Con Nosotros, su última novela, Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) ha obtenido el Premio Nadal 2022, el más veterano de los galardones literarios españoles desde que apareció en 1944 otorgándosele a una joven y desconocida Carmen Laforet por su novela Nada.
No es Manuel Vilas un desconocido. Cuenta en su haber con una amplia y reconocida trayectoria, desplegada en la novela, el relato, el ensayo, la poesía y el libro de viajes. En este último género, si bien cultivado no al uso, reviste especial interés América, donde, tras su experiencia de vivir en Estados Unidos, relata las bondades y miserias del país más poderoso de la tierra. Y tampoco es el Nadal el primer premio que recibe. Entre otros, se hizo acreedor del Gil de Biedma y el Fray Luis de León, y en 2019 quedó finalista del Planeta con Alegría.
“Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día, /y podrá desatar esta alma mía/ hora a su afán ansioso lisonjera; //mas no, de esotra parte en la ribera, /dejará la memoria en donde ardía:/ nadar sabe mi llama la agua fría /y perder el respeto a ley severa. // Alma a quien todo un dios prisión ha sido, /venas que humor tanto fuego han dado, /medulas que han gloriosamente ardido, //su cuerpo dejarán, no su cuidado, /serán ceniza, más tendrá sentido,/polvo serán, más polvo enamorado. Este célebre poema de Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”, recorre Nosotros, donde, sin olvidar algunos de sus temas y preocupaciones recurrentes, abandona el guiño a la autoficción de Alegría y de su muy exitosa Ordesa -ganadora, entre otros, del prestigioso premio Femina concedido en Francia a la mejor novela extranjera-, para ponerse en la piel de una mujer, Irene, desde cuyo punto de vista se nos relata en la mayor parte de la novela su singular historia. Una historia de amor absoluto, pasional, extremo, que persigue vencer a la muerte y que traspasa el amor romántico que prevalecía en su anterior novela Los besos, aunque confluye con esta en una exaltación del erotismo y el placer, asunto muy del gusto de Vilas, como vimos, por ejemplo, en El luminoso regalo, y que, a raíz de Nosotros, ha recalcado en declaraciones como “El amor sin placer es mentira” y “No tenemos una relación sana con el placer porque esa palabra no goza de buena fama”.
Irene, la protagonista de Nosotros, se ha quedado viuda a los cincuenta años de Marcelo, Marce, su gran amor. Pero no se resigna a la perdida, convencida de que el amor puede ser, como en el soneto de Quevedo, “constante más allá de la muerte”. Tampoco se resigna a quedarse en su casa para pasar el duelo. Emprende un largo viaje en coche por el Mediterráneo, primero en zonas españolas y luego francesas –así su paso, no por azar, por Colliure, donde reposan los restos mortales de Antonio Machado, para quien la muerte de Leonor fue un terrible golpe), algunos de cuyos lugares ya visitó con Marcelo. Así, en cierto sentido, la novela tiene no poco de road movie en lujosísimos coches de alta gama que Irene alquila –el dinero no le falta-, y hoteles de cinco estrellas. En ese periplo –en el que se entremezclan algunos capítulos donde conocemos la vida de Marcelo y su familia antes de conocer a su enamorada-, Irene se va encontrando en una mezcla de azar y necesidad con una serie de personajes, hombres y mujeres, con los que entabla una esporádica relación de alto voltaje en la que busca, y consigue, reencontrarse con su añorado Marce, con quien ella cree haber vivido una historia amorosa perfecta.
Como en una suerte de preámbulo explicativo a la novela leemos unas palabras sobre los ángeles, en las que, entre otras cosas se dice: “Son hombres y mujeres que pasan por este mundo sin otro cometido que el amor [...]. Ellos dan belleza a este planeta. Uno de esos ángeles se llama Irene, y su historia comienza en la página siguiente”. Pero hacia la mitad del libro, se nos dice que Alicia, la tía de Marce, “lo supo nada más verla, supo que en Irene anidaba algo oscuro, como si lo llevara escrito en la frente”. Y hacia el final se da una vuelta de tuerca y descubrimos aspectos sorprendentes, quizá intuidos, pero que podían haber sido de una u otra manera.
Sin duda, Manuel Vilas nos propone una historia que toca cuestiones capitales y profundas de la existencia y el ser humano, siempre complejo y repleto de recovecos. Sin embargo, su desarrollo no es tan logrado como podría haber sido, y esa complejidad no se acaba de manejar con la coherencia precisa. Irene es un personaje atractivo, un hallazgo por parte de Vilas, y el autor narra bien desde su perspectiva, pero, tal como se plantea, no resulta todo lo creíble que nos habría gustado. Por otro lado, entre otras cosas, el periplo de Irene resulta altamente reiterativo y su forma de reencontrarse con Marcelo es de un rebuscado esoterismo. También las reflexiones filósofico-poéticas que jalonan la novela caen en ocasiones en algo cercano a la mera cháchara.
Pero sabido es que el mejor escribano echa un borrón. Seguro que Manuel Vilas remonta este bache, cuya lectura no es absolutamente desdeñable.