Sucedió tal día como hoy en 1833. La Ley de Abolición de la Esclavitud (“Slavery Abolition Act”) recibía la aprobación del rey Guillermo IV, un trámite similar a la sanción que permitiría la entrada en vigor de la norma. En casi todo el imperio británico -se exceptuaron territorios administrados por la Compañía de las Indias Orientales- la esclavitud quedaba abolida. Era un hito histórico para un movimiento cultural y político, de hondas raíces religiosas, por cierto, que venía luchando desde hacía décadas por algo que parecía imposible. Había conocido dolorosas derrotas y resonantes victorias. A pesar de la oposición de los grupos de presión esclavistas, el movimiento había conseguido que, en primer lugar, se prohibiese la trata de esclavos y que se persiguiese a los barcos dedicados a ese espantoso comercio. William Wilberforce (1759-1833), político abolicionista miembro de la Cámara de los Comunes, y Olaudah Equiano (1745-1797), esclavo liberto, son algunos de aquellos cuyos esfuerzos había terminado fructificando. En toda Europa y en América, el abolicionismo fue una de las grandes fuerzas políticas de los siglos XVIII y, sobre todo, XIX. En 1888, el cardenal Lavigerie seguía luchandocontra la esclavitud en África, el continente martirizado por el comercio de esclavos que, por desgracia, aún no se ha erradicado por completo. Los tratantes de seres humanos y sus cómplices, a menudos camuflados como ONGy activistas, siguen dedicándose a su infame negocio. Queda, pues, mucho por hacer.
Sin embargo, hay algo que merece una reflexión esperanzada: aquello parecía imposible. A los abolicionistas los acusaron de traidores a la patria por exigir que Inglaterra renunciase a un comercio que, según decían los esclavistas, terminaría enriqueciendo a otras potencias. Les advirtieron de las terribles consecuencias económicas que el fin de la esclavitud acarrearía sobre las empresas y las ciudades que se lucraban con ella. Los señalaron con el dedo por pretender la libertad de personas que los esclavistas consideraban inferiores e incapaces de gobernarse a sí mismos. Los calumniaron en los periódicos. Los difamaron en las cámaras de representantes, en los cafés y en los demás sitios donde se formaba entonces la opinión pública. Perdieron votaciones. Nada de eso los llevó a rendirse.
Hay en la política española y europea muchos asuntos en los que todo parece inevitable. Junto a la trata de seres humanos, que beneficia no sólo a los traficantes sino a los explotadores que se sirven de esa mano de obra desesperada, hay toda una política de muerte e inhumanidad que comienza con el aborto y termina con la eutanasia. Bajo el camuflaje de derechos conseguidos, se esconde una humanidad a la que se pretende despojar de una dignidad que, no se olvide, la ley le reconoce, pero no le concede. La vida humana es digna y valiosa en sí misma, no porque lo diga una ley.
Por eso, uno debe mantener cierta desconfianza ante esa inevitabilidad que sólo pretende desanimarnos. En todo Occidente, hay un despertar ante estas consignas de pretendidos derechos que esconden distintas formas de violencia y opresión contra el ser humano. Recuerdo las palabras de San Juan Pablo II el Grande a los jóvenes durante su viaje a Chile en 1987, cuando parecía imposible que el Muro de Berlín cayese: “El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre”. El pontífice citaba la exhortación apostólica “Reconciliatio et Paenitentia”, que advertía del peligro del «secularismo» que por su misma naturaleza y definición es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro de «perder la propia alma», no puede menos de minar el sentido del pecado”.
Admitamos que en los siglos XVIII y XIX el secularismo y el ateísmo no campaban por sus respetos como ahora, pero también entonces había quienes veían en la esclavitud algo inevitable. Se equivocaron. Se podía combatir. Se podía abolir. Se podía vencer. La sentencia del caso Dobbs v. Jackson demuestra de que la razón y la justicia no han dicho aún su última palabra. El ejemplo del movimiento abolicionista inglés sigue inspirando hoy a millones de personas a ambos lados del Atlántico.
Hoy esta columna lo recuerda.