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ORIENT EXPRESS

En el 75º aniversario de la liberación de Auschwitz

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 26 de enero de 2020, 20:02h

El 27 de enero de 2020 se cumple el 75º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por las tropas del Ejército Rojo. El III Reich construyó numerosos campos de concentración y exterminio en toda la Europa ocupada. Allí donde llegaron las divisiones alemanas, a los judíos se los marcó, se los aisló, se los despojó de sus bienes, se los deportó y se los gaseó. Se boicotearon sus negocios. Se los expulsó de la vida pública. Se los discriminó como paso previo a matarlos. Los responsables fueron los nazis y los colaboracionistas de los países ocupados. Allí donde los judíos pudieron resistir, resistieron. Lucharon en unidades partisanas. Se unieron a movimientos de resistencia por todo el continente. Se enrolaron en los ejércitos aliados. Crearon redes clandestinas en los guetos y en los campos. Se sublevaron en Varsovia en 1943. Los Sonderkommando, los grupos de prisioneros judíos a quienes se obligaba a trabajar en las cámaras de gas y los crematorios, se rebelaron en Treblinka y Sobibor en 1943 y en Auschwitz en 1944. Los años de la Shoah son los más oscuros de la historia de Europa, pero en ellos hubo horas de dignidad y coraje, como el tiempo en que Emmanuel Ringelblum (1900-1944) y sus compañeros del archivo secreto Oneg Shabat registraron y conservaron informes, testimonios y documentos sobre la vida en el gueto de Varsovia.

El heroísmo de aquellos judíos y de los pocos Justos entre las Naciones que arriesgaron su vida para salvarlos sin lucrarse con ello no puede ocultar el horror de lo que Hilberg llamó «la destrucción de los judíos europeos», pero necesitamos recordar que hubo esas horas de valentía y grandeza para poder mirar cara a cara todos los años de espanto. Seis millones de judíos muertos. Seguramente fuesen más. No todos los que llegaron a los campos fueron registrados. Los ametrallados en lo que se ha llamado la «Shoah por balas» aún no han sido contados con precisión y, tal vez, ese cálculo sólo sea posible de forma aproximada. Las leyes raciales que señalaban a los judíos se aprobaron, entraron en vigor y fueron aplicadas en Europa. Fue en nuestro continente donde se levantaron los muros y las alambradas de los guetos. Fueron los trenes y las vías férreas del continente los que condujeron a millones de judíos a la muerte.

En estos días, las conmemoraciones y los actos memoriales llenarán las agendas de los Ayuntamientos y los parlamentos autonómicos. En el Senado se celebrará un acto de Estado. La semana pasada Su Majestad el Rey Felipe VI asistió en Jerusalén al V Foro Mundial sobre el Holocausto. El Rey de España fue el único elegido para hablar en la cena que Reuvén Rivlin, Presidente del Estado de Israel, ofreció a los mandatarios que se dieron cita en la ciudad santa para tres religiones. A todas estas conmemoraciones asistirán muchos políticos, intelectuales y personajes públicos que, de buena fe, renovarán su compromiso y harán votos para que «nunca más» suceda nada así.

Sin embargo, me entristece pensar que al día siguiente -o quizás a las pocas semanas- volveremos a escuchar las mismas proclamas antisemitas que vienen resonando en Europa, en los Estados Unidos y, en general, en Occidente desde hace muchos años. De nuevo, el movimiento antisemita BDS llamará al boicot, las sanciones y las desinversiones contra Israel y contra los judíos israelíes. El Estado judío se convertirá, una vez más, en el judío entre los Estados, el único que debe justificar su existencia como si fuera permanentemente sospechoso.

Pasará poco tiempo antes de que países que han hecho de la negación del Holocausto una política de Estado -por ejemplo, la República Islámica de Irán- vuelvan a utilizar a sus agentes de influencia para demonizar, deslegitimar y aplicar un doble rasero a Israel y a los israelíes. De nuevo la propaganda islamista y yihadista repetirá las acusaciones lanzadas desde hace siglos contra los judíos: asesinos de niños, enemigos de los cristianos, racistas verdaderos que sólo se relacionan entre sí. A los tópicos del viejo antisemitismo, se sumarán los del nuevo: la conspiración judía mundial, la doble lealtad del judío, la mano invisible detrás del mercado y las revoluciones. Las redes sociales repetirán las consignas que jalonaron el camino a la tragedia. Los islamistas, los yihadistas, los radicales de la extrema derecha y la extrema izquierda volverán a coincidir en el odio al judío proyectado hoy sobre Israel y los israelíes.

Volverán las campañas para impedir los intercambios académicos, la participación en actos culturales, la normalización del único Estado de la comunidad internacional cuya eliminación se pide de forma habitual e impunemente. De nuevo, uno tendrá que leer que «ahora hacen a los palestinos lo que los nazis les hicieron a ellos» y que Israel practica el «apartheid». Todas estas consignas antisemitas regresarán a las pantallas de televisión, las emisoras de radio, las páginas de los periódicos y las redes sociales. Tantos que en estos días lloran con sinceridad, equipararán a Israel con un Estado nazi sin que les tiemble el pulso ni les asome al rostro la vergüenza. Muchos que se declaran hoy antifascistas atacarán mañana al único Estado nacido para evitar que el nazismo repita sus crímenes de nuevo.

Calladamente, los judíos de Europa Occidental seguirán marchándose o aumentando las medidas de seguridad en las sinagogas, los colegios, los cementerios y las instituciones comunitarias. Todos ellos están entre los objetivos del terrorismo yihadista. La debilidad de nuestro continente a la hora de afirmar y defender sus valores está dando alas a los enemigos de la razón, la libertad y la dignidad humanas. El mayor enemigo de Europa es el miedo: el miedo a volver a sus raíces judeocristianas, que brotan de la tradición bíblica. En España, donde los judíos alumbraron la cultura de Sefarad y sufrieron la injusticia abominable de la expulsión de 1492, la nueva judeofobia prolifera en los ambientes académicos, políticos y culturales. Por desgracia, nuestro país no se libra de la confusión moral reinante en Europa.

Por eso, cobra hoy nueva fuerza el llamado «mandamiento 614º» que acuñó Emil Fackenheim como añadido a los 613 que el judaísmo recoge: «primero, se nos ordena sobrevivir como judíos para que el pueblo judío no perezca. Se nos ordena, en segundo lugar, recordar en lo más profundo de nuestro ser a los mártires del Holocausto para que su memoria no perezca. Se nos prohíbe, en tercer lugar, negar o desesperar de Dios […] para que el judaísmo no perezca. Se nos prohíbe, finalmente, desesperar del mundo como el lugar que va a ser el Reino de Dios para que no lo convirtamos en un lugar donde Dios esté muerto, sea irrelevante o todo esté permitido. Abandonar cualquiera de estos imperativos, en respuesta de la victoria de Hitler en Auschwitz, sería darle todavía otra victoria póstuma».

Por eso debemos recordar y mantener la claridad moral: para que Hitler y sus aliados no terminen venciendo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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