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ORIENT EXPRESS

Verdaderos antifascistas

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 06 de septiembre de 2020, 19:17h

En España y en otros países occidentales, algunos se autodenominan “antifascistas” con bastante ligereza. El antifascismo fue una cosa muy seria antes de que algunos robasen el adjetivo para justificar sus tropelías. Uno debería tratar los símbolos -el triángulo rojo, por ejemplo- y los términos con el respeto que merecen. Hubo un tiempo en que ser antifascista era garantía de persecución, torturas, deportación a campos y ejecuciones públicas o secretas.

Para empezar, deberíamos entender que el antifascismo fue propio de un tiempo apocalíptico, al igual que el comunismo, el nacionalsocialismo y el propio fascismo. La mitificación de la revolución, el culto a la acción directa, la justificación de la violencia política… Muchas cosas que los demócratas de hoy no aceptarían eran, en las décadas de 1920 a 1950, moneda corriente en toda Europa. No todos los antifascistas, por el solo hecho de serlo, eran necesariamente demócratas ni pacifistas. La democracia en aquellos años significaba algo bien distinto de lo que hoy interpretamos. Mucho de los pretendidos antifascistas de porro, litrona y “kalimotxo” que enarbolan la bandera de la URSS hubiesen acabado en un campo de trabajo en la Unión Soviética de 1930. Para ser antifascista de izquierdas había que ser bastante disciplinado y la responsabilidad se exigía de forma implacable.

Así era, por ejemplo, los Bundistas, los militantes de la Unión General de Trabajadores Judíos (en yiddish, Algemeyner Yidisher Arbeter Bund) o tantos otros revolucionarios judíos que nutrieron las filas de los movimientos de Europa Central y Oriental. Muchos terminaron en el comunismo al servicio de la Comintern. Pocas bromas con ellos. De entre esos judíos que hablaban yiddish, manejaban armas y se movían como pez en el agua en la clandestinidad salieron los sublevados del gueto de Varsovia en 1943, las unidades partisanas como la de los hermanos Bielski y los que lucharon en la Guerra de Independencia en el recién nacido Estado de Israel. El antifascismo era, para ellos, cuestión de supervivencia.

La historia del antifascismo registra páginas verdaderamente heroicas y otras hondamente trágicas. Muchos de los que lucharon en la II Guerra Mundial murieron a manos de quienes habían sido sus aliados y, en algunos casos, sus compañeros de armas. Los traicionaron. Los sumieron en el silencio y en el olvido. Los purgaron. Los encarcelaron. Los torturaron. Los mataron. Las purgas de Stalin tuvieron rasgos antisemitas indiscutibles. La promesa de liberación revolucionaria se transformó, al cabo de los años, en un episodio más de la pesadilla antisemita.

En efecto, el Estado soviético impulsó la creación de una cultura judía en yiddish y en ruso opuesta a la cultura religiosa judía que pervivía en el campo -en las aldeas llamadas “shtetls”- y que, para los comunistas, suponía un obstáculo. So pretexto de apoyar la lengua yiddish, se abrieron colegios, se inauguraron teatros, se lanzaron periódicos y revistas y comenzaron a funcionar editoriales. En 1931, en la URSS, había 1.100 colegios que impartían enseñanza en yiddish. Por supuesto, todo debían ser aprobado por el Estado y estaba bajo su control. Sin embargo, a partir de 1934, las purgas diezmaron a la intelectualidad judía. A lo largo de la década siguiente, figuras como Isaac Bábel, Osip Mandelshtam, el comandante Iona Yakir o la escritora Evgenia Ginzburg -todos ellos antifascistas a carta cabal- sufrieron la muerte o la cárcel. Solomon Mijoels, director del Teatro Estatal Judío, fundado en Moscú en 1919, y presidente del Comité Judío Antifascista, establecido en Samara (URSS) en 1942 terminó asesinado en Minsk en 1948 por el KGB, que trató de presentarlo como un atropello con fuga. Incluso fuera de la URSS hubo casos de encarcelamientos o prohibiciones de abandonar el país. Le sucedió a Leopold “Domb” Trepper, el líder de la Orquesta Roja, que se pasó diez años encerrado después de la II Guerra Mundial y a quien sólo se autorizó a abandonar Polonia en 1976.

Por supuesto, hubo otros muchos antifascistas, pero quería recordar hoy estos nombres para advertir que uno debería tentarse la ropa y mostrar algo de respeto al autodenominarse “antifascista”. Hubo un tiempo en que eso significaba asumir riesgos inimaginables hoy. Muchos pagaron con sus vidas su compromiso. Muchos murieron a manos de sus propios camaradas. Los mismos que se proclamaban antifascistas un día revelaron su antisemitismo cuando fue necesario u oportuno y atacaron a sus compañeros judíos.

En honor a los verdaderos antifascistas, uno no debería llamarse antifascista a la ligera.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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