japonesa Hiromi Kawakami publicados por Acantilado, la misma editorial que ahora nos presenta Abandonarse a la pasión, sabrán ya que la literatura de Kawakami es como un buen caldo: sutil y ligera pero con sustancia de fondo. Es la base perfecta de una buena sopa de miso o de unos sabrosos fideos de ramen, usando un símil gastronómico tan del gusto de la autora. Su literatura huele, sabe, pero la sutilidad de su consistencia deja paso a una reminiscencia inasible, delicada, pero difícil de olvidar.
Abandonarse a la pasión está formado por ocho cuentos que flotan en el aire como pompas de jabón sopladas en la esquina solitaria de un parque una tarde de sol. El lector los ve salir del aro, los ve elevarse, y cuando los va a tocar explotan como pompas de jabón dejando tras de sí unas gotas y el recuerdo de un reflejo tornasolado. Ese mismo lector, deleitado y frustrado a la vez, se lanza a una segunda lectura y vuelven a salir las pompas y a volar, a brillar tornasoladas bajo el sol y a explotar cuando el dedo se acerca a tocarlas. Creo que no hay nadie que los lea una vez que no se vea impelido a leerlos de nuevo. Cada uno de ellos. Unos son aparentemente claros y casi juguetones, como el de la mujer que mientras hace aguas menores, borracha y al aire libre, se da cuenta de que ama a su compañero de juerga. En otro, dos amantes huidos se sumen en una pasión llena de restos y pecios del pasado infantil. En el tercero, una mujer hace un recuento estremecedor de su amor masoquista en el que los límites de pasión y del maltrato se funden en un solo ser y toman forma en el canto de una tortuga. El cuarto abunda en el tema, y la narradora llega a una pregunta que es el frontón final, el cul de sac de toda pasión: “¿Por qué me gusta que me haga daño si el dolor me hace sufrir?” Los personajes de Kawakami no responden, claro está, a estas preguntas. Se limitan a reconocerlas, mientras que el lector busca en ellos la respuesta, sin ser muy consciente de que en realidad la está buscando en sí mismo. Luego alarga el dedo y… ¡zas! Explota.
Todos los otros cuentos tratan también del amor, sus formas y sus silencios. Dos son actos literarios de virtuosismo: el primero, “Cien años”, que comienza así: “Hace muchos años que estoy muerta. Sasaki y yo intentamos suicidarnos juntos, pero él sobrevivió. Sólo morí yo.”, un mini Sunset Boulevard a la japonesa; el otro, “Avidya”, cuenta el amor fou de dos seres inmortales. Entre ellos está “El insecto Dios”, una historia no de amor frustrado sino de frustración en el amor y en su expresión. ¿Existe lo que no se expresa? Lo que se expresa, ¿existe?
Kawakami, bióloga que inició su carrera literaria en 1994, se ha convertido en una de las descriptoras del mapa del corazón humano. Su literatura nos lleva a estas cuestiones con una sinceridad que a veces asusta y con una sutilidad que solo puede emocionar. ¿Las respuestas? Sin darnos cuenta, sin quererlo, están en nuestro corazón. Son pompas. Las tocamos y hacen… ¡zas!
Por José Pazó Espinosa