Opinión

Lo que los aliados sabían

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 11 de diciembre de 2022

¿Qué sabían los gobiernos aliados sobre Auschwitz?

Sabían bastante. Por ejemplo, tenían información en la Casa Blanca. El 12 de diciembre de 1942 -hace ahora 80 años- el general Władysław Sikorski, primer ministro del Gobierno polaco en el exilio, dirigió una carta a Summer Welles, subsecretario de Estado. En ella, el militar polaco denunciaba la matanza de los judíos en Polonia. Buena parte de la información provenía de los informes que prisioneros huidos del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau habían remitido al Gobierno polaco en Londres, así como de los elaborados por el Bund desde el propio gueto de Varsovia y que habían llegado a Londres gracias al heroico Jan Karski. En “London has been informed… Reports by Auschwitz Escapees” (The Auschwitz-Birkenau State Museum, 2008), pueden leerse esos informes acompañados de un erudito estudio introductorio del editor Henryk Świebocki.

También lo sabía, pues, el Gobierno británico y otros gobiernos aliados en el exilio londinense. Sin ir más lejos, Świebocki cuenta que el 10 de diciembre de 1942 el ministro polaco de Asuntos Exteriores Edward Raczyński envió una nota a los signatarios de la Declaración de las Naciones Unidas. En ella, el ministro denunciaba las medidas que las autoridades de ocupación alemanas habían ido adoptando desde el comienzo de la ocupación. Describe el proceso de destrucción de los judíos polacos desde el establecimiento del gueto de Varsovia en octubre de 1940 hasta las deportaciones en masa del otoño de 1942. No faltan referencias a las medidas destinadas a matar a los judíos mediante el hambre, las balas y el gas. En efecto, cuenta, por ejemplo, cómo mató la policía alemana a los intelectuales judíos a tiros en sus casas o cómo se utilizaron furgones con la salida de humos orientada al interior del compartimento de carga: los judíos transportados en ellos llegaban muertos a su destino. Los gases del tubo de escape los habían asfixiado.

Detrás de esta información que llegaba a Londres y Washington estaban los prisioneros fugados y la resistencia polaca que los ayudaba. No se debe minusvalorar este factor: era casi imposible huir no sólo de Auschwitz, sino más en general de la Polonia ocupada, sin ayuda de alguna de las organizaciones de resistencia que, desde el comienzo de la ocupación, se desplegaron por todo el país. En los archivos del Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau, se conserva una carta fechada el 19 de julio de 1940 que Rudolf Höss, comandante del campo, dirigió a Erich von dem Bach-Zelewski, jefe de la policía y las SS de Wrocław, llamada en español Breslavia. En ella, Höss se queja: “la población local es fanáticamente polaca y-según se ha averiguado mediante trabajo de inteligencia- está lista para cualquier acción contra el detestado campo de las SS. Todo prisionero que logre escapar puede contar con toda clase de ayuda tan pronto como llegue a la primera granja polaca”. El ya mencionado Jan Karski dejó testimonio de la gesta de aquellos movimientos de resistencia en su admirable “Historia de un Estado clandestino” (Acantilado, 2011).

Por supuesto, en Moscú también se conocía el terrible destino de los judíos en Polonia y del resto de los ciudadanos polacos. Además de las relaciones derivadas del Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) de 1939, en el que los dos países se repartían Polonia, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, el siniestro NKVD, mantuvo una red de informadores después de la invasión de la URSS en 1941. Piotr Wróbel, en su estudio publicado en “Secret Intelligence and The Holocaust” (Yad Vashem, 2006), llega a hablar de una posible “rezidentura”, una base permanente, del NKVD en el gueto de Varsovia entre 1941 y 1942, año en que se ejecuta la liquidación del gueto. Aunque la resistencia nacional polaca y el NKVD no compartían información, éste disponía de una red de informadores comunistas polacos.

La derrota de Stalingrado en el invierno de 1942-1943 marcó un punto de inflexión. A partir del verano de 1943, después del fracaso en Kursk, el avance soviético resulta imparable. A esto se suman las campañas de bombardeos de los aliados occidentales sobre el territorio del Reich y sobre la Europa ocupada. A la vista de lo que se sabía sobre las matanzas de judíos polacos y su exterminio en los campos, fueron numerosas las campañas y las peticiones oficiales para que se bombardeasen las cámaras de gas y los crematorios en Auschwitz, así como las vías férreas que conducían allí. Sin embargo, tanto el gobierno británico como el estadounidense descartaron los bombardeos bien por considerarlos irrealizables bien por entender que los recursos bélicos debían emplearse contra objetivos estrictamente militares. Ya en enero de 1941, cuando el Gobierno polaco en el exilio había pedido a la aviación británica que bombardease el campo de exterminio de Auschwitz, Richard Peirse, Mariscal del Aire, mostró reservas sobre la efectividad del ataque aéreo -advirtió que podría dañar a los propios prisioneros- y sobre el uso de unos bombarderos que podrían emplearse, en las mismas condiciones atmosféricas, para bombardear objetivos principales en Alemania y precipitar una crisis económica. Esta carta, citada por Świebocki, se conserva en los archivos del Instituto Polaco y Museo Sikorski en Londres. A pesar de los reparos formulados, en abril de 1944, la fuerza aérea estadounidense tomó fotografías aéreas del campo, pero no lo bombardeó.

Por supuesto, había otras muchas fuentes de información. La prensa polaca -tanto la clandestina como la del exilio- se hacía eco de los informes que llegaban de Polonia. Los aliados occidentales y la URSS disponían de inteligencia obtenida gracias a la interceptación de las comunicaciones tanto de los países del Eje como de los neutrales. Había información proveniente de las propias redes de resistencia que cada país manejaba en la Europa ocupada. Estambul, por ejemplo, era una ciudad importante no sólo por la actividad de inteligencia que en ella realizaban numerosos agentes, sino por los intentos de rescate de judíos que, a través de ella, desplegaron redes como la Kollek-Avriel y la Berman-Ofner, dirigidas desde la comunidad judía establecida en Palestina.

80 años después de aquel informe y aquella carta enviados por el Gobierno polaco en el exilio, conocemos bien lo que los aliados sabían. Tenemos noticia de sus dilemas: por ejemplo, si dedicarse a la guerra con todos los recursos o salvar civiles. Estamos al tanto, en fin, de lo que finalmente decidieron hacer o, en rigor, decidieron no hacer mientras el Gobierno polaco alertaba al mundo.